Los nexos entre el narcotráfico y el fútbol no es novedad. Quizás, el referente más paradigmático fue el colombiano Pablo Escóbar, El Patrón del Mal, así se lo conocía por su vinculación con el negocio ilícito de las drogas que encontró en el fútbol un mecanismo no solo para lavar su dinero mal habido, sino para su legitimación social mediante su conversión en benefactor de su comunidad. Escóbar recurrió a testaferros para inyectar su dinero en clubes futboleros de Medellín y del equipo bogotano de Millonarios. Esta voraz expansión del narcotráfico llegó a las canchas de fútbol más recónditas de América Latina. El fútbol mexicano se convirtió en un terreno fértil para esa penetración perversa del narcotráfico.
Bolivia quizás no fue excepción de esta penetración. Denuncias siempre existieron, pero no había pruebas contundentes para demostrar esa perforación del narcotráfico en el fútbol boliviano. Pero, la presencia del narcotráfico uruguayo, Sebastián Marset fundador y jugador del club Los Leones FC El Torno de la Asociación Cruceña de Fútbol (ACF), puso en evidencia –con informaciones fehacientes– que el tentáculo del narcotráfico llegó a la órbita del fútbol boliviano.
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Marset, como si fuera Pedro por su casa, jugaba con la dorsal 23 de la camiseta alba de su equipo –hace poco habría comprado– en el campeonato de la ACF, mientras las fuerzas antidrogas a la cabeza de la DEA, le buscaban por todo el mundo. La policía boliviana hasta este momento no logró capturar al narcofutbolista, solo apresó a diez personas acusados de pertenecer a su entorno. De los detenidos hay dos jugadores uruguayos –uno de ellos jugó hace poco en un torneo internacional por un club cruceño— y a un ex jugador de la selección boliviana y ex Director Técnico.
Como ocurre en estos casos escandalosos, aquellos personajes o instituciones que se sienten aludidos o salpicados por casos escabrosos rápidamente se lavan las manos. Así, por ejemplo, la ACF en una reunión ampliada de dirigentes decidieron suspender al club Los Leones FC El Torno que, además, corre el riesgo de ser descendido de categoría por la suplantación de identidad ya que la ACF en su momento no se habría dado cuenta que Marset fue inscrito ilegalmente con documentación brasileña en nombre de Luis Amorín Santos.
Marset se compró Los Leones FC El Torno no solo por su pasión futbolera, sino le permitió mimetizarse en ese ámbito deportivo y establecer vínculos sociales para afianzar su protección a sus negocios ilícitos. Ya se sabe, la perforación del narcotráfico en cualquier campo social demostró que tiene consecuencias atroces.
El caso del narcofutbolista debe encender las alarmas en el fútbol boliviano por la penetración del narcotráfico. Días antes que explotará este caso, el senador oficialista, Leonardo Loza y parte de la directiva del club Palmaflor, a raíz de los salarios endeudados de los jugadores de ese equipo dijo taxativamente: “Algunos políticos son tan hipócritas, primero nos decían que a este equipo representa ahora un cartel, de narcos, si hubiéramos sido carteles o narcos no hubiéramos tenido ningún problema de esta característica con relación al tema económico”. Hoy el equipo del Trópico cochabambino anda por la cornisa del descenso. Aquellas palabras del senador en el contexto del escandaloso caso Marset deberían desatar reflexión y, sobre todo, preocupación en la dirigencia del balompié nacional. El caso del narcofutbolista muestra la penetración del narcotráfico en el futbol boliviano, un dirigente futbolero retrató esta situación con una frase maradoniana: “la pelota se manchó”.
(*) Yuri Tórrez es sociólogo







