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El Mandela olvidado

Seis años antes de que Nelson Mandela llegue al mundo, era fundado el Congreso Nacional Africano (CNA), partido que hoy gobierna Su-dáfrica. Y más de tres décadas antes de que le     dieran el Nobel de la Paz, otro miembro de su movimiento ya había obtenido el
premio. Mandela remata pues un proceso de larga data.

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Por Rafael Archondo
/ junio 30, 2013
en Animal Político

Me temo que, en breve, la sonrisa de Nelson Mandela adornará decenas de fotos, sazonadas por apócrifas citas dulzonas, que pululan como plaga en los muros del Facebook. Se sumará así al escuálido Gandhi o al despeinado Einstein, los otros repartidores involuntarios de cursis consejos autoterapéuticos de nuestros días. Y es que Mandela, como el dúo mentado, le regala a quien lo distribuye un toque de exotismo y sabiduría instantánea.

Me temo también que, cuando muera (no ha pasado aún, por ventura, ahora que escribo), saldrán los comentaristas de siempre a hacer relucir retorcidas comparaciones entre este proclamado santo africano del perdón y la tropa habitual de malhumorados gobernantes vivos, a quienes se latigueará con tan formidable difunto. Así será. Y es que parece que nos seduce nomás prender velas e ignorar los asuntos complejos de la existencia. Mandela no calza en la toga de un santo, pero, claro, menos aún en el mameluco incandescente de un demonio. Mejor entremos en materia.

Biografía. Su buena estrella resplandece paradójicamente en el instante de su arresto y posterior sentencia a cadena perpetua, en 1962. Él, que ya contaba con 43 años de edad, junto a siete dirigentes de la llamada “Lanza de la Nación”, el brazo armado del Congreso Nacional Africano (CNA), acabaron procesados por los jueces cuando aquel aparato clandestino apenas empezaba a gatear.

Parece ser una constante. Cuando un incitador de la violencia política acaba capturado de forma prematura por sus adversarios estatales, se ve compelido a buscar una salida. Tal reo, imposibilitado ya de hacer daño físico, se concentra en ejercitar algún tipo de influencia ideológica. Así, se sienta, lee, escribe, estudia, almacena párrafos, acicala su discurso y trata de filtrarlo al exterior para ir amamantando un séquito con sus letras. Suele entonces ensayar el rol de héroe cautivo y para ello prepara el terreno a fin de salir en hombros de la prisión. Cada hora tras las rejas es un aplauso externo por cosechar.

Mandela no tuvo esa oportunidad, al menos, no al inicio. El régimen del apartheid era pétreo e inclemente. A partir de 1948, con la victoria en las urnas del Partido Nacional, la agrupación política de los inmigrantes holandeses, el entramado represivo del Estado sudafricano alcanzó grados inéditos de sofisticación. No era para menos. Sus enemigos, con Mandela entre los más prominentes, contaban con una red internacional que incluía campos de adiestramiento guerrillero en Argelia o Etiopía, respaldos financieros desde Moscú y   La Habana y una opinión pública mundial cada vez más dispuesta a boicotear las acaudaladas exportaciones despachadas por aquella élite racista en Pretoria o Johannesburgo.

Mirando en retrospectiva, cuesta creer cómo un sistema tan inhumano de segregación racial como el apartheid pudo haber funcionado sin interrupciones durante casi medio siglo. Es cierto que tuvo adeptos influyentes como Ronald Reagan o Margaret Thatcher, pero también es innegable que el Estado sudafricano logró consolidar un orden duradero, usando la represión brutal y sobre todo atizando la división interna entre la población torturada por sus fastidiosas distinciones de color. 

Mandela permaneció los primeros 20 de sus 27 años de castigo recluido en la isla de Robben. Marginado por completo de la vida nacional, vio cómo la llama que intentaron propagar se iba apagando lentamente. ¿Qué otra cosa podía esperarse tras un tiempo tan prolongado? Mantener a dirigentes presos durante casi tres décadas, sin que nada notable suceda en el trayecto, prueba hasta la saciedad la inoperancia fáctica del CNA. Prueba también la enorme dificultad de propinarle alguna mínima derrota militar a un enemigo estatal tan imponente. 

