El brutal homicidio de un travesti en Santa Cruz la semana pasada, que falleció luego de recibir más de 50 puñaladas, ha desatado la indignación de propios y extraños, especialmente entre los miembros del colectivo boliviano LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transexuales). Además de exigir el pronto esclarecimiento de ese asesinato, los representantes de ese colectivo aprovecharon para denunciar la permanente discriminación que padecen en el país, y no sólo de parte de las personas corrientes, sino también de las autoridades y las fuerzas del orden. Lo que se puede apreciar, por ejemplo, en su invisibilización a la hora de implementar campañas y normas contra la discriminación.
En efecto, no cabe duda de que los travestis son uno de los grupos que más humillación y exclusión padecen. Y es que la sociedad se ve interpelada por esta comunidad que pone en crisis los valores del orden establecido, que divide a los seres humanos en masculinos y femeninos.
A tal grado llega el desprecio, que quienes asumen esta subjetividad suelen ser condenados a sobrevivir ejerciendo trabajos marginales, como la prostitución. Ello debido a que el travesti, al negar su virilidad, es expulsado del mundo patriarcal, lo que lo condena a vivir en una suerte de limbo, cargado de violencia y rechazo.






