El lateral Jair Torrico le hizo tres reverencias a Ronaldinho Gaúcho cuando The Strongest jugó en Belo Horizonte frente al Atlético Mineiro por la Copa Libertadores de América. Sucedió en el protocolar saludo previo al inicio del partido. Los “faisbukeros” hinchas del Tigre publicaron una foto con Maradona en actitud parecida besándole la mano al mismo jugador con motivo de algún partido disputado entre Argentina y Brasil, seguramente para evidenciar que lo hecho por el jugador boliviano era nada más que una sincera y humilde muestra de reconocimiento y respeto de parte de alguien que proviene de una familia en la que la admiración por lo brasileño es más que obvia: Él se llama Jair y su hermano Didí. ¿Qué más?
Hay jugadores de fútbol que aparentan soberbia porque guardan las formas de manera puntillosa. Hace unos días se sindicó a Messi de no querer intercambiar camisetas con algún adversario. Averiguadas las cosas, sí lo hizo pero en zona de vestuarios y no en el campo de juego, muy probablemente porque para el “10” del Barcelona ese tipo de gestos tienen sentido en un ámbito de discreción, lejos de cámaras y flashes.
Son maneras que unos cuidan al milímetro y otros consideran prescindibles.
Hace muchísimos años, en las filas que compartían en la boca del túnel jugadores de Bolívar y otro equipo brasileño para un partido también por Copa Libertadores, un futbolista académico rompió el orden y antes de ingresar al campo de juego fue a pedirle un autógrafo a Raí, a quien probablemente nunca soñó conocer y menos enfrentar. Los dirigentes académicos consideraron el gesto como humillante y fuera de lugar, pero en materias como esta no hay código disciplinario que valga y, por lo tanto, la decisión de actuar en uno u otro sentido es personalísima.
Si el resultado del partido entre The Strongest y Mineiro hubiera sido otro, por ejemplo una goleada y no un ajustado 2-1, es altamente posible que Torrico hubiera sido puesto en la picota del escarnio. Se estaría diciendo que la sumisión y los complejos de los débiles se manifiestan con este tipo de actos fallidos, pero como los atigrados le plantaron cara al dueño de casa, saliendo derrotados luego de un desempeño respetable, la cosa no pasó a mayores. Lo de Torrico con Ronaldinho pasó y será parte del anecdotario.
El atenuante para Jair es que su emocionado acto de admiración estaba dirigido a un futbolista de espíritu liviano y de conducta sencilla, muy alejada de las poses propias de quienes son presas de la arrogancia y en ese sentido el que sí se puso por demás es nada menos que el entrenador aurinegro, Eduardo Villegas, que se quejó por la distinción que decidió conferirle al mismo Ronaldinho Gaúcho la Gobernación de La Paz, afirmando que en el país se da crédito a lo extranjero y entre bolivianos nos tratamos mal porque no nos reconocemos como corresponde.
Si para alguna gente Torrico actuó por demás con Dinho, Villegas, él sí, cometió un error táctico al manifestar públicamente algo que está fuera de su alcance y es que los políticos se manejan con otra lógica en asuntos de estas características. No hay que enojarse nunca por el reconocimiento al talento y la trayectoria de quien sea porque da la impresión de envidia e impotencia, aunque no sea así y en esto también es bueno saber manejar las formas.
El fútbol es una expresión cultural repleta de códigos de diferentes y multiformes tamaños. No creo que haya que aplaudir o condenar lo hecho por Jair Torrico. Relatores y comentaristas argentinos de la transmisión oficial de la Libertadores consideraron que eso mismo pudo haberlo hecho no en el campo de juego y menos antes de comenzar el juego, y en temas como éste no somos quiénes para meternos con las sensibilidades y los gestos ajenos. El buen futbolista atigrado convocado a la selección nacional sabrá que la parcialidad de su equipo mira atentamente lo que hacen o dejan de hacer sus ídolos.






