Cuando, en 1921, se realiza esta entrevista a Hirohito, este aún no era emperador, pero el deterioro mental de su padre lo había convertido en príncipe regente. Desde muy temprana edad estaba determinado que el joven delfín debería tomar las riendas del país cuanto antes. Es por eso que el veinteañero que entrevista Isaac Marcosson ya tiene sobre sus hombros la responsabilidad de guiar a una nación y ha incorporado el papel que se le exige.
Hirohito se había mostrado aperturista al transformarse en el primer príncipe japonés en viajar fuera de su país, realizando una larga gira por Europa. Pero eso era solo un gesto. El futuro soberano había pasado su vida guiado por un estricto código de comportamiento (bushido) que aprendió desde que fue separado de sus padres, en la niñez, para recibir la educación digna de un emperador. Lo más parecido a un padre que tuvo fue el general Nogi Maresuke, que era su tutor pero que se terminó suicidando cuando el abuelo de Hirohito murió, acompañando la tradición samurái de seguir la misma suerte que su señor.
Si el encuentro entre Marcosson y el monarca es analizado desde un punto de vista estrictamente periodístico, se podría considerar esta entrevista como un gran fracaso porque el entrevistado interroga más que el periodista y cuando le toca contestar a Hirohito, la única pregunta formulada no llega a destino. Sin embargo, si vemos el tema en perspectiva, la reunión fue toda una proeza porque desde un punto de vista japonés este inquieto periodista estadounidense logró entrevistar a una divinidad.
Para cualquier japonés de entonces, el emperador era descendiente directo de la diosa del Sol, Amaterasu, y la religión que profesaba, el sintoísmo, era funcional a la idea de lealtad y obediencia total al soberano. Por lo tanto, la vida de Japón como nación giraba en torno al emperador quien, en pleno siglo XX, era el último dios viviente sobre la Tierra.
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