El martes último, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer, la Organización Mundial de la Salud presentó un extenso estudio sobre la prevalencia de la violencia contra las mujeres. Los resultados son alarmantes por donde se los mire, pero es mucho peor cuando se observa que Bolivia está entre los 10 países del mundo donde más mujeres sufren violencia.
El estudio presenta datos recogidos en todo el mundo entre 2000 y 2018, y sus editores advierten que las cifras, alarmantes de por sí, no recogen lo que haya pasado con las personas durante las cuarentenas obligadas por la pandemia del COVID-19, y es fácil inferir que lo que muchos colectivos femeninos han llamado “la pandemia invisible” ha tenido un costo excesivo para la mitad femenina de la humanidad.
Entre las principales conclusiones que la OMS extrae del informe está el que las mujeres jóvenes se encuentran entre las que más riesgo corren; específicamente, aquellas que tienen entre 15 y 24 años de edad son las más expuestas a la violencia física, sexual y psicológica, y que ésta ocurre en el seno del hogar con muchísima más frecuencia que en el ámbito público. Evidentemente es la población que más protección necesita de parte del Estado y no debe sorprender que es la que menos la recibe, en éste y muchos órdenes de la vida.
La OMS también llama la atención sobre el hecho de que cerca de 736 millones de mujeres (es decir, una de cada tres en el mundo) sufren violencia física o sexual provocada por un compañero íntimo o agresiones sexuales de otras personas; lo más grave: son cifras que se han mantenido estables a lo largo de la última década, irónicamente caracterizada por un creciente movimiento feminista y los logros que va conquistando, especialmente en materia de política pública.
Si bien el informe hace claro énfasis en que la violencia contra las mujeres es un problema global que afecta a todas las sociedades sin excepción, también subraya el hecho de que las mujeres que viven en países de ingresos bajos y en la franja de países de menores ingresos dentro del grupo de países de ingresos intermedios sufren esta violencia de forma desproporcionada, en algunos casos de hasta una de cada dos mujeres. En Bolivia, según el informe, 42% de las mujeres son víctimas de alguna forma de violencia a lo largo de su vida.
No basta, pues, con tener un día al año (o dos, como en Bolivia) para poner freno a la dominación y subyugación de las mujeres a través de las violencias. Tampoco basta con una ley por muy progresista que sea. Ante esta trágica realidad es, pues, imposible no encontrar justificación a la ira de mujeres que se ensañan contra monumentos y mobiliario público en sus manifestaciones, así como es significativo que este ensañamiento se dirija contra objetos y no contra los perpetradores del dolor y el daño cotidiano de cuatro de cada 10 mujeres.






