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‘Mi padre, última tarde’, una invitación a la lectura

Ni descripción ni justificación sino una invitación de voz del propio autor a recorrer las páginas de su libro

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Por Salvador Romero Ballivián - Sociólogo
/ mayo 4, 2014
en Tendencias

Esta es una invitación al lector, para compartir la lectura del libro Mi padre, última tarde y otras crónicas. Hecha por el mismo autor. Una invitación amistosa, como corresponde, alrededor de un café o una cerveza, incluso de un jugo, como se sienta más cómodo el lector, o la lectora. Pues aquí no se discrimina, por las preferencias en bebidas, ni por cualquier otra razón.
El libro exige una presentación, quizá incluso una justificación, pues los textos que lo componen no se escribieron como las partes de un libro, concebido metodológica o científicamente como tal, desde la primera hasta la última línea, con citas al pie de página y bibliografía al final. Alguna vez escribí libros así, libros gruesos, de esos que se distinguen fácil en un estante. Es más, algunas de las crónicas fueron inicialmente artículos de periódico, parte de la columna quincenal “De viva voz”, que comenzó procurando un análisis de la coyuntura política, ponderado, objetivo y muchos otros calificativos que denotarían la seriedad del emprendimiento. Para solaz de los lectores, ninguno de esos artículos ponderados y objetivos y serios fue rescatado para el libro. Ésos quedaron amarrados a las peripecias ya olvidadas de las situaciones que pretendían estudiar, descansan tranquilos en hojas amarillentas de periódicos que solo se conservan en hemerotecas.
El libro incluye, más bien, las últimas columnas publicadas en periódico, cuando cambié el estilo. En lugar de la mirada fría, lejana, que diseca en tono neutro e imparcial, elegí escribir en primera persona, y más todavía, mirar, pensar y sentir en primera persona. Ese tono no implicó darle la espalda a la realidad política o social: fue una manera distinta de contarla. Así publiqué artículos sobre Haití, escritos desde Puerto Príncipe, donde viví unos meses, en una experiencia difícil, compleja, fascinante, a la imagen misma de esa mitad de isla caribeña. Conté sobre sus elecciones, sus rebeliones callejeras, los pequeños detalles que preservan la esperanza en medio de los escombros y la miseria, tal vez menos de viva voz que como una plática próxima con cada uno de los lectores.
Debí renunciar a esa contribución quincenal pues asumí compromisos profesionales incompatibles con la publicación regular de artículos en periódicos o semanarios. Sin embargo, ya tenía dentro el gusto por esos relatos: preservando, más o menos, la regularidad quincenal, seguí escribiéndolos y desde entonces, compartiéndolos por correo electrónico con amigos dispersos en muchísimos países. Confieso que para ese tiempo, le había dado razón a Gabriel García Márquez sobre Jean Jacques Rousseau: escribía no para cosechar aplausos, sino para que mis amigos me quisieran más.
Con libertad, algunos artículos se ocuparon de personalidades que tuve el privilegio de conocer. Unas famosísimas como Víctor Paz Estenssoro, el hombre que más tiempo gobernó Bolivia, quien me recibió un largo fin de semana en su retirada casa cerca de Tarija. Otras, desconocidas para la inmensa mayoría pero que me marcaron, como Michel Sourrouille, mi profesor de francés en el colegio, capaz de dedicar diariamente un par de horas cautivantes al estudio de un solo párrafo de la novela Carmen. Escribí igualmente sobre mi padre, incluyendo un artículo días después de su fallecimiento: sin temor a equivocarme, jamás redacté bajo tan intensa emoción. Que el libro se llame Mi padre, última tarde y otras crónicas es una forma de rendirle un sencillísimo y emotivo homenaje, a él que tanto amó escribir y leer. Lo hacía por igual en el sillón grande de la biblioteca que en un incómodo asiento del minibús. Es al mismo tiempo, un agradecimiento a él, y a mi madre, por haber sido los lectores primeros y sin concesiones de los artículos.
También escribí sobre sociedades que conocí o en las cuales viví. A veces compartía impresiones en tiempo presente y los textos eran simultáneamente fragmentos de mi vida como pinceladas de los lugares donde estaba, de mi paso por Haití, en el Caribe más ensombrecido, o por Honduras, tantas veces ensangrentada. Otros, se zambullían en recuerdos, a veces próximos, a veces lejanos, en escenarios bolivianos, unos remotos como Ayata, enclavada en el silencio de los valles andinos, o de otros países. Aproveché asimismo, para compartir mis gustos por autores, novelas, ensayos y películas, y supongo que pocas reacciones resultaron más reconfortantes que cuando un lector me decía que después de mi breve artículo partió en búsqueda de los libros comentados. En otras oportunidades, procuré, a la luz de esas ficciones, descifrar las evoluciones de las sociedades contemporáneas: cuántas veces, los novelistas son, en realidad, los más finos analistas de su tiempo, porque se liberan del tormento de aportar pruebas y estadísticas. Por último, reservé unas crónicas a campañas y domingos electorales que me tocó observar, e incluso a un martes electoral en el bucólico Medio Oeste norteamericano, un martes que parecía tanto un día ordinario, banal. Más que el estudio de cuestiones técnicas, esas confinadas a burocráticos informes puntualmente entregados, procuraba acercarme al sentimiento de la gente, al pulso de la sociedad. Aún así, un amigo, sabio y entrañable, viéndome preparar con entusiasmo para madrugar al día siguiente y salir con mi libretita de apuntes, definió que padecía una adicción a las urnas. Refutarlo seguramente será vano pues he entregado inapelables confirmaciones a sus peores sospechas.  
Publicar un libro supone deudas de gratitud, deudas que se saldan con el ánimo ligero. Me toca agradecer a Raúl Garáfulic y Raúl Peñaranda de Página 7, quienes me propusieron sumarme al ejercicio exigente de publicar una columna cada quince días. Si bien los artículos aquí reunidos son muy distintos de los que imaginé cuando acepté la invitación, me acostumbraron a la rutina agradable y exigente a la vez de entregar un texto quincenal e intentar tener “algo que decir que no sean solo palabras”, como cantaba Alejandro Lerner. Igualmente, agradezco a Claudia Benavente, la directora de La Razón, que me abrió las páginas para publicar el artículo “Mi padre, última tarde”. No veía lugar mejor: él fue columnista en La Razón y el día que murió reflexionaba sobre el tema de su próxima entrega, con su habitual mezcla de seriedad y humor, de ánimo y estrés. Plural y su director José Antonio Quiroga, se arriesgaron a publicar el libro, tan diferente del que escribí y Plural editó hace ya muchos años, en el cual investigaba el comportamiento electoral de los bolivianos.
Hoy el libro emprende su propia ruta. Busca posada en las manos de cada lector, para conversar, a veces festiva y bullangueramente, porque cuenta algo divertido, o con palabras quietas y susurradas, quizá reflexivas, porque el tema así lo exige, o en tono cómplice, como compartiendo una de esas historias que uno guarda, y también, a veces, con voz melancólica…  Y, entonces, quizá sin darnos cuenta, estaremos juntos, alrededor de un café o de una cerveza. O incluso de un jugo. Conversando.

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