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La centralidad perdida

La racionalidad de quienes apoyaron a Evo en 2014 y que le rechazaron su reelección no es necesariamente contradictoria. Premiaron primero a una gestión vista como progresista y equilibrada, pero luego entendieron que eso no implicaba darle una carta blanca al Presidente para que se perennice en el poder.

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Por Armando Ortuño Yáñez
/ marzo 28, 2016
en Animal Político

El referéndum constitucional es el epílogo de una larga maratón electoral de cuatro grandes comicios que empezó a mediados de 2014 y que ha reconfigurado en profundidad el panorama político boliviano. A esos cuatro eventos acudieron, más o menos, los mismos electores, sin embargo, el voto de un gran porcentaje de estos ciudadanos ha escapado a la dicotomía simplista entre “masismo” y “oposición” que se impone en el debate mediático. Como la costumbre es analizar un suceso olvidando el contexto y la historia, incluso reciente, se tiende a construir narrativas en las que las decisiones de los electores aparecen únicamente influidas por hechos coyunturales, fatalidades o giros sorpresivos del destino.

Esto no quiere decir que las campañas y los contextos particulares de cada evento no importen, son de hecho cruciales, sino que su eficacia depende de si se inscriben y son coherentes con matrices de comportamiento político más estables. Identificarlas nos podría ayudar a darle sentido a la secuencia, a veces ilegible o incluso contradictoria, de los varios resultados electorales del último año. Muchas veces, los propios actores políticos se equivocan y malentienden los procesos que están a la base de sus éxitos y derrotas, de manera que basan sus futuras decisiones en premisas falsas.

Mi hipótesis es que la derrota del Sí el 21 de febrero se debió en gran medida al error estratégico del oficialismo de (mal) entender el 62% de octubre de 2014 como un bloque político homogéneo y alineado sin matices a todo lo que el masismo pueda proponerles. Al contrario, sostengo que detrás de ese voto siempre estuvo un conjunto diverso de electores que abarca desde sensibilidades izquierdistas hasta orientaciones más bien centristas, articuladas en torno a un discurso nacional-popular y de justicia social, y un estilo plebeyo de hacer política; elementos que, pese a todo, le siguen haciendo sentido a una mayoría significativa de los bolivianos.

Desde su primer gran resultado electoral en 2002, los desempeños electorales del MAS se explican por la consolidación de una gran coalición policlasista de votantes rurales, articulados por sindicatos y organizaciones comunitarias, y de electores populares y de clase media urbanos, algunos que participan en movimientos sociales y los más con comportamientos políticos individualistas. Desde el inicio, el componente urbano del voto masista fue determinante para obtener sus contundentes mayorías. Esta coalición se fue ampliando a lo largo del decenio, pero también se fue recomponiendo al ritmo de los cambios en la sociedad y sobre todo de la capacidad del oficialismo para ampliar su discurso a una gama cada vez más diversa de actores sociales.

Este ensamble se pudo asegurar mediante un lento reequilibrio del discurso y de la acción del MAS que se plasmó en resultados concretos como la estabilización política y el crecimiento económico, y que desembocó naturalmente en una campaña optimista, integradora y poco polarizadora en 2014. El oficialismo capturó al centro y se puso a la vanguardia de las aspiraciones de movilidad social de los estratos medios.

Pero esta gran coalición electoral no era inmutable, dependía de la capacidad del oficialismo de sostener un discurso que mantenga su cohesión y de dar señales de que los intereses, visiones de mundo y expectativas de todos sus componentes eran tomados en cuenta. Proceso, hay que decirlo, nada fácil o evidente.

Muy pronto, los componentes más centristas de la coalición mostraron su volatilidad, no por algún carácter egoísta o malagradecido, sino por pura racionalidad política y coherencia con sus convicciones: votando por candidatos opositores en municipios y gobernaciones si éstos parecían más efectivos y cercanos a sus intereses, y unos meses después diciendo un primer No ante la pregunta sobre los estatutos autonómicos, que no entendían o para la que no contaban con elementos para pronunciarse.

Desde mediados de 2015, las encuestas mostraban que la idea de la reelección no era comprendida por una parte significativa de este mundo centrista, por razones valóricas o porque entendían que era deseable una renovación más allá del desempeño actual del gobierno o del aprecio que tenían por el Presidente. Frente a esas resistencias, la campaña oficialista intentó reutilizar los argumentos de 2014 en el mejor de los casos y en el peor cayó en la polarización. Pero en ningún momento intentó responder a las inquietudes ideológicas y valóricas que se crearon en torno a la idea de la reelección.

La racionalidad de estos votantes que apoyaron a Evo en 2014 y que le rechazaron su reelección no es necesariamente contradictoria. En ambos casos es quizás una apuesta por un sentido de estabilidad y equilibrio político, por esa razón premiaron primero a una gestión vista como progresista y equilibrada, sancionaron las incoherencias de una oposición sin alternativas viables y constructivas, pero luego entendieron que eso no implicaba darle una carta blanca al Presidente para que se perennice en el poder. Ésa no fue una decisión fácil para muchas de estas personas, de ahí que dudaron hasta el último minuto, todas las encuestas preelectorales mostraron esos sentimientos encontrados.

La pérdida de esa centralidad política fue nefasta para las posibilidades de ganar del Sí. Incluso antes del “caso Zapata”, las proyecciones del resultado del referéndum indicaban que en el mejor de los casos esa opción podría imponerse por unos pocos puntos por encima del No, es decir, muy lejos de su desempeño de los comicios presidenciales de 2009 y 2014. Es por tanto muy dudoso atribuirle la derrota del oficialismo al zafarrancho mediático de las últimas tres semanas antes del 21F y soslayar la cuestión de fondo sobre la incapacidad del MAS de entender y dialogar con estos segmentos sociales e individuos que no se dejan encasillar en la polarización.

¿Es posible pensar en una estrategia política de repolarización o de retorno a los orígenes del MAS? Siempre es una opción, pero implicaría renunciar a mantener la centralidad en el juego político y por tanto contentarse con ser una de las minorías del país, quizás la más numerosa, pero minoría al fin. Aún más, dejar de reflexionar acerca de las interpelaciones de estos votantes le podría impedir (re) conectarse con los estratégicos mundos urbanos metropolitanos donde este tipo de percepciones son particularmente intensas. A corto plazo puede funcionar como lógica de sobrevivencia, pero a mediano plazo puede condenar al oficialismo a una lenta pero continua decadencia.

Es necesario también resaltar que estos electores centristas no son homogéneos, ni social ni étnicamente. Convergen en ciertos deseos y expectativas, pero difieren en muchas otras cosas; de hecho sabemos muy poco de ellos, sería pues un error encasillarlos en cierta caricatura que los asimila a las “clases medias” tradicionales, lo conforman individuos que son hijos de las transformaciones de la última década y que expresan multitud de experiencias individuales y colectivas de lucha por un mejor destino y ambición por un país más justo, libre y con oportunidades.

en tendencia: centralidadpérdida

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