Si hay una fiesta cuya trascendencia en el imaginario colectivo y en la vida de muchas personas es indiscutible, es el Carnaval, cuya celebración este año ha sido suspendida no solo en las ciudades bolivianas donde es mucho más que una fiesta pagana, sino también en muchas otras capitales del mundo. La pandemia ha puesto un alto al festejo y a los excesos del carni vale.
En Bolivia, son Oruro y Santa Cruz las dos ciudades que mayor sacrificio están haciendo al privarse de una fiesta que no solamente está en la base de la identidad de la población local, sino que representa fuente de intensa dinámica económica y de generación de ingresos para miles de personas que proveen bienes y servicios a las personas que participan de los festejos. En la capital cruceña, la determinación de suspender actividades carnavaleras ha sido reforzada con una cuarentena rígida impuesta durante el fin de semana y los feriados.
En Cochabamba, La Paz y otros municipios del país, los gobiernos locales han impuesto restricciones a las fiestas y suspendido todas las actividades públicas (excepto aquellas que se producen en línea a través de internet) donde, evidentemente, el riesgo de contagio se incrementa al calor del festejo y los excesos que habilita.
Días atrás, el Ministro de Salud se ha congratulado por el hecho que el país está, si no en fase de desescalada de los casos, al menos en fase de meseta, lo que significa que no hay que lamentar nuevos brotes o temer un nuevo pico en el número de contagios y el de las muertes asociadas con el virus; también ha enfatizado en el hecho de que eso se ha logrado sin necesidad de dictar cuarentena rígida, como exigían algunos sectores de la sociedad. No sería extraño que muchas de esas personas hoy estén lamentando las restricciones, particularmente en las ciudades donde el festejo carnavalero marca el calendario anual tal vez incluso más que otras fiestas cristianas.
Sin embargo, no basta con que sean las autoridades nacionales, departamentales o locales las que desempeñen, literalmente, el papel de aguafiestas; la población debe hacer igualmente grandes esfuerzos (sacrificios, en el caso de quienes viven de las actividades propias de estas fiestas) para evitar la tentación de organizar encuentros y fiestas particulares, que sin ser masivas igualmente pueden ser foco de infección, pues basta con que haya un portador asintomático para que las cosas salgan mal.
Toca, pues, que no solo los gobiernos hagan su trabajo, protegiendo la salud, cuidando a la población e imponiendo medidas restrictivas que posibilitan esos propósitos; también es necesaria una férrea disciplina de todas y todos, la misma que gran parte de la sociedad ha mostrado este fin de semana y se espera que conserve al menos hasta mañana. Los reportes epidemiológicos de los próximos días mostrarán si valió la pena o no suspender las fiestas y otras actividades del Carnaval.






