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Esta columna es un fracaso

En la copia no hay entusiasmo, y sin entusiasmo es imposible escribir un buen libro.

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Por Ricardo Bajo Herreras
/ diciembre 21, 2016
en Voces

El oficio de escritor es apasionante: la constante posibilidad de fracasar siempre está. Y el peor fracaso es copiar. En la copia no hay entusiasmo, y sin entusiasmo es imposible escribir un buen libro. Lino Martínez y la espalda de Dios (Plural editores, agosto de 2016) de Solange Behoteguy (colega y amiga) es una gran decepción, después de la prometedora La lluvia de los martes (2013). Fracasa otra vez, Solange. El fracaso da autoridad, nada más. Narrar es transmitir una emoción, dice aún Piglia. Una emoción personal de las historias que uno ha vivido o conocido intensamente y apenas. La historia sobre el vuelo 980 de Eastern Airlines (un Boeing 727-200), que cubría la ruta Asunción-Miami con escala en La Paz en enero de 1985 no transmite nada (más). El avión se estrella contra el Illimani, al bajar bruscamente de altitud, tratando de evitar el mal clima. Todos los 19 pasajeros (paraguayos, coreanos, argentinos y norteamericanos) y 10 tripulantes (la mayoría chilenos) fallecen. Pero no pasa nada más.

Behoteguy ha mejorado el error que atormentaba a la tejana maestra del suspense Patricia Highsmith: forzar la credulidad del lector. No hay derecho; están los ojos, el bigote y las insatisfacciones del comisario Lino, y de pronto se aparecen un avión, el Illimani, una mujer (sexy por cierto), un accidente, tres décadas, gringos, cuernos, azafatas, otra mujer (amiga de la sexy), Santa Cruz, supina ignorancia en geografía, la DEA, sífilis, una tercera mujer (más vieja que las sexys), Cohoni (que es Cohani), un accidente y una rasuradora.

Entre los personajes también se encuentran la esposa del embajador gringo en Paraguay, Marian Davis; el jefe del nefasto Cuerpo de Paz, William Kelley; y una familia muy conocida de Asunción, los Matalón. Hace un año, en junio de 2015, fueron hallados, gracias al deshielo, restos humanos y la caja negra del avión. Sabido es que la realidad es mala narradora. ¿Dónde están los personajes complejos con mundo propio? ¿Dónde quedó el orden, el ritmo y la verosimilitud? ¿Por qué Behoteguy le dice “monte” al Illimani?

En una autocrítica no solicitada, Highsmith dice del que considera su único libro realmente aburrido (Un juego para los vivos): “Omití ciertos elementos que para mí son vitales: la sorpresa, la velocidad de la acción, el forzar la credulidad del lector y, sobre todo, la intimidad con el propio asesino”. Esas —y otras de ya-pa— son precisamente las omisiones en las que incurre Solange Behoteguy. Esas, las que conducen al fracaso.

Es evidente la intención de copiar, de calcar la alargada sombra del gran Philip Marlowe, pero este señor Martínez no llega obviamente ni a las pantorrillas de aquél. El comisario Lino carece de substancia, es frívolo, falso, vacío. ¿Qué problemas tiene nuestra literatura a la hora de parir buena novela negra y policías-investigadores creíbles? ¿Falta calle o talento? Sin alcanzar la talla de juguete de los acontecimientos (lo que en el fondo es misión de todo personaje que se precie de tal) llega apenas a ser tramitador del destino, lo que no es digno para ningún comisario. Highsmith se reprochaba de haber perdido la intimidad con el propio asesino; Behoteguy hizo eso y peor: perdió la intimidad con su propio héroe.

Ello, no obstante, no opaca algunas luces. Descripciones logradas, narraciones medidas y un correcto manejo de diálogos, fundamental para el género, salvan algunas páginas (de las escasas 80). Del humor me abstengo de hablar porque no comparto este tan personal séptimo sentido con la autora. O sea, no me hace ni pizca de gracia sus chistes opas.

En fin, una mala racha la tiene cualquiera, hasta los goleadores más afamados. El fracaso es nuestro derecho, nuestro uso y costumbre. ¿Resucitará a la tercera el querido comisario Lino Martínez? Fracasa otra vez, Solange, fracasa mejor. Esta columna también es un fracaso, ha tenido versiones más felices. Yo fracaso peor.

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