En 1936, la violencia política se había instalado en España como producto del cada vez más enconado duelo entre los partidos de izquierda (que estaban en el poder tras ser elegidos democráticamente) y la derecha (que había perdido las elecciones por estrecho margen). El encuentro entre Malcolm Muggeridge (1903-1990) y Coco Chanel (1883-1971) se asemeja más a una pelea de boxeo, que a una entrevista. Y aunque el cuadrilátero parece delimitado por la buena educación, no faltan los virulentos intercambios de golpes verbales.
En una esquina se encontraba Muggeridge, un afilado periodista británico que por circunstancias de la guerra se había convertido en espía. En el rincón opuesto estaba Coco Chanel, la campeona de la moda femenina, un símbolo de Francia que durante la Segunda Guerra Mundial había estado íntimamente ligada a la ocupación nazi. Esta entrevista, que estuvo oculta hasta 1976, se realiza pocos días después de que las Fuerzas Francesas del Interior, a las órdenes del libertador Charles de Gaulle, hubieran arrestado a Chanel bajo sospecha de colaboracionismo. Cuando su nombre estaba a punto de engrosar la lista de más de 100.000 franceses que fueron a juicio por colaboracionistas, fue liberada por intervención directa del primer ministro británico, Winston Churchill, un viejo amigo de Coco.
Muggeridge manejaba información de primera mano sobre Chanel, lo cual se hará evidente en la puntería con la que formula sus preguntas. Pero, además, él había trabajado junto a De Gaulle, a quien estimaba incluso más que al propio Churchill. Chanel no ocultaba su desagrado hacia la resistencia por la campaña de venganza que los libertadores habían iniciado contra quienes consideraban colaboradores de los alemanes durante la ocupación de Francia. Se sentía acorralada, pero era una sobreviviente y estaba decidida a defender con uñas y dientes ese prestigio que tanto le había costado conquistar.
Tenía práctica en eso de pelearse con la adversidad. Había vivido su infancia sumida en la pobreza, con una madre soltera que murió cuando ella tenía 12 años, momento en el que su padre biológico decidió internarla durante seis años en un convento. En ese mismo convento aprendería a dominar el arma que la alejaría de la miseria: la costura. Cuando abandonó a las religiosas, trabajó en una mercería, tarea que complementaba con actuaciones en un cabaret en el que interpretaba canciones como Ko ko ri ko y Qui qu’a vu Coco?, de donde se afirma que salió su apodo, la Petite Coco. Su diminuta estatura y su cuerpo menudo eran el camuflaje perfecto para ocultar el fuerte carácter. Coco no perdía oportunidades y fue en el cabaret donde conoció a un rico exoficial que la tomó como amante y la sacó de los bajos fondos para llevarla adonde Chanel sentía que pertenecía: la alta sociedad, los partidos de polo, los castillos y el champagne. Luego cambió de brazos, se marchó con un amigo de su amante, Arthur Capel (apodado Boy) y éste fue no solo el amor de su vida, sino también quien financió sus primeras tiendas.
Haber vivido en el hotel Ritz junto a la oficialidad alemana durante la ocupación, su cercanía a espías invasores y su amante alemán era más de lo que la dolida Francia podía aceptar. Durante la entrevista, Chanel fue hábil en sus respuestas, diestra al intentar manipular al entrevistador y elusiva cuando estuvo acorralada, pero se sabía condenada. Por eso, poco después se marchó de París para cumplir un largo exilio de 10 años en Suiza.
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