Veintiuno de agosto de 1971. Un día como hoy, hace 40 años, un cruento golpe militar se gestaba en Bolivia que llevaría al poder al entonces coronel de Ejército Hugo Banzer Suárez, quien, apoyado por la ambición de unos pocos y la complicidad de otros tantos, irrumpía en el Palacio de Gobierno, dando inicio a un periodo de siete años caracterizado por violaciones a los derechos humanos en las distintas formas y modos.
No obstante la secuela de semejante acometida, Banzer se sentía convencido de su «triunfo» y estaba fascinado en el poder, a tal punto de justificar su proceder indicando que las circunstancias y el interés del país así lo demandaban. Uno de sus discursos (1976), sin embargo, develó el principal objetivo que se había impuesto: «Aceptamos el reto de la escoria de los pueblos que es la extrema izquierda internacional, y la enfrentaremos aquí o allí, donde pretenda ejercer su vil oficio de sangre». (sic)
Y actuó en consecuencia: centenares de desaparecidos y decenas de víctimas, en una misión bien instrumentada por la Operación Cóndor de la que se hizo parte junto con otros dictadores de países vecinos. Como casi siempre en estas circunstancias, la clase obrera llevó la peor parte, y para algunos de esos combatientes que aún (sobre)viven, seguramente este día no pasará sin que sus memorias no se los recuerden.
Finalizado ese periodo dictatorial (1978), Banzer fue en búsqueda de la razón; quizás su propio nerviosismo por el bagaje de su pasado lo llevó a reflexionar severamente y, pocos años después y ya instaurada la democracia, vio en ella una oportunidad de oro para limpiar su imagen, y decidió participar en las elecciones generales. Ganó dos contiendas, en una de ellas cedió su triunfo a un tercero; y en la otra, se hizo presidente constitucional.
Con el apoyo recibido, y a medida que pasaba el tiempo, empezó nuevamente a sentirse vivo, más jovial y sereno. Pero a estas alturas, su frenética carrera ya le había costado un alto precio, no sólo emocional sino también físico. Falleció el 2002. En la búsqueda de la gloria, muchos han pretendido escalar la cumbre del poder y alcanzar la cima no importándoles cómo, pero muchos también han fracasado en su intento.
En este día —y a pesar del tiempo transcurrido—, aún aflora el recuerdo y con mayor impacto en algunos semipoblados centros mineros, donde decenas de obreros ofrendaron sus vidas, pero debe evocárselo, no con odio ni afanes de venganza, sino con reflexiones y enseñanzas, fundamentalmente sobre el más sublime de los derechos: el de la vida. En ese propósito, no debemos claudicar en la exigencia por encontrar los cuerpos de tantos desaparecidos, como el de Marcelo Quiroga SantaCruz, luchador inclaudicable y líder póstumo.






