Achacachi deambulaba en un conflicto desde febrero sin posibilidades de solución hasta que apareció Felipe Quispe, el Mallku, aquel viejo dirigente campesino que de su incidencia en el poder político y sindical de los 2000 no tiene ahora nada más que su soberbia y una inventiva que dos semanas después no tuvo grandes repercusiones.
En contra la gestión del alcalde Édgar Ramos, acusado de corrupción e ineficiente gestión, la dirigencia cívica comenzó las movilizaciones en febrero cuyas protestas se caracterizaron por el vandalismo: casas y vehículos quemados, saqueos y vecinos correteados. El recuento de daños: el dirigente Esnor Condori y dos profesores detenidos de forma preventiva en la cárcel de San Pedro de La Paz, la institucionalidad local paralizada, el Alcalde fuera de la sede de sus funciones y un conflicto en La Paz.
Mujeres, hombres, ancianos y niños tomaron por varios días La Paz, con poca atención de los medios de información y, peor, ante la indiferencia del Gobierno, a cuyo partido, el Movimiento Al Socialismo (MAS), pertenece el Alcalde en cuestión.
A la sombra, el Mallku. Casi invisibilizado días antes, el viejo líder de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) apareció de forma intempestiva ante los medios, con la amenaza de que Achacachi se iba a levantar contra el Gobierno, al que acusó de socapar la gestión de Ramos. Fue presentado como el interlocutor del conflicto, que con su nombre logró fuerza.
La reacción del Gobierno no se dejó esperar. El primero en descalificar a Quispe fue el viceministro Alfredo Rada, quien consideró que éste es un “político fracasado”. El Mallku replicó que “Rada es un descendiente español, era un pobre muchacho”.
Envalentonado, Quispe ya había anunciado sus “planes”, como los que conocimos en las protestas que terminaron con la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003. Esta vez les puso los nombres de Evo Morales, de Álvaro García, de la esposa de éste, Claudia Fernández, e incluso de Gabriela Zapata.
Inventiva, sí; pero ironía. ¿Y qué consejos, creen, que Zapata pudiera darles a las mujeres que reclamaban por ella? Aunque se ofreció al diálogo, ¿qué tiene que ver la esposa del Vicepresidente con el conflicto?
Más la escasa incidencia de Quispe, los planes no tuvieron efecto, y, por sus nombres, desnaturalizaron la movilización. Además, un conflicto local tiene otras vías de solución, no las que incomodan o interfieren a otros municipios aledaños.
El Mallku no es el mismo de 2003: no tiene una estructura orgánica que lo sustente, tiene un respaldo nostálgico de unos cuantos y su confrontación personal con Morales ya no encandila ni causa repercusiones; al Presidente parece serle indiferente su aparición pública. Es decir, Quispe no resulta ser un obstáculo político y su proyección no es preocupante para el poder.
Lo que es peor, por su irreverencia y hasta falta de respeto no solamente con sus detractores, a Quispe no le acompaña el carácter. Pudo decantarlo otrora el haberle dicho a Amalia Pando que sus luchas buscaban que su hija no sea su sirvienta, pero ahora su confrontación permanente con los periodistas no le hace bien. Ya tuvo incidentes con periodistas de La Razón y otros medios de información.
La movilización de Achacachi amenazaba con cercar La Paz el miércoles de la semana pasada. Seguramente persistirá en su intento de afectar al Gobierno, pero no aparenta una amenaza como para ponerle en serios aprietos. Está el Mallku.






