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Historia de dos partidos

La cúpula republicana fue derrocada con facilidad porque ya estaba hueca por dentro

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Por Paul Krugman
/ julio 10, 2016
en Voces

Recuerdan lo que pasó cuando cayó el muro de Berlín? Hasta ese momento nadie era consciente de lo decadente que se había vuelto el comunismo. Tenía tanques, pistolas y armas nucleares, pero ya nadie creía de verdad en su ideología; sus funcionarios y supervisores eran meros arribistas, y se vinieron abajo al primer sobresalto. Me parece que tenemos que ver del mismo modo lo que le ha pasado al Partido Republicano durante este ciclo electoral.

La cúpula republicana ha sido derrocada con facilidad porque ya estaba hueca por dentro. Las burlas de Donald Trump acerca del Jeb Bush “de bajo consumo” y del “pequeño Marco” Rubio han funcionado porque contenían una gran parte de verdad. Cuando Bush y Rubio repetían diligentemente los tópicos conservadores de rigor, se notaba que no había ninguna convicción en sus recitados. Solo hicieron falta los soplidos de un showman gritón para echar abajo sus casas.

Sin embargo, Trump está descubriendo que el sistema demócrata es diferente. Tal como están comprobando ahora algunos politólogos, los dos grandes partidos de Estados Unidos no son simétricos en absoluto. El Partido Republicano es —o era hasta que llegó Trump— una estructura jerárquica vertical que obligaba a seguir una línea política ideológicamente pura. Los demócratas, en cambio, son una “coalición de grupos sociales”, desde sindicatos de profesores hasta la asociación proplanificación familiar Planned Parenthood, que trata de obtener beneficios concretos de las acciones del Gobierno. Esta diversidad de intereses a veces merma la eficacia de los demócratas: la antigua broma de Will Rogers, “no pertenezco a ningún partido político organizado; soy demócrata”, sigue siendo válida. Pero también significa que la cúpula demócrata, tal como es, es capaz de encajar golpes como el de Trump.

Pero un momento: ¿no se ha enfrentado Hillary Clinton a su propia rebelión encarnada en Bernie Sanders, al que se ha impuesto a duras penas? La verdad es que no. Para empezar, no han estado tan igualados. Clinton obtuvo una diferencia en el número de delegados comprometidos que casi cuadruplicaba la de Barack Obama en 2008; se ha hecho con el voto popular con un porcentaje de dos dígitos. Y tampoco ha ganado por enterrar a su rival a base de dinero.

De hecho, Sanders la ha superado en gasto en todo momento, y desembolsó el doble que ella en anuncios en Nueva York, donde Clinton venció por 16 puntos porcentuales. Además, Clinton se ha enfrentado a una inmensa y extraña hostilidad por parte de los medios informativos. Hace dos semanas, el Centro Shorenstein de Harvard publicó un informe sobre el tratamiento mediático de los candidatos en 2015, que pone de manifiesto que Clinton fue objeto de la cobertura informativa más desfavorable, con gran diferencia.

Incluso cuando la información se centraba en asuntos concretos y no en supuestos escándalos, el 84% de la información sobre Clinton era negativa (el doble que en el caso de Trump). Como señala el informe, “la cobertura negativa sobre Clinton podría equivaler a millones de dólares en anuncios con ataques dirigidos contra ella”. Y sin embargo ha ganado, con bastante facilidad, porque ha contado con el respaldo sólido de elementos clave de la coalición demócrata, especialmente de los votantes que no son blancos.

¿Pero mantendrá el partido esta resistencia durante las elecciones generales? Los primeros indicios apuntan a que sí. Trump se le acercó brevemente cuando se hizo con la candidatura republicana, pero desde entonces ha estado cayendo. Y ello a pesar de la negativa de Sanders a aceptar o respaldar a la supuesta candidata, y de que algunos de sus defensores acérrimos siguen diciéndoles a los encuestadores que no la apoyarán.

Mientras tanto, Trump está inquieto. Ha probado todas las tácticas que le funcionaron durante la competición republicana (insultos, apodos socarrones, fanfarronadas), pero ninguna da resultado. La creencia generalizada era que un atentado terrorista le ayudaría, pero, en vez de eso, la atrocidad de Orlando parece haberle perjudicado: la respuesta de Clinton daba una imagen presidencial, la suya, no. Y, lo que es todavía peor desde su punto de vista, los demócratas están aunando esfuerzos (la propia Clinton, Elizabeth Warren, el presidente Obama y otros) para lograr que el gran ridiculizador parezca ridículo (cosa que es). Y da la impresión de que funciona.

¿Por qué Clinton resiste tan bien frente a Trump, mientras que a los favoritos del Partido Republicano les ha ido tan mal? En parte se debe a que el conjunto de Estados Unidos, a diferencia de las bases republicanas, no está dominado por hombres blancos iracundos; y en parte a que, como habrá constatado cualquiera que viese la comparecencia sobre Bengasi, la propia Clinton es mucho más fuerte que cualquiera de los del otro bando.

No obstante, yo diría que un factor importante es que el sistema demócrata en general es bastante sólido. No digo que sus miembros sean unos santos, cosa que no son. No cabe duda de que algunos en particular son unos corruptos. Pero los diversos grupos que componen la coalición del partido creen de verdad en sus posturas y les dan importancia (no se limitan a repetir lo que los hermanos Koch les pagan por decir).

Así que no presten atención a nadie que afirme que el trumpismo es un reflejo de los poderes mágicos del candidato o de un aumento significativo en los dos partidos del odio hacia el sistema. Lo que funcionó en las primarias no funcionará en las elecciones generales, porque solo uno de los grandes partidos ya estaba muerto por dentro.

Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2016 The New York Times. Traducción de News Clips.

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