Están por terminar las eliminatorias para Rusia 2018 y una vez más Bolivia se despide de la competición con las manos vacías. En realidad lo hizo hace rato. Y con éste van seis premundiales con la misma cantaleta: si no somos últimos, raspamos.
Para darnos cuenta de la realidad en que vive nuestro fútbol, ni siquiera tiene nivel como para pelear hasta lo último, como ocurre con otras selecciones que hoy se están “matando” por los cupos que quedan. A la nuestra la “borran” mucho antes y entonces cada vez hay que lidiar ya sea con que “matemáticamente” aún tenemos chance o con el supuesto inicio de “un nuevo proceso”, que no es otra cosa que tratar de tapar el fracaso, de paso regenerando la ilusión de estar en el próximo Mundial.
Hoy todavía celebramos cada año —hasta el hastío— la clasificación lograda en 1993, las imágenes y las fotos de entonces ya no dan, están recontra gastadas; y no es para menos, han pasado 24 años. Pero todavía no nos damos cuenta de que fue una golondrina que no hace verano que aún nos tiene enceguecidos, mientras nuestro fútbol, lejos de renovarse para bien, se muere ni siquiera en el intento cada que regresa una eliminatoria.
Qatar 2022 va a ser nuestro próximo suplicio si de verdad no cambian las cosas. Si nos ponemos la mano en el pecho nos daremos cuenta de que siempre terminamos mal o peor, no mejor, y así va a ser de nuevo dentro de cuatro años si continuamos creyendo que podemos hacer algo, pero en realidad no hacemos nada.
En la próxima eliminatoria habrá más cupos por la decisión de la FIFA de ampliar el número de finalistas, entonces ya escuché decir que si para esa cita no nos clasificamos somos de verdad muy malos, como si hoy no lo fuéramos. Y es que, como van las cosas, de qué nos sirve que vaya incluso el sexto (o el séptimo o el octavo) si siempre somos novenos o décimos. Así que hay que comenzar por ahí, por pelear un poquito más arriba y quizás en 2026 estemos cerca.
(*) Ramiro Siles es editor de Marcas






