Con mucho cuidado elige las hierbas que va a utilizar, como si de ello dependiera el descubrimiento de la piedra filosofal. Su laboratorio está lleno de envases con plantas de diversas formas y colores, tal vez como el que tenía José Arcadio Buendía para encontrar la fórmula que convertía el metal en oro o plata.
Mateo Mercado (29) se diferencia del personaje de Cien años de soledad porque ha hallado una fórmula que hace felices a las personas, para lo que solo necesita un buen cóctel. Esta sabiduría es herencia de su padre, quien también se dedicó a la preparación de tragos como una manera de vida para mantener a su familia.
Como estudiante de la carrera de Artes Plásticas, Mateo pagaba sus estudios con el oficio que le fue heredado y que después de un tiempo se convirtió en una pasión que de a poco se apoderó de su ser, lo que le llevó a trabajar en bares y obtener incluso una beca para estudiar coctelería en La Habana (Cuba). “Después ha sido pura pasión e investigación”, comenta este alquimista vestido con una camisa blanca floreada, cabello largo y barba, además de lucir piercing en los lóbulos de las orejas.
Sus lentes amplios y de tono amarillento le muestran como un científico, quien observa con detenimiento qué elementos va a utilizar. Elige un sacha culantro, una pequeña planta aromática, con la que empieza a hacer uno de sus brebajes.
“Para hacer un trago basta con ver a la persona, hacerle un par de preguntas amenas e indagar qué puede gustarle”, afirma después de agitar el cóctel antes de servirlo a los visitantes.
Asegura que ver la satisfacción de un cliente después de que hubo tomado una de sus preparaciones equivale a meter un gol inolvidable de campeonato.
Esas facultades han permitido que Mateo sea embajador de marca de ginebra La República, encargado no solo de socializar con el público, sino también indagar para desarrollar fórmulas que se conviertan en sabores que agraden.
“Hay gente que se acerca y no sabe a qué nos dedicamos, no saben qué hay detrás de todo esto, cuál es la historia ni a qué apuntamos como empresa”. Él mismo responde cuando dice que sus amigos le han bautizado el “animador de la fe”, ya que consigue, de alguna manera, que la bebida espirituosa se transforme en una experiencia única, que ni José Arcadio Buendía hubiera descubierto en el mágico Macondo.






