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Eugenio Montejo, la prueba del regreso

La luz del regreso Esta es la penúltima entrega de una serie de lecturas del poeta y crítico boliviano Eduardo Mitre de poemas hispanoamericanos que tratan sobre el regreso. Esta vez, la página recibe una doble visita, la del poeta venezolano Eugenio Montejo y, en un diálogo o contrapunto en torno a la mítica Ítaca, del griego Constantino Cavafy.

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Por Eduardo Mitre - poeta, crítico
/ septiembre 21, 2014
en Tendencias

La claridad es parte del misterio de la poesía de Eugenio Montejo, como clara y constante su denuncia de la modernización a costa de la devastación del paisaje natural. Caracas, uno de sus poemas emblemáticos, testimonia el tránsito veloz de esa Venezuela agraria a otra petrolera, presa de la modernización desaforada. Escrito en uno de sus retornos a su país (Montejo vivió varios años en el extranjero, desempeñando cargos diplomáticos), el poema expresa el reencuentro o, más propiamente, el desencuentro con una Caracas deformada y ocupada por rascacielos que se yerguen como lápidas descomunales. El regreso es así la llegada a una tierra desconocida, causa un extrañamiento radical: “Más lejana que Tebas, Troya, Nínive / y los fragmentos de sus sueños / Caracas, ¿Dónde estuvo?” En ese espacio “real, impávido, concreto”, la identidad del poeta y su pasado se borran al extremo de denegar su propia biografía: “solo mi historia es falsa”. La desnaturalización del paisaje urbano conlleva la despersonalización del ciudadano.

 Ítaca, dedicado a Constantino Cavafy e inspirado en el poema homónimo del poeta alejandrino, es una hermosa variación de ese poema canónico sobre el regreso. A riesgo de caer en la manía interpretativa de señalar correspondencias que el propio Montejo reprueba en su ensayo sobre Cavafy (1), creo que  una lectura comparativa muestra tanto el parentesco como la singularidad de ambos poemas.

Aparte del título —es claro—  uno y otro se dirigen a una segunda persona, un tú que bien puede ser el lector como la persona poética del autor. En su andadura los dos poemas expresan una suerte de pedagogía o  enseñanza dictada desde la propia experiencia del retorno. Lo importante en Cavafy, tanto a la ida como a la vuelta, es el viaje, es decir el camino: espacio de aprendizajes, de encuentros y revelaciones. De ahí su sugerencia: “Desea que sea largo el camino” (2).  En cambio, el poema de  Montejo expresa, en sucesivas estrofas, el carácter fatal que tienen el retorno y la pertenencia al espacio natal: “Aun sin moverte, como estos árboles / hoy o mañana llegarás a Ítaca. /…/ Está escrito en la palma de tu mano…” El lector puede relacionar estos versos con  los de La ciudad, de Cavafy.

Por otra parte, en el poema de Montejo hay de entrada una identificación con el héroe homérico como símbolo de nosotros todos. Recordemos que en otro poema, también de Alfabeto del mundo (1986) y titulado  justamente Ulises, declara su identidad y la nuestra ligadas a la figura del héroe: “Soy o fui Ulises, alguna vez todos lo somos”. En el trayecto hacia Ítaca despunta un paisaje como anuncio del que el viajero gozará a la llegada a su patria: “Aquellas nubes vienen de su mar, / contémplalas: son más puros los cielos de las islas”. En su citado ensayo sobre la poesía de Cavafy, observa que en ella, concentrada en el pasado helénico que revive, hay una “carencia de sensibilidad paisajista”. Es cierto, y su Ítaca, publicado en 1911, sería una ilustración de ello, ya que la naturaleza se reduce a elementos tradicionalmente estéticos, modernistas: “nácar y coral, ámbar y ébano, y toda clase de perfumes voluptuosos”. Y es que se trata de otra sensibilidad, que combina “la historia, el pensamiento y sentimiento”, como dice George Seferis en su magistral ensayo comparativo entre Cavafy y T. S. Eliot (3). En cambio, en Montejo hallamos continuamente árboles, piedras y pájaros, los cuales constituyen claves poéticas a lo largo de su obra; así la imagen arriba citada, que incorpora otro elemento del paisaje natural simbólicamente ligado al viaje: las nubes, “las maravillosas nubes”, como las calificó tan sencilla como inolvidablemente Baudelaire.

