Las librerías son el paraíso para los lectores y las lectoras. Los libreros son esos extraños/invisibles seres que en silencio nos observan, nos aconsejan y nos cuidan. El viejo oficio del librero —uno de los más grandes de este mundo— se resiste a morir y don Gustavo cumple este año medio siglo de cazador de libros. A estas alturas ha desarrollado tanto el ojo que sabe cuándo un libro será exitoso y vendido durante decenas de años y cuándo no. Gustavo Urquizo Mendoza, paceño nacido en el 52 un día después del 16 de julio, lleva la revolución de las letras corriendo por sus venas.
Cuando descansa, lee; cuando lee, lee catálogos; y cando pasea, se divierte frente a las estanterías de otras librerías. Su padre, don Rafael Urquizo, trabajaba como vendedor/encargado en la mítica librería Alexander de la avenida Camacho en los años 40 del siglo pasado. Cuando aprendió las buenas artes del oficio, abrió junto a su esposa, Elsa Mendoza (que trabajaba en la librería Universitaria) su propio local. Era 1948, tres años después de que lo hiciera don Werner Guttentag con Los Amigos del Libro. Su librería/editorial se llamaría Juventud e iba a publicar a grandes autores bolivianos y títulos que más de medio siglo después se siguen vendiendo como Sangre de mestizos de Augusto Céspedes o La niña de sus ojos de Antonio Díaz Villamil.
Don Rafael administró su pequeña librería (en el hotel La Paz, avenida Eliodoro Camacho esquina Colón, al lado del edificio Krsul) durante más de medio siglo. Él contactaba a los nuevos escritores y doña Elsa atendía con amabilidad y sabiduría. Las oficinas de la editorial quedaban en la plaza Murillo. El negocio arrancó importando libros de México y España, de sellos como el Fondo de Cultura Económica, Alianza, Aguilar o Sopena. El segundo y lógico paso fue imprimir. Si todo (buen) lector acaba convirtiéndose en escritor, todo librero cae en la tentación de publicar sus libros/autores/amigos favoritos. Así, don Rafael Urquizo comenzó editando folletos artesanales para colegio. “Sus primeros títulos fueron Geografía de Bolivia e Historia de Bolivia, eran encuadernaciones caseras, lo hacía con stencil, totalmente trabajo de artesano, así nació la editorial Juventud”, recuerda su hijo hoy en las oficinas de la librería-editorial G.U.M. (sus iniciales) en el barrio de Miraflores, muy cerca de la plaza Villarroel.
“Mi padre era muy político, terminó convirtiéndose en un magnífico intermediario cultural entre la emergencia de lo nacional popular y el campo y las minas. Acabó publicando a los viejos amigos que pasaban por la librería, los clientes que al inicio eran estudiantes se convirtieron luego en políticos conocidos, en escritores, en periodistas y así firmó contratos en exclusiva con hombres como Céspedes, Alipio Valencia Vega (y sus famosos tomos de Educación Cívica o de Teoría Política), Raúl Bothelo, Huáscar Cajías (y su La criminología) o Pablo Ramos. También logró reeditar a nuestros clásicos como La candidatura de Rojas de Armando Chirveches, Los mitos profundos en Bolivia de Guillermo Francovich, La Chaskañawi de Carlos Medinaceli, Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre o los cuentos breves, novelas cortas y poesías de la gran Adela Zamudio”, rememora su hijo.
La clave era asesorarse bien para conocer qué quería el público y don Rafael tenía buenos consejeros como Rodolfo Salamanca, Raúl Durán y algunos periodistas conocidos de la época. Décadas más tarde, Juventud llegaría a publicar también los textos más conocidos del teatro popular como Los hijos del alcohol de Raúl Salmón o Me avergüenzan tus polleras en sus tres tomos. Muchos años después, el hijo siempre estará agradecido de que el padre no le dejara en herencia coches o propiedades sino cientos de libros que hoy sigue vendiendo.
