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Machacamarca la casa de PATIÑO

Se busca que la vivienda que el empresario boliviano hizo construir en Machacamarca se convierta finalmente en un hospedaje y museo temático.

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Por Marco Fernández R.
/ octubre 15, 2017
en Escape

Apoyado en su bastón, Jesús Miranda Hurtado (86 años) mira las viviendas donde hace casi un siglo vivían técnicos extranjeros del ferrocarril de Machacamarca, convertido ahora en un museo y que también resguarda una de las viviendas de Simón I. Patiño, magnate de la minería del estaño y dueño de la línea férrea que comunicaba ese municipio orureño con Uncía (Potosí). A través de un proyecto turístico se pretende convertir su morada en un hospedaje y museo temático.

“Cuando era chiquito y estaba en la escuela he visto a Patiño. Era gordo y macizo”, dice Jesús, quien al observar la infraestructura donde se encuentran los vagones en desuso que descansan en los rieles y talleres de mantenimiento del siglo pasado recuerda las veces que intentó ser contratado en la compañía.
Patiño fue un potentado del estaño, quien a partir de su célebre mina Salvadora construyó un emporio que incluyó la creación de la Patiño Mines, el Banco Mercantil y otras inversiones que le convirtieron en una figura mundial.

La inauguración del ferrocarril entre Machacamarca y Uncía, del libro Fotografías para la historia (Simón I. Patiño: estaño y vida cotidiana), que reproduce la Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

“Se había interesado en tender una vía férrea (desde Machacamarca) hasta la mina de Uncía. Era casi una obsesión porque el camino carretero abierto en 1903 hacia Challapata no había resuelto los altos costos de transporte de barrilla (concentrado de mineral) a los puertos del Pacífico y, colateralmente, la internación de maquinaria pesada y productos de altamar”, escribe Luis Oporto Ordóñez en el libro Uncía y Llallagua: empresa minera capitalista y estrategias de apropiación real del espacio. En 1911, el empresario solicitó al Congreso boliviano la concesión para construir el ferrocarril Machacamarca-Uncía. Las obras empezaron en agosto de 1912 y culminaron en 1921 con su inauguración.

“Patiño casi no ha vivido aquí. El ferrocarril era para sus administradores nomás”, aclara el jubilado octogenario a Neyda Apaza, estudiante de la unidad educativa México y una de las guías en el Museo de Machacamarca.

“Todo esto fue construido como parte de sus ferrocarriles, más que todo para quien iba a Uncía”, corrobora Enrique Gonzales, presidente de la Asociación Departamental de Guías de Turismo de Oruro, quien está parado sobre los rieles donde reposan al menos 10 vagones inutilizados, mientras que adentro del repositorio están relucientes —como si todavía siguieran operando, Luzmila, Vulcano y el famoso Al Capone, un automóvil Buick que transportaba exclusivamente a la familia Patiño.

Jesús Miranda cuenta a Neyda Apaza la época en que técnicos ingleses, alemanes y estadounidenses vivían en aquellas viviendas. Foto: Luis Gandarillas

Afuera, al caminar por los carriles oxidados y los árboles que plantaron técnicos alemanes, ingleses y estadounidenses, se encuentra una vivienda de paredes castaño claro, que se distingue porque es más grande que los otros habitáculos.

No se puede entrar por la puerta principal, que está tapada con calaminas, ya que —comenta Enrique—, al parecer, la propiedad fue entregada a un exempleado de los ferrocarriles como parte de sus beneficios sociales. Por esa razón, los forasteros deben pasar por uno de los muros caídos para evocar la vida del millonario.

Pese al polvo acumulado por años de abandono todavía se puede ver el piso de madera de Oregon, traída de Estados Unidos, y cristales importados de Baviera (Alemania). “Si observamos podemos reconocer baldosas de Italia y el roble inglés en las paredes”, muestra el guía.

 La maestranza del museo conserva gran parte de los equipos y herramientas que usaron los empleados. Foto: Luis Gandarillas

De la cocina amplia queda la estufa traída de Europa, mientras que en el baño quedan una tina y un inodoro blancos.

Para ingresar a las habitaciones principales es necesario rodear la vivienda, ya que bloques de adobe y calaminas impiden continuar la visita.

Al lado de la morada hay un par de habitaciones grandes que estaban reservadas para los negocios de Patiño. “Aquí venían los chilenos para hablar sobre el mineral. Era un salón algo así como de fiestas y de reuniones”, cuenta Enrique.

Después de la nacionalización de las minas de 1952 —mediante la que el Estado revirtió los bienes de los empresarios Carlos Víctor Aramayo, Mauricio Hochschild y Patiño—, esos cuartos se convirtieron en oficinas de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), donde aún hay un escritorio y un sofá empolvados.

Delante del tumbado caído está la estufa europea con la que cocinaban para el magnate boliviano. Foto: Luis Gandarillas

Entre la vivienda de la familia y las oficinas se encuentra la cochera. En apariencia está cerrada, pero al empujar la puerta de madera, ésta se abre y permite contemplar el hueco desde donde se llevaban a cabo el cambio de aceite y chequeo general.

“Cuando estaba Patiño estábamos bien; cuando trabajábamos aquí, la pulpería estaba llena, teníamos todo importado; hasta que en 1952 vino la nacionalización de minas, cuando (Víctor) Paz Estenssoro ha cagado esto”, sentencia Jesús, quien para mantener a sus hermanos trabajó desde sus 16 años como ayudante de panadería hasta que ascendió a maquinista, oficio con el que se jubiló a mediados de los 80. Este recorrido forma parte de Los Caminos del Tío, un paquete turístico que promueve la Mancomunidad Minera de Municipios (integrada por Pazña, Poopó, Machacamarca, Huanuni, Antequera y El Choro, en Oruro) y que es comercializado por la empresa Boliviana de Turismo (Boltur).

“La casa de Patiño era lujosa, pero ahora todo está caído”, lamenta el jubilado. Por ello existe el plan para convertir las 16 habitaciones (de las 20 que había originalmente) en un hospedaje que además sirva de museo temático.

 La chimenea conserva el hollín que quedó del fuego que calentó en su tiempo a los integrantes de la familia Patiño, mientras aún queda el color original de las paredes. Foto: Luis Gandarillas

“Mostraríamos la época del Rey del Estaño en Bolivia, la historia de la explotación minera y, más que todo, la historia viva en su máxima esencia”, asegura Enrique, quien agrega que el proyecto está siendo trabajado con el Concejo Municipal de Machacamarca, que seguirá con una norma que declare esta infraestructura como patrimonio.

Los rieles, el museo, los árboles y los vagones son una excusa para que Jesús y Neyda aprovechen la tarde y hablen de los tiempos en que Machacamarca era tan importante para Patiño, que hizo construir una vivienda que evocara por siempre aquella época dorada.

en tendencia: casaMachacamarcaPatino

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