A fines de los 70, una nueva tanda de líderes anti-apartheid fue a dar a las mismas celdas donde Mandela ya había cultivado hábitos perecederos. Los jóvenes de Soweto, ellos sí convertidos en leyenda, tras haber dirigido las primeras protestas masivas contra el régimen, se acercaron con curiosidad a aquellos pioneros de los que sólo habían escuchado hablar vagamente. Mayor fue su sorpresa al comprobar que Madiba (denominativo de anciano respetable en lengua xoha), seguía la ruta contraria a la de un revolucionario preso. En vez de radicalizarse, sonaba moderado, rozando casi la claudicación, habrán pensando ellos.

Para entonces, Mandela había visto pasar por ahí a decenas de guardias blancos, ocupados de su custodia. Todos iban destinados a la isla de Robben para purgar alguna falta grave. Educados en el anticomunismo más feroz, llegaban a la penitenciaria insular convencidos de que los presos del CNA se la pasaban recitando, en ruso, citas de Lenin. Para su sorpresa, eran recibidos por gente sencilla como ellos. Mandela se divertía dándoles la bienvenida en afrikáans, aquel idioma nacido del holandés, que hablan los llamados boers, inspiradores étnicos del apartheid. Era todo, menos un agente de los soviéticos.

De modo que el futuro presidente de Sudáfrica no dedicó sus días carcelarios a la lectura del marxismo. Para sorpresa de sus camaradas, leía todo lo que el partido había desdeñado, quizás por provenir del núcleo opresor: la épica de las guerras entre británicos y holandeses, en suelo africano. Mandela dejaba perplejos a sus carceleros contándoles las hazañas militares de sus propios antepasados blancos en su lucha contra el colonialismo inglés. A aquellos racistas viscerales les quedaba poco espacio para argumentar contra alguien que los había estudiado con tanto esmero.

La popularidad de Mandela no nació entonces de su contacto con la gente, de la que estuvo estrictamente separado durante 27 años. Su brillo empezó a hacerse visible precisamente por esa cantidad abusiva de tiempo tras las rejas. Así, de haber sido un líder olvidado, hecho prisionero en los primeros años de lucha contra la segregación racial, se fue convirtiendo en un símbolo de la terquedad de un régimen, en ese momento sí ya claramente debilitado por las tendencias emergentes en la arena internacional, donde el comunismo había dejado de ser un reto. 

Quienes hoy alucinan con la humildad de aquel hombre, deberían anotar que meses antes de su liberación las autoridades le exigieron que se pronuncie públicamente en contra de la vía armada como medio para tomar el poder. Jamás aceptó. Sabía que de todos modos era imposible que lo mantuvieran más tiempo preso. El mundo le había impuesto sus reglas a un Estado que se animó a desafiarlas durante casi 50 años.   

Ubuntu. Ya como mandatario surgido de las primeras elecciones multirraciales de la historia, Mandela operó la reconciliación nacional. Los que hoy alucinan con la fuerza del perdón, le sacan brillo a una cáscara. La llamada Comisión de la Verdad enfrentó una dura travesía hasta agotar la revisión de cientos de casos de asesinato y tortura cometidos por ambos bandos. Sí, ambos bandos. Al final del proceso, quedó claro que la resistencia contra el Estado no fue ni menos cruel ni menos determinante.

Miles de acusados pasaron voluntariamente a la sala para confesar sus atrocidades. Las víctimas, sentadas delante de los confesos, contrastaron con sus recuerdos, todo lo narrado. Al cabo de la catarsis, la Comisión usaba su potestad de conceder o negar la amnistía. El camino estaba diseñado para perdonar y restituir, no para castigar ni tomar revancha. A esa filosofía bellamente extravagante se le llama Ubuntu, que en lenguas bantúes alude a que cada individuo es parte armónica de la comunidad y que si daña a otro, se infringe lesiones a sí mismo. Pero otra vez, no nos emocionemos. Mandela encauzó la reconciliación, pero nunca al margen de dolores o rencores. Más de 5.000 fueron castigados y más de 800, perdonados. Madiba invita a aprender, nunca a persignarse.

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