Las presentaciones de libros en la feria se celebran en salones que llevan por nombres Blanca Wiethüchter, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti, grandes escritores que ya no están, ¿o sí? Para llegar hasta las salas hay que atravesar una pasarela de madera, pasar a otro bloque y subir unas gradas, oscuras: todo un “viaje”, todo un homenaje involuntario a Urzagasti.
Una vez sentado frente a los autores que hablan de sus libros, se te ocurre —como dijo el jueves el bueno de Ramón Rocha Monroy— que estas ferias deberían rendir tributo también a los lectores. Somos pocos y nos quejamos nada. Incluso en Argentina existe el Día del Lector, en conmemoración al nacimiento de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, quien una vez dijo: “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo. Solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. Habría que averiguar por qué leemos, qué preferimos.
¿De verdad La Paz lee o es un slogan pretencioso y lindo nomás? Ayer fue un buen día en la feria: harta gente pavoneándose, como los escritores cuando pasean como si fuera el último domingo de un caminante.
Ricardo Bajo H. es periodista.






