Según la definición más básica en términos de programación, un algoritmo es una secuencia de pasos lógicos que permiten solucionar un problema. Se trata de una secuencia de pasos que automatizan procesos de selección, clasificación y análisis de grandes volúmenes de datos. Están presentes en prácticamente todos los sistemas de telecomunicaciones actuales, desde los navegadores de internet hasta las aplicaciones para teléfonos inteligentes.
El uso de los algoritmos y su efecto político ha sido tema de gran atención la semana pasada, cuando se hizo público que Cambridge Analytica, una empresa estadounidense especializada en minería de datos, accedió en 2016 a información personal de 50 millones de usuarios de Facebook y la empleó en afinar hasta extremos nunca antes vistos la segmentación de audiencias para que el mensaje transmitido tenga efectos tales como votar por el entonces candidato republicano Donald Trump.
La brecha de seguridad que se hizo evidente con la revelación puso a Facebook en un aprieto tal que sus acciones cayeron en la Bolsa de valores y su presidente ejecutivo tuvo que comparecer en público para mostrarse avergonzado y ofrecer sus disculpas. Con todo, es evidente que la principal fuente de valor para esa empresa es la información de sus usuarios.
Las lecciones de lo sucedido la semana pasada tienen menos que ver con aspectos financieros que con la nueva evidencia de que las nuevas tecnologías han habilitado posibilidades de vigilancia que más pronto que tarde tendrán efectos en las prácticas sociales.






