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El diálogo en el problema marítimo

Tensiones entre Bolivia y Chile

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Por Ramiro Prudencio Lizón
/ octubre 14, 2012
en Animal Político

Es menester que los bolivianos lleguemos a comprender que hay un solo camino hacia el mar: la negociación directa con Chile. En consecuencia, todos los esfuerzos encaminados a buscar apoyos internacionales, ya sean de organismos políticos o jurídicos, están condenados al fracaso. 

Evidentemente, en el país existe una fuerte desconfianza hacia los entendimientos directos con Chile y hasta en personas entendidas en la cuestión marítima. Se dice, generalmente, que ese país no tiene voluntad de solucionar tan trascendental problema. Pero esa creencia es completamente falsa. La historia nos enseña que fue precisamente Chile, y no Bolivia, el que mantuvo el tema marítimo a lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de la segunda mitad de ese centenario.

Cabe recordar que en junio de 1950 se intercambiaron notas entre el embajador boliviano Alberto Ostria Gutiérrez y el canciller chileno Horacio Walker Larraín, mediante las cuales Chile expresó estar llano a ingresar en una negociación directa para solucionar el problema marítimo boliviano. Pero, en 1952, el general Carlos Ibáñez del Campo, furibundo enemigo del entendimiento sobre el mar, subió al poder en Chile y exigió al Gobierno boliviano, presidido por Víctor Paz Estenssoro, que se eliminase el asunto marítimo de la relación bilateral. De este modo, los dos gobiernos se pusieron de acuerdo para no tratar más la cuestión marítima.

Pasaron diez años en los cuales Bolivia mantuvo su compromiso de no mencionar al mar en su relación con Chile. Pero, sorpresivamente, fue este país el que decidió resucitarlo. En julio de 1961, el embajador Manuel Trucco presentó un documento a la Cancillería boliviana en el que volvía a aludir las notas del año 50. Este documento se lo conoce como el “Memorándum Trucco”, por el nombre del embajador. En él se recordaba que había un compromiso de los dos países de negociar el tema marítimo y que Bolivia nunca había manifestado interés en hacerlo. 

Increíblemente, Bolivia respondió a ese documento sólo siete meses después, y cuando el problema del río Lauca había enfriado grandemente la relación entre los dos países. Luego, la ruptura de relaciones diplomáticas que ocasionó el litigio del Lauca sepultó el memorándum.

Posteriormente, el Gobierno chileno, presidido por Eduardo Frei, estuvo otra vez asequible a tratar el tema, y poco tiempo después, durante el gobierno de Salvador Allende, se conversó sobre la materia y se llegó a convenir la cesión chilena de un corredor al norte de Arica.

La caída de Allende no sepultó el deseo chileno de buscar soluciones al problema marítimo. El nuevo gobierno, regido por el general Augusto Pinochet, aceptó ingresar en una negociación formal. Ésta fue la llamada Negociación de Charaña, que fue la más importante llevada a cabo en el siglo XX. En ella, Chile ofreció oficialmente ceder el corredor al norte de Arica mediante una compensación territorial. Pero, como en nuestro país hubo una fuerte oposición al canje de territorios, el gobierno de Hugo Banzer decidió intempestivamente romper relaciones diplomáticas y con ello dar  fin a tan importante gestión.

Pese a tan absurda ruptura de relaciones, el gobierno de Pinochet volvió a negociar sobre el mar. Esta nueva gestión fue conocida como el “Enfoque Fresco”. Pero, antes de que la delegación boliviana viajase a Montevideo para presentar una propuesta, el Gobierno nacional declaró públicamente que Bolivia nunca aceptaría otorgar una compensación territorial. Esta declaración derrumbó al “Enfoque Fresco”.

Cuando arribó la democracia a Chile, se supuso que surgirían buenos entendimientos entre los dos gobiernos democráticos, el de Jaime Paz Zamora y Patricio Aylwin. Pero, como Bolivia no tomaba ninguna iniciativa, fue Chile que decidió plantear un medio de solución. Éste consistía en la conformación de una comisión mixta reservada de cuatro miembros por lado. La comisión estudiaría el asunto marítimo y, cuando llegase a un entendimiento, presentaría un informe a los dos gobiernos. Pero, increíblemente, Bolivia nunca dio respuesta a Chile sobre dicha comisión.

El siguiente Gobierno chileno, el de Eduardo Frei (hijo), con su canciller José Miguel Insulza, sugirió entonces el nombramiento de un representante personal por cada canciller. La idea era que esos representantes se reuniesen reservadamente y analizaran el tema. Efectivamente, esos dos representantes tuvieron algunos encuentros y también un intercambio epistolar, pero nada de ello repercutió en el asunto marítimo. Con el cambio de gobierno en Bolivia, hasta ese lazo entre cancilleres se rompió.

El siglo XI comenzó con una gran esperanza, ya que surgió un nuevo elemento integrador: el gas. Chile necesitaba desesperadamente el gas boliviano para su creciente industria. El presidente Ricardo Lagos se entrevistó con casi todos los mandatarios nacionales, Banzer, Jorge Quiroga, Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa con el fin de obtenerlo. Pero cuanto más se esmeraba Chile en adquirir nuestro gas, Bolivia más se encaprichaba en no venderlo.

Cuando Evo Morales asumió la presidencia, Lagos vino a La Paz y conversó con él en su departamento de Miraflores. Luego, Morales viajó a Chile, donde fue recibido por varias miles de personas al grito de mar para Bolivia. Inmediatamente después, la presidenta Michelle Bachelet informó públicamente que muy pronto se iniciarían negociaciones para solucionar el problema marítimo boliviano. Pero luego surgió algo insólito, Bolivia volvió a suscribir un acuerdo de venta de gas boliviano a Argentina con el compromiso de este país de no exportarlo a Chile. Esto derrumbó todo entendimiento sobre el mar. Desde ese momento, los gobiernos de Chile señalaron que tratarían el tema pero sin soberanía, es decir, sólo simbólicamente.

Bolivia creyó que podría presionar a Chile por medio de los organismos internacionales, ya sean políticos o jurídicos, pero eso resultó un fracaso.  En consecuencia, es menester retornar a la relación directa con Chile, con base en lo que éste necesita de nuestro país: el gas. Si Bolivia pudiese venderle ese elemento energético fundamental, el mar se constituiría nuevamente en el tema principal de nuestras relaciones con ese país.

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