Se acabó Merkozy, y François Hollande no será un sustituto sumiso. El nuevo presidente francés quiere a toda costa el pacto de crecimiento prometido a sus electores. Mejor dicho, lo necesita: le va en ello su credibilidad y un futuro económico muy precario, que nace lastrado por las malas previsiones de la Comisión Europea. La negociación París-Berlín entró en rápida marcha secreta.
La canciller democristiana Angela Merkel lleva días subrayando las líneas rojas que Hollande no debe atreverse a cruzar, e insiste en que la salida de la crisis será un “proceso largo”, que no se resolverá con “más crédito” sino corrigiendo “los problemas estructurales”: “un endeudamiento catastrófico” y la “falta de competitividad”.
Grecia sigue asomada al precipicio. La cumplidora Italia de Mario Monti se agrieta con un malestar social creciente y pide “inversiones”. España, más merkelista que Merkel, necesita más que nadie un bálsamo de urgencia. Sin perder la calma, Hollande va enviando mensajes conciliadores a Berlín. Su probable ministro de Economía, Michel Sapin, ha dicho: “La austeridad actual es la suficiente. Debemos encontrar el equilibrio”.






