Los inicios de Julio Cortázar en la literatura fueron poéticos. Su primer libro, publicado en 1938 bajo el pseudónimo de Julio Denis, se llamó Presencias y contenía unos sonetos “muy mallarmeanos”, como él mismo los calificó más adelante. Uno de sus primeros ensayos —sino el primero— publicado en 1941, también firmado por Julio Denis, lo dedicó a Arthur Rimbaud. En los años que pasó en Mendoza, Argentina, enseñando literatura francesa en la universidad, a mediados de los años 40, sus ocupaciones y preocupaciones giraban alrededor de los versos. En 1946 publicó en su ensayo La urna griega en la poesía de John Keats, que luego se expandiría hasta cobrar la forma del libro que solo se publicó en 1996 como Imagen de John Keats. En 1949, todavía insistiría en la poesía —esta vez dramática— con el enigmático Los Reyes. Los poemas que se publican en esta página, muy poco conocidos o desconocidos, fueron escritos en Mendoza entre 1944 y 1945. Estaba a punto de dejar de ser Julio Denis y comenzar a ser Julio Cortázar.
Caja fuerte
La llave de mi vida la guarda alguna mano.
La llave de la mano tiene por dueño el tiempo.
De la llave del tiempo se ocupan las mareas,
y en el fondo del mar, rodeada de medusas,
una llave sin nombre protege las mareas
y el riente esqueleto que antaño era mi vida.
Enajenada vida
¡Qué pocamente vives, alma!
Solo por un cabello que bajo el sol sonríe,
o desde los arroyos por un furtivo paso —
de sustancias ajenas se completa tu reino.
Juntas tienes las manos
centinelas del hueco que en su interior espera,
paloma de humo para las flechas de la luna,
enamorado encuentro de un caballito de aire
—sus rizos o sus cejas—
o solamente el verso que mis arañas tejen
a manera de olvido.
Qué pocamente vives, alma,
pues que vives sin ti y enajenada,
sin que de tantas fugas por sus cielos negados
me traigas una voz, una postal, un trébol.
Blues de la media vuelta
Andaba —¿quién me vio?—
por las retamas, las perdidas fiestas,
con un lebrel de olvido por los flancos
y tú perpetuamente.
Yo no tengo la culpa
de que en las calles no me saludaran,
que me reconocieran solamente
los ciegos, las ancianas, los buzones.
¿Acaso no buscábamos
una idéntica cifra, unas canciones
de niebla, y esos pájaros salados
que a tu piano acudían por la tarde
y eran como tu llanto, sí, tu llanto?
Andaba —¿quién me oyó?—
por las perdidas fiestas, los parterres,
y el lebrel. Hasta un punto de retorno,
seguir y perseguir; estuve
pronto de vuelta.
Plaza
Abanico esmeralda y apenas aire
de siesta, de remanso calino como un seno.
Se recobra en los bancos un frescor olvidado
un pájaro ya solo, una acequia menuda
paseando su plateada cintura por las piedras sedientas.
El celoso
Une rose d’automne est plus
qu’une autre exquise…
Agrippa d’Aubigné
Cuando me acuesto contigo
¿me dirás con quién te acuestas?
¿A quién estarás besando
con la boca que me besa,
en qué almohada sigilosa
se desanudan tus trenzas?
Reconstrucción recíproca
Cuando sumando pequeños números infatigables
ves levantarse del papel planisferios azules,
o por túneles de rosa, por bebidas frías y deseadas
transitas con tus dedos en donde está la gracia,
allí me gustas, allí te encuentro, es necesario allí que me enhieste y te cante
la verdadera cifra de tu nombre que ignoras.
Porque, ¿qué noche, qué almanaque, qué acordado extravío
configuraron algo que tú viste y nombras
y llevas por las calles y duermes en los lechos
y crees ser tú y alabas?
Oh, déjame derruir
pacientemente el día de tantos estandartes,
echar abajo el cielo de tus falsas estrellas,
máquina minuciosa con lápices que escriben otra cosa,
libros de caja donde alguien altera los resúmenes.
Ya estoy más cerca, sé
que nos encontraremos libres, solamente nosotros,
pues quizá tú también echas abajo un río,
un halcón, una cítara, barricada agudísima que me oculta de tu alma.
Nos hallaremos, sí, ¡oh amor que no conozco!
(Tal vez cruzando el uno la figura del otro
nos iremos, lejanos, sin encuentro ni júbilo;
tan ciertos, tan nosotros, ya tan sin conocernos.)
Novela en estío
La vi brotar de las columnas y ascender por las lajas
festejada por su vestido claro, por la mañana y los rosales,
así como del águila cerniéndose parece nacer y recrearse el cielo,
así como en todo navío encuentra su centro el océano.
¡Oh tú, que tenías en mí tu más secreto nombre y tu resumen!
Está el jardín, y entre las lajas
la gramilla ejercita sus pequeñas tijeras contra el viento.
Yo te busco de noche solamente,
cuando el engaño de las sombras consuela con pretextos de retama tu fragancia ausente.






