Alemania derrotó a Estados Unidos en un partido de varios tramos desprovistos de buen espectáculo. A través del primer tiempo ambos se sintieron muy cómodos con el empate a cero. Hicieron poco para quebrarlo.
El equipo europeo centralizó demasiado sus tibias arremetidas y facilitó la tarea del rival, pertrechado en su zona y casi sin opciones de aplicar el contraataque, ya que Dempsey bregó solo.
Hubo cierta presunción de resultado a conveniencia —los antecedentes que suma el cuadro teutón en ocasión de los mundiales de 1974 y 1982 encendieron sutiles alarmas— teniendo en cuenta, además, la nacionalidad y el relacionamiento de ambos directores técnicos.
Sin embargo, al margen de la apatía, el juego transcurrió sobre la base del dominio alemán (ayer Schweinsteiger y Podolski fueron titulares, relegando a Khedira y Gotze) y el afán estadounidense, que por sobre el propósito de empatar, privilegió el no sufrir mayor diferencia.
Para el segundo lapso ingresó Miroslav Klose y el cabeza de serie reforzó sus baterías ofensivas. Lo mejor radicó en el gol. Después de una buena atajada de Howard ante el envío de Mertesacker, el rebote fue a parar donde estaba Thomas Müller, que ratificó su categoría mediante un disparo colocado, milimétrico. Gran factura en el tanto.
La lluvia de Pernambuco le otorgó al cotejo un condimento especial y no dejó de ser llamativo ver a la Mannschaft hasta con seis volantes, listos para avanzar o retroceder, según la circunstancia del juego. Es un mediocampo de lujo el que posee la estructura de Joachim Low.
El de Klinsmann, a su vez, desparrama esfuerzo y en la zaga, por ejemplo, destaca el latino Omar González, de notoria solidez. Los dos partieron a octavos de final. Prevaleció la calidad alemana, pero no dejó de ser desabrido e inexpresivo.
Óscar Dorado Vega es corresponsal en Bolivia de la cadena Fox Sports.






