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Las palabras perdidas


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Por La que nos cante - Cergio Prudencio
/ julio 13, 2014
en Voces

De pronto afloran palabras extraviadas en los recónditos de mi memoria, como unos vestigios del tiempo. Palabras cesantes, cesadas por otras palabras o por el simple ocaso del objeto significante.

Ya nadie dice cachaña, por ejemplo, ya que estamos de Mundial. Cachañeros: los hábiles con la pelota llevándola y mareándola al contrincante, engolosinados con ella para desesperación hasta de los propios compañeros. Ensalzados y deplorados, los cachañeros eran nomás los mejores, aunque el oprobio cayera a veces sobre ellos. Robben evoca la cachaña de los de antes. Y no se piense en gambeta por cachaña, porque queda corta esa palabreja en sus alcances sugestivos al lado de la incontrastable cachaña boliviana.

Ya nadie juega tejeta (un aymarismo, por supuesto), tampoco. La tejeta era el cinco contra seis, o el cuatro contra cuatro, o el 13 contra 12, o el uno contra uno, o lo que venga, en la calle de tierra o el canchón o el parque, con arcos delimitados con chompas de los propios jugadores. La pelota de trapo (de ahí el nombre tejeta) se hacía envolviendo concéntricamente restos de medias, en procura de la esfera perfecta y el rebote posible.

Ya nadie es bax hoy en día. El bax (del inglés back, atrás, claro) era más que un simple defensa o zaga. Bax eran los aguerridos de la camiseta, como el Perro Vargas (estronguista, cómo no), capaz de ir a la pierna contraria sin objeción de conciencia en ejercicio de su misión casi castrense: “bax central”. Aquí no pasa nadie, la consigna.

No solo el fútbol ha enterrado palabras, desde luego, también el desarrollo y sus consecuencias. Anafe es un término incomprensible para los jóvenes de este siglo (peor aún en su variante anafre) desplazado por la cocina a gas o el micro ondas. El anafe desapareció como objeto y práctica llevándose consigo su palabra; se fueron juntos. Como la cuja donde dormía mi padre en Chile —contaba él— y la pichela para los jugos en la casa de infancia. Cuja y pichela, ¿de dónde vendrían?, alcancé a escucharlas, pero no creo haberlas utilizado expresivamente.

Porque expresivo era yo, según se dice. Con un “ya sé que has ido a decir dicterios a lo de tus primos” me esperaba mi madre en la puerta, cuando las florituras de mi lengua habían descargado iracundia por eso de las antipatías familiares. Dicterios, sinónimo de insultos, injurias, agravios, afrentas; ¿cómo puede una palabra tan bonita significar cosas tan feas? Podríamos recuperarla de su olvido para dar nombre —por ejemplo— a un nuevo tipo de gramínea, o unas flores azules pequeñitas, no sé. ¿Un campo de dicterios?, se me hace poético.

¿Y las bogas del Titicaca? Se extinguieron con su palabra a cuestas, fagocitadas por pejerreyes ahora fagocitados por truchas. Así, boga no significa nada ahora, ni el pez ni el pescado, ni el suculento plato de antaño. Y al paso que vamos, pejerrey será pronto vocablo disponible. Con él podríamos denominar —sugiero desde ya— una danza de muchachas revoltosas o una posición en las nuevas tácticas del fútbol, o quién sabe.

Mi madre solía también decir que las vendedoras del mercado eran unas sacres; vale decir, careras en extremo. Sacres, pues. Y nos daba de pisto en pisto los chambergos que el abuelo traía de Cochabamba. Chambergo, pisto, sacre; dichas hoy suenan a otra lengua, hermosa por cierto. Las palabras viven y mueren, como la gente y con la gente, tal parece.

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