En el país africano dos adultos y cuatro niños de cada 10.000 mueren de hambre al día, algo que no sucedía desde hace 19 años. Cada día 3.000 somalíes huyen haciendo un esfuerzo físico tras caminar durante semanas. Según ACNUR, desde enero han llegado a los campos de Dollo Ado (en el sur de Etiopía) y Dadaab (al este de Kenia) 166.000 refugiados.
Este último alberga ya a 382.000 —está lleno desde hace años—, «cuatro veces la capacidad para la que fue construido», según ACNUR.
Mike Sunderland, portavoz de Save the Children, explica que a Dadaab llegan 800 niños al día y admite, desde allí, que es «extremadamente difícil atender a todos. Algunos mueren en cuanto llegan al campo, y muchos fallecen en el camino». El desbordamiento es tal que en Dadaab, los recién llegados se tienen que instalar fuera del campo.
Alfonso Verdú, coordinador de Médicos sin Fronteras en el Cuerno de África, calcula que son unas 50.000 personas. «Hasta hace una semana, se podía llegar a tardar hasta 40 días en entregarles la segunda ración de comida, y en Etiopía, en Dollo Ado, ha habido esperas de hasta nueve días para la primera».
Por sí sola, la sequía no explica por qué Somalia es el país más afectado ni la dimensión del desastre para cerca de tres millones de personas, las que viven en el sur del país. La FAO alertó en octubre del riesgo de sequía. Kenia y Etiopía cuentan con Estados capaces de canalizar los recursos propios y los internacionales para atender a la población y planificar la distribución de alimentos y el transporte de agua en caso de emergencia.
Somalia no. Allí, en una situación de guerra desde 1991, la ayuda estatal apenas existe —en el sur, sencillamente, no hay Estado— y la internacional está llegando tarde. Hasta hace 15 días, la milicia integrista islámica de Al Shabab, que controla el sur del país y que la CIA vincula a Al Qaeda, impedía a las agencias humanitarias llegar a la población, amenazando a su personal e imponiendo severas restricciones.
A principios del 2010, el Programa Mundial de Alimentos se retiró de la zona. Al Shabab pretendía cobrar tasas para la distribución alimentaria o evitar que hubiera mujeres entre las organizaciones de cooperación. Amnistía Internacional publicó un informe que denuncia el reclutamiento como soldados de niños por parte de Al Shabab.
La Crisis mundial no ayuda
Los elevados precios internacionales de los alimentos contribuyen al caos. Con una cabra, un ganadero somalí podía comprar 300 kilos de grano. Ahora, solo le sirve para conseguir 50. En un país que depende casi por completo de la agricultura la diferencia es crucial.






