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Poco se lo imaginaba Gutenberg

Gracias a las redes sociales, principalmente Twitter, nunca se ha escrito tanto como hoy. Sin embargo, conviene usar bien el lenguaje en aras del español y la profesionalidad de quienes lo suscriben.

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Por Miguel Á. Bastenier es editorialista de El País de Madrid
/ febrero 8, 2016
en Animal Político

El que sería primer impresor de todos los tiempos, un alemán llamado Johannes Gutenberg, que vivió en la segunda mitad del siglo XV, no podía saber que la principal derivación de su invento, la escritura mecánica, habría de alcanzar su máxima expresión a comienzos del siglo XXI, gracias a algo que llamamos redes sociales y, quizá, principalmente Twitter; porque nunca se ha escrito en toda la historia tanto como hoy. Es el apogeo de Gutenberg.

¿Dónde ha quedado el correo postal? Sustituido por el e-mail para comunicaciones igualmente reposadas, pero de mucha mayor comodidad, y en gran parte por el tuit, instantáneamente comunicado y expuesto a la curiosidad universal. Podemos discutir, como se ha hecho ya en esta serie de artículos, en qué medida Twitter inaugura algún tipo de periodismo, pero lo seguro es que pone a todo el mundo en comunicación con todo el mundo, a la velocidad de un chasquido. Pero, ¿cómo se escribe? ¿Sentimos la vergüenza de salir a escena con harapos o decentemente ataviados?

El nobel mexicano Octavio Paz decía: “La corrupción del lenguaje es la corrupción de la realidad”. Lo que describimos mal queda ahí para los restos y perjudica la imagen de la realidad toda. Y Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes y antiguo director de la Real Academia, abunda en lo concerniente a los hispanohablantes acusándonos de hablar “un español zarrapastroso” (El País, 04-12-2012); de forma indigente, omisa, indiferente a la potencia y sabiduría de nuestra lengua.

Y cuando el académico decía que “se habla”, se refería por elevación a esa forma tan próxima a la oralidad que es el tuit; apenas una transcripción apresurada de nuestros pensamientos, porque, puede que en parte por el anonimato en el que cabe refugiarse en esta red social, lo que difícilmente consignaríamos en el manuscrito o en el e-mail encuentra acomodo en Twitter, sin excluir el exabrupto, el disparate lingüístico, el caos de puntuación o su más completa ausencia.

No nos importa, en muchos casos nos sentimos como quien habla acodado en la barra del bar, en lugar de estar mandando un mensaje, con la seriedad que antiguamente habría requerido lo escrito. Por eso, rechazo, pero que cada uno haga de su capa un sayo, que se introduzcan fórmulas de abreviatura —supresión de signos ortográficos, escritura fonética y tantos otros recursos— para decir lo más posible —y peor— con el menor número de caracteres. Y aquí sí que entramos en el terreno de lo periodístico, con el calentamiento en 140 caracteres que supone el tuit, lo que exige claridad de ideas, precisión, pero también corrección gramatical, para que sirva de algo en la práctica de la información profesionalizada.

Pero es que hay algo más y de suma importancia que se desprende de los tuits que botamos al éter: nuestra propia imagen. Como escribe Álex Grijelmo (El País, 20-01-2016), esos esbozos de idea, apuntaciones o hasta rebotes del subconsciente “constituyen un escaparate que exhibe a la vista de cualquiera la ortografía de una persona, su léxico, su capacidad para estructurar el pensamiento”.

Y en muchos casos, siempre como dijo Grijelmo, con el riesgo de caer en “un escándalo silencioso”.
Somos lo que escribimos, aún más que lo que hablamos.

Y si no que se lo digan a un concejal, elegido para el Ayuntamiento de Madrid, al que se le ocurrió hacer una desafortunada broma en Twitter sobre el Holocausto, aunque probablemente no implicara el desliz ningún sentimiento profundo ni determinante sobre el caso. Y también revela el tuit, y yo mismo puedo ser tan culpable como cualquiera, una necesidad muy hispánica de corregir, desde el pináculo de la verdad revelada, de enmendar la plana al prójimo. En mi descargo diré que mis correcciones son solo lingüísticas o periodísticas y jamás formuladas directamente a personas o instituciones.

Por todo lo anterior, una estadística concienzuda de lo que los españoles e hispanohablantes, en general, mandamos a navegar en las redes, nos diría seguramente muchísimo sobre quiénes creemos que somos y lo que nos falta para conseguirlo. Y el diagnóstico no sería necesariamente halagüeño.

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