 Los remates o versos finales de ambos poemas son notablemente abiertos. Dicen los de Cavafy: “Tan sabio como has llegado a ser, con tanta experiencia, / ya habrás comprendido qué significan las Ítacas”. Inesperado cambio del toponímico al plural “Ítacas”; pienso que Cavafy expresa así  una crítica secular a toda nostalgia de la patria que tiende a hacer de ella un paraíso, pues a menudo la experiencia del retorno depara más bien el fiasco, la decepción, aunque no olvida reivindicar, es cierto que desde una honda melancolía, el lugar natal en una lúcida expresión de gratitud: “Ítaca te dio el hermoso viaje. Sin ella no hubieras salido al camino”. Y aquí hay que mencionar el poema Valencia, hermoso homenaje de Montejo a su ciudad natal donde “el tiempo es aroma de un café”, y a la que el poeta volvería una y otra vez, la última en 2008, como si completara con su muerte en el espacio natal su claro destino y su rutilante obra.  

A diferencia del más bien sedentario Cavafy, que habla desde el regreso ya realizado, Montejo nos coloca al umbral o a la víspera del retorno: “Prepara el corazón para el arribo”, escribe, y a continuación concluye:  

A ese mar no se miente. La furia de sus olas

todo lo hace naufragio. Pero no te amilanes.

Demuéstranos que siempre fuiste Ulises.

​Sorprendente el periplo que, en su brevedad, traza el poema, que vuelve al inicio con la figura de Ulises, arquetipo y símbolo del retorno. No lo es menos el giro radical que Montejo da al pasaje del Canto XXVI de Inferno, en el cual Dante sepulta a Ulises en la “mar airada”, pues las olas furiosas son ahora las que el héroe debe vencer para retornar a Ítaca. Y el último verso, en tono de reto, ¿no es al mismo tiempo una exhortación para que Ulises, tras consumar el regreso, vuelva a partir, abrazando su pasión por la aventura y el perpetuo descubrimiento? En ambos casos, sea para quedarse o para volver a partir, el regreso es otra prueba.  
 
NOTAS
1. “Cavafy: La gravitación de la memoria”, en El Taller blanco. México: UNAM, 1996, pp. 41-51.
2. Cito los versos de Cavafy en la traducción de Miguel Castillo Didier, disponible en internet.
3. El estilo griego, I.  Kavafis y T. S. Eliot. México: Fondo de Cultura Económica, 1985.

Ítaca

Eugenio Montejo (1938-2008)

Por esta calle se va a Ítaca
y en su rumor de voces, pasos, sombras,
cualquier hombre es Ulises.

Grabado entre sus piedras se halla el mapa
de esa tierra añorada. Síguelo.

El pájaro que escuchas está cantando en griego;
no lo traduzcas, no va ahorrarte camino.

Aquellas nubes vienen de su mar, contémplalas;
son más puros los cielos de las islas.

Por esta calle, en cualquier auto,
hacia el norte o el sur se viaja a Ítaca.
En los ojos de los paseantes arde su fuego,
sus pasos rápidos delatan el exilio.

Aún sin moverte, como estos árboles
hoy o mañana llegarás a Ítaca.

Está escrito en la palma de tu mano
como una raya que se ahonda,
día tras día.

Aunque te duermas, despertarás en Ítaca;
la lluvia de este valle, todo lo arrastra
despacio, hasta sus puertas.

No tiene otro declive.
Ya puedes anunciarnos tu llegada, buscar hotel,
dar al olvido tu destierro.

Por esta calle no ha cruzado un hombre,
que al fin, no alcance su paisaje.
Prepara el corazón para el arribo,
una vez en su reino, muestra tu magia.
será el reto supremo del exilio.

A ese mar no se miente. La furia de sus olas
todo lo hace naufragio. Pero no te amilanes.
Demuéstranos que siempre fuiste Ulises.
 
(Alfabeto del mundo, 1986)

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