El fondo de la editorial Juventud llegó a tener y tiene más de 600 títulos, entre ellos clásicos universales como Bodas de sangre de Federico García Lorca, La Odisea de Homero, Martín Fierro de José Hernández, Contrato social de Jean Jacques Rousseau o Edipo Rey de Sófocles. De algunos títulos que se vendían en colegios de todo el país, se llegó a publicar más de 6.000 ejemplares cada año. Pero Juventud no solo publicaba autores nacionales sino que editaba libros de autores extranjeros sobre temas bolivianos como la Historia de Bolivia de Herbert Klein, hoy actualizada al año 2014. “Este libro se sigue vendiendo, está a 60 pesitos y es mejor que la historia de Carlos Mesa que es solo una cronología”, añade don Gustavo vendiendo su charque.
En 1971 y mientras estudiaba Economía en la UMSA, Urquizo Mendoza arrancó su vida librero. Su madre había muerto un año antes de cáncer de pulmón y los tres hermanos (Juan Carlos, Rafael y Gustavo, el menor) se unían al padre para dar una mano en la imprenta (los dos hermanos mayores) y en la administración. “Importábamos de la editorial Molino y luego viajábamos por todo el país ofreciendo nuestro catálogo, mi padre por Santa Cruz y Cochabamba y yo lo hacía por el sur, Sucre, Potosí, Tarija. En esa época, la gente estaba ávida de cultura y libros, no había fotocopias y el público se preocupaba por las novedades. Importabas las últimas novedades y la gente se agolpaba en las librerías e incluso te pedían títulos. Después, en los 90, los piratas lograban las novedades antes que nosotros y ahora incluso la gente pide por internet. También las universidades con sus maestrías hacían comprar, todo era original, ahora ya no”.

El objetivo de los Urquizo fue sencillo: sacar ediciones baratas y económicas. Todavía hoy, en el catálogo de G.U.M. (la heredera de Juventud) se puede comprar Soledad de Bartolomé Mitres por 10 pesitos. Todavía hoy se puede luchar contra la piratería venciendo con sus propias armas: “La nueva edición de Leyendas de mi tierra de Antonio Díaz Villamil la vendo a 12 pesos y los piratas la están ofreciendo a 20 para los colegios, cuando la diferencia es poca entre la edición legal y bonita y la pirata con fallas, la gente prefiere comprar original. Pasa lo mismo con Raza de bronce. La vendo a Bs 15, he vendido ese libro toda mi vida y la piratería que quiere ganar algo por la pandemia la ofrece ahora a 20”, dice orgulloso don Gustavo. Junto a la mesa donde charlamos, veo de reojo por 12 pesos Cómo organizar mi biblioteca del historiador José Roberto Arze, que hace días estaba de cumpleaños.
La explosión de Juventud llegó con los textos básicos para los estudiantes. ¿En qué hogar boliviano no hay libros de primaria como Flores y Kantutas de doña Pepa Martínez Sanabria? ¿O algún título de aquellas legendarias maestras como la señora Jiménez, Condarco o Scheifer? En aquel entonces, los tirajes llegaban a alcanzar los 50.000 ejemplares. Luego llegó la Reforma Educativa y los sellos/multinacionales se comieron todo el pastel.
Para aquel entonces del “boom” escolar el padre de Gustavo Urquizo ya tenía una imprenta propia en la calle Ayacucho en el edificio de los ferroviarios, fundada en 1968. Cuando en 1995 falleció por diabetes don Rafael, los tres hermanos se hicieron cargo hasta que en 2006 la empresa se disolvió y dos años después nació Librería-Editorial G.U.M. “Los saldos de los depósitos fueron repartidos en tres partes, mis hermanos se quedaron con el viejo nombre y publicaron cuatro o cinco títulos y yo fundé G.U.M. que ya tiene 230 libros editados entre reediciones, reimpresiones y nuevas obras”, cuenta don Gustavo. “Llevo vendidos en poco más de 10 años más de 60.000 libros y he reeditado Sociología del Derecho de Ramiro Villarroel, casi una quincena de los libros de Jesús Lara como Sasañan, Wichay-Uray, Llalliypacha o Ñancahuazú: sueños, también los de historia, que es una de nuestras apuestas fuertes, como los de Roberto Querejazu, Masamaclay, Guano, salitre, sangre, Llallagua o las Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Pacífico y la del Chaco.

