CARA Y SELLO
Foro de la Fundación Friedrich Ebert (FES): “Fin del ciclo electoral: ¿qué nos deja? ¿qué sigue?”
En mi hipótesis, tres rasgos caracterizan la elección del 7 de marzo. Primer rasgo: la tendencia a la polarización tradicional. La polarización tradicional —y el ánimo de cambio— gatillaron el voto en esta elección. Se trata de la vieja polarización entre las dos visiones bolivianas sobre la convivencia.
Por un lado, está la visión nacional popular, que es la más fuerte en nuestra historia. Hoy es una visión en manos del MAS y de algunas de sus escisiones. En parte, la hegemonía del MAS en el campo nacional popular explica su fuerza y sus victorias. Y, por otro lado, está la visión antagónica a lo nacional popular.
La visión nacional popular nace en el Chaco, se consolida el 52 y de ahí, hasta aquí, la cosa va de repetir (o negar con timidez) esa visión.
La visión antagónica a lo nacional popular no constituye un bloque orgánico, ni una propuesta de ideas y creencias uniforme. Pero la formulamos como una categoría de análisis a partir del momento en que sus componentes —por muy diversos que sean entre ellos— pueden disputar poder a las fuerzas nacional populares.
La tal polarización se nota en la geografía: oriente más lo urbano son menos favorables a lo nacional popular, y occidente más lo rural son más favorables.
Esta polarización no solo ayuda a explicar las muchas victorias del MAS, también ayuda a ver varias de la oposición. Arias en La Paz es un ejemplo. Perfil humano de carácter popular, pero opuesto al MAS. Camacho y muchos otros opositores que ganaron, también son ejemplos de la polarización como beneficio al lado opositor.
Confesión. Siempre tuve la esperanza de que estas dos visiones puedan conciliarse. Tres razones. 1. En lo teórico no son proyectos incompatibles: ambas visiones son proyectos complementarios de modernización. 2. Ambas visiones ya se han conciliado varias veces en nuestra historia. 3. Esa conciliación es clave para que haya democracia.
Segundo rasgo: la tendencia al cambio. Muchos electores querían cambio en esta elección.
En esta hipótesis, dos preguntas: ¿qué tipo de cambio quería la gente? y ¿quiénes representaban mejor ese cambio que la gente quería?
En mi hipótesis, la gente quería cambiar el tiempo de la pandemia y sus crisis. Y por eso hubo una tendencia a no votar por candidatos que se asociaban con el tiempo/pandemia.
Esa tendencia generó dos tipos de voto. El castigo contra candidatos o partidos que administraron o administran durante la pandemia. Y el rechazo a un tiempo trágico.
Hay algo de este ánimo de cambio en el voto que se le niega a varios candidatos del MAS. Pues a estas alturas —tras cuatro meses de gobierno del MAS—, muchos electores indecisos, en los estudios, asociaban su malestar con el manejo actual de la economía y la salud.
¿Quiénes representaban mejor el cambio en esta elección?
La oposición, a pesar de su debilidad estructural frente al MAS, hizo bien la estrategia del cambio.
Para representar el cambio, la oposición, por un lado, ofreció renovación de líderes, pero guardando el mensaje tradicional opositor. El caso de Camacho es el ejemplo más notable.
Además de renovación, la oposición —a fin de ofrecer cambio—, reactivó liderazgos veteranos. Tres claves para que estos candidatos con veteranía fueran creíbles como liderazgos del cambio: 1) El tiempo transcurrido desde que gobernaron; 2) Que no estuvieran ligados al manejo de la pandemia; y, 3) Que sus liderazgos tuvieran carácter popular y no elitista. Los ejemplos más destacados: Manfred Reyes Villa, Óscar Montes y Jhonny Fernández.
Tercer rasgo: La ofensiva política y judicial del MAS en el tiempo poselectoral. Mi hipótesis: tras el 7 de marzo, el Gobierno toma una decisión audaz para ganar poder frente el propio MAS y frente a los opositores electos. Cinco elementos de esta estrategia:
• Recuperar terreno. El MAS no obtiene malos resultados el 7 de marzo: sigue siendo —de lejos— la principal fuerza del país, un proyecto de poder con mucho futuro y un relato cultural e ideológico muy sólido.
A pesar de ello, el MAS lee sus propios resultados con cierto pesimismo. A partir de esa lectura pesimista, muy probablemente, el MAS decide ir a la vía judicial para recuperar terreno.
• La polémica judicial. El camino judicial genera una fuerte polémica nacional e internacional. Voces sólidas cuestionan esa estrategia. Hoy por hoy varios observadores piensan que si el Gobierno no maneja el tema con cuidado, la tal polémica puede pasarle una factura en prestigio y legitimidad de cara al futuro.
• Se reactiva la polarización extrema. Es una polarización que tiende hacia la lógica amigo/enemigo, que es la lógica de Lo Político. O sea, es la lógica de la pura lucha por el poder, donde la victoria se logra al eliminar al enemigo. La lógica del pacto —al revés— es la lógica de La Política, donde se ve al contrario como “el rival”: alguien a quien debes vencer, pero con quien —al final de la batalla— debes acordar o pactar la vida pública.
• ¿Qué gana el MAS? Gana en la pura relación de fuerzas. Con su estrategia judicial, probablemente el gobierno del MAS manda más y mejor. Tiende a neutralizar —en un solo movimiento judicial— a todos los que le disputan campos de dominación e influencia. Por ejemplo, podría neutralizar a sus principales opositores electos en el Eje. Además, el MAS gana en cohesión interna. Y sus líderes ganan en legitimidad ante el público partidario.
• ¿Qué gana la oposición? La oposición, igual que el MAS, gana en cohesión interna. Y probablemente, en prestigio moral. De momento, gran parte de la opinión nacional e internacional parece reconocer legitimidad moral a los argumentos de la oposición. Eso, normalmente, es un arma con potencia en el medio plazo.
Conclusión: el 7 de marzo no cierra heridas. Y por eso, quizá, hacia adelante, el reto político boliviano más importante es sostener lo mínimo: la ley, la democracia y la convivencia pacífica.
(*) Manuel Suárez es politólogo






