Una joven turista armó un quilombo con las autoridades de una localidad boliviana al declarar, en RRSS y sin pelos en la lengua, sus pareceres. Dijo: “el pueblo era feo, pero feo con ganas… ¿verano de 2 grados?… no tiene nada de estética y no viviría aquí ni aunque me paguen tres millones de dólares”. Y remató su apreciación con un sonoro sorry. Ese memorable final permite catalogarla: la nena es cool. La reacción de las autoridades fue intolerante en extremo; ¿por qué? ¿porque era extranjera de tierras bajas? Todos podemos hacer críticas sobre la calidad de vida de cualquier ciudad, la libertad de expresión está garantizada por ley. Sin embargo, esas autoridades publicaron amenazas de juicios y demás estupideces; pero, no se expresaron públicamente de una criminal violación. Eso permite catalogar, también, a esas autoridades.
Pero vamos al desaguisado estético. ¿Se puede definir a una cuidad como bella? O ¿cuándo una ciudad es re fea? Respuesta común: “todo depende del cristal con que se mira”. Y ese cristal está, por el momento, definido por 20 siglos de estética occidental que se difundió al resto del mundo en un constante proceso de colonización cultural. Un potente proceso escrito sobre la base del pensamiento binario; aquel que nos impulsa a separar el mundo entre feo o bonito, blanco o negro, izquierda o derecha, etc. El pensamiento binario es una abstracción ontológica de la vida que ahora está en entredicho por la emergencia de los estudios culturales, los estudios poscoloniales, el pensamiento divergente, las múltiples modernidades o el pensamiento holístico (temas para otra entrega). La apreciación estética o el gusto, en términos genéricos, dependen de esa tradición occidental. ¿Pero, en pleno siglo XXI, la belleza sigue siendo la verdad platónica de antes?
Acerca de la belleza urbana existen otras posturas más sofisticadas como las del historiador noruego Norberg-Schulz. Para él hay tres ciudades con un poderoso “espíritu del lugar”: Praga, Roma y Jartum en África (no turistees allá nena, todos son negros). Pero, el académico no habla de la belleza per se, sino de una categoría metafísica que hemos descuidado de analizar por puro binarios: el ajayu (ajayu y estética, qué tema mayúsculo para el estudio). Además, existe el sentido de pertenencia. La ciudad es nuestra casa mayor, nuestra cuna común; y nadie soporta que le digan que su casa, donde se reúne la familia entera, es re fea. Tu casa es lo más divino en esta atormentada vida.
Termino igualando la apuesta: pago $us 3 millones para que nuestras hijas y nietas no piensen como tú, nena. Sorry.
Carlos Villagómez es arquitecto.