Don Gustavo, conocido por sus títulos clásicos, no se niega a nuevos títulos, especialmente a los de historia y derecho. “Antes mi padre y yo conocíamos a los autores, pero ahora los jóvenes prefieren a las editoriales nuevas, hay que apoyarlos a unos y otros desde el Estado, con leyes, con ventajas fiscales, con las bibliotecas públicas teniendo un presupuesto anual para adquirir la producción boliviana. Yo hace años fui a la biblioteca municipal de la Plaza del Estudiante a ofrecer mis títulos pues algunos de los libros de JuventudG.U.M. como Metal del diablo de Augusto Céspedes estaban totalmente dañados, faltaban páginas y me dijeron que no había presupuesto para eso. “Vuelva al año”, volví y tampoco. Si una biblioteca pública no tiene plata para comprar libros bolivianos, ¿en qué gasta el dinero entonces?”, reclama el veterano librero. Metal del diablo sigue a 40, por cierto. Y Nacionalismo y coloniaje de Carlos Montenegro, a 38 pesitos. ¿Y luego decimos que leer es caro?
Don Gustavo nació en la librería de su padre y su madre. Y el primer olor que aprendió a identificar fue el de la tinta. Así recuerda sus primeras lecturas: “Mis primeros libros queridos fueron Sol y horizontes/Símbolos profanos (1930) de Man Césped Anzoleaga y Corazón: Diario de un niño (1886) del italiano Edmundo de Amicis”. Urquizo guarda un pequeño silencio y mira alrededor de su oficina/distribuidora de la calle Puerto Rico: “Mis tres hijas han estudiado Administración de Empresas, Ingeniería Química e Ingeniería de Alimentos, no sé qué van a hacer con tanto libro cuando yo no esté, ¿dónde irán a parar más de 60.000 títulos?”. El libro no va a morir nunca, eso lo tiene claro. “No es lo mismo leer que escuchar, si lees de pequeño serás un lector toda la vida, es el único objeto que es imperecedero, aunque ahora creo que se publica demasiado”, dice pensativo.
¿Y cuál es el secreto para que el pueblo boliviano lea más? Urquizo la tiene clara: “La clave está en los colegios, no tanto en la casa. Cuando el padre y la madre llegan tarde a casa de trabajar, es bien difícil que se pongan a leer y así cunda el ejemplo. En los colegios y en los kínder hay que darles a las wawas libros, que los descubran, vean, destrocen, no importa, que vean los dibujos, que descubran las palabras. El secreto es poner el libro al alcance del niño y la niña, sembrar. Luego los profesores de Literatura tienen que lograr que a los estudiantes les guste la lectura, aunque sea obligando”.

El oficio de librero y librera sobrevive, se aferra al último clavo ardiente. Y a don Gustavo le preocupa una sola cosa: no hay renovación. “El librero de antes, el editor de antes, publicaba toda la obra de un autor, la gente compraba su mejor libro y luego se seguían editando el resto de su producción de por vida. Antes conocías al público lector, y por su consejo también sabías que debías pedir afuera, era un lector informado. Yo sigo con mi política: precios baratos, trato de no subir el costo, no tengo local propio ya, ahora solo distribuyo, la pandemia nos está haciendo mucho daño, incluso algunas librerías han cerrado. Y los colegios ahora no piden literatura boliviana, ahora hay que leer al mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez”.
Sin embargo y a pesar de todo, Don Gustavo no se rinde. Tan solo tiene una preocupación: ¿dónde irán a parar sus miles y miles de libros cuando su vida termine? No lo sabe, lo único que sabe es que hasta que llegue ese momento seguirá siendo esa clase de librero que te observa, te aconseja y te cuida. Algún día/año de éstos recibirá el homenaje y reconocimiento que Bolivia tiene pendiente con él. Y con su padre y madre.






