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El Señor de la triste mirada

Sumaya cuenta que el Cristo llegó a manos de su familia en 1626, tras un desastre de proporciones bíblicas

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Por Álex Ayala Ugarte
/ junio 1, 2014
en Escape

Mikaela —Mika para sus seres queridos— tiene labios carnosos, mofletes de marioneta y un año y medio de vida. Aún se tambalea cuando camina, pero ya sabe que el Señor de los Milagros no se toca, sólo se mira. El Cristo, una imagen elaborada en yeso con hilachas de sangre que le recorren el pecho, barba de profeta, melena de hippie y las piernas estilizadas de un maratonista etíope, ocupa un espacio inmaculado sobre un coqueto recibidor estilo vintage del departamento de Sumaya Prado, madre de la diminuta Mika. Y en sus casi cuatro siglos con los brazos en cruz sobre la faz de Bolivia ha conocido pestes y hambrunas, heladas y sequías, revoluciones, guerras y dictaduras.

Sumaya cuenta que llegó a manos de su familia tras un desastre de proporciones bíblicas, cuando en 1626 se desbordó la laguna de Caricari y la Villa Imperial de Potosí —un lugar exquisito y cosmopolita donde uno podía hallar con cierta facilidad bordados de Flandes, ceras chipriotas, especias malayas, sedas de la lejana China, sombreros de Francia e Inglaterra, alfombras persas, marfil indio y perfumes de Arabia— se inundó casi por completo. Eduardo Galeano escribe en Los nacimientos que las aguas no se detuvieron hasta que los curas salieron en procesión por la ciudad —que no estaba preparada para tan cruel castigo—, que las construcciones “parecían cadáveres rotos”, que “las mulas arrancaron del barro a la gente partida”. Según Sumaya, el turbión dejó tras de sí un reguero de muertos; arrastró cientos de huesos que provenían de las tumbas que poblaban las catacumbas de las iglesias; y se llevó por delante santos, vírgenes y cristos.  

“El nuestro apareció semienterrado en casa de mis tataratataratataratatarabuelos, que lo recuperaron casi de una sola pieza, incluida la guarda de plata. Le faltaban, al parecer, algunos de sus dedos, el cabello original, que era de pelo natural, y los clavos que lo aseguraban”, dice Sumaya. Lo que no dice es que aquel Cristo ahogado y sucio, casi invisible en mitad del fango, les pareció probablemente el más hermoso del mundo.

A pura vela

Tras la sorpresa, buscaron al dueño del crucificado de mirada triste semana tras semana, puerta por puerta, templo por templo. Como no lograron encontrarlo, se lo quedaron. Y aunque ha pasado mucho tiempo desde que emergió del lodazal como barca a la deriva, apenas ha cambiado. “Es tanto el respeto que le tenemos que ni siquiera hemos querido restaurarlo —comenta Sumaya—. Alguien, seguramente la bisabuela de mi madre, le colocó unas cintas doradas a la altura de las muñecas para amarrarlo bien a la madera y desde entonces nadie se ha atrevido a manipularlo. Cuando lo movemos, lo hacemos siempre con cuidado. Y si hubiera un terremoto, haríamos lo imposible por mantenerlo a salvo”.

Desde su pequeño altar, el Señor de los Milagros controla varios metros de pasillo, el dormitorio principal y también, la sala de juegos de Mikaela. A su vera, hay una estampita de la Virgen de Guadalupe que la madre de Sumaya mete a su cartera cada vez que viaja, y un plástico transparente y grueso lo protege del polvo y de los bichos.

Sumaya recuerda que su abuela, un señora muy delgada de ojos verdes y 1,50 de estatura que falleció hace algunos años, lo sacaba a misa y le recitaba el rosario en una habitación a la que todos entraban “como pisando nubes, sin hacer ruido”. Su abuelo se encomendaba a él antes de los partidos de fútbol del equipo de sus amores, The Strongest, y seguramente le susurró miles de veces las alineaciones. “Mi mamá le pedía por mí cada vez que me tocaba pasar examen de Química o Matemáticas en el colegio. Y hasta hoy sigue convencida de que yo aprobaba a pura vela mientras ella rezaba” (risas).

Sumaya, en cambio, le habla mentalmente. “A mí no me gusta el rito de la oración memorizada y repetida y he preferido establecer un vínculo más íntimo.

Yo veo al Cristo como si fuera un hermano mayor y siento que me responde y me aconseja. Se ha convertido en un oasis de tranquilidad en medio del trajín de cada día. Me reconforta cuando se muere alguien. Y cuando vuelvo del trabajo, hallo muchísima paz a su lado”.

Mikaela de vez en cuando revolotea cerca suyo y lo observa como si fuera un juguete obsoleto. Cuando sea grande, Sumaya se lo dejará como legado y tendrá que custodiarlo. Pero aún falta mucho para eso y de momento se comporta ante él con cierta tibieza. Cada vez que alguien se lo acerca a la boca, le besa los pies de estuco con el pico prieto. Luego, hace gestos como de bailarín inquieto. Y no tarda mucho en volver a distraerse con otros objetos.

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