El escándalo que involucra a la empresa Cambridge Analytica con Facebook y la campaña electoral de Donald Trump, y cuyo alcance podría haber incidido hasta en el referéndum por el brexit o procesos electorales en México y Argentina, ha puesto al mundo entero a discurrir sobre la incidencia de la tecnología en la política, y por tanto, en nuestras democracias.
Desde la comunicación política se sabe que el funcionamiento de las democracias se encuentra en manos de aquellos actores que confluyen en ella. Estamos hablando del sistema político (instituciones y políticos), la ciudadanía y el conglomerado mediático (periodistas y comunicadores). La relevancia otorgada a lo mediático en este esquema está relacionada con los supuestos, primero, de que no existe democracia sin periodismo; segundo, que la agenda de opinión pública, que incide en el debate plural y la deliberación informada sobre la cosa pública, tiene como base precisamente la información mediática; y tercero, con que la comunicación se involucra en las democracias en periodos electorales a través del marketing político, el cual persigue convertir a los candidatos en gobierno y cuyo escenario es también mediático. En suma, esta mirada ubica a los medios como el escenario en el que se juegan grandes partidas de la democracia.
Por otro lado, hoy la emergencia y uso masivo de las redes sociodigitales ha afectado definitivamente nuestra forma de informarnos y, por tanto, de conocer el mundo y su cotidianidad. El lugar que le hemos dado a estas plataformas (entendidas como medios) ha modificado radicalmente nuestros procesos informativos y comunicacionales. Así, ese conglomerado mediático otrora en manos de profesionales de la información y la comunicación se ha ampliado al punto de que cada cuenta en una plataforma digital se constituye potencialmente en un medio más.
No obstante, según José Luis Exeni, hay dos formas de encarar a la comunicación política, desde la mirada mediófoba o de la mediófila. A través de la primera se puede abundar en los beneficios de la “intervención” mediática en el sistema político; la segunda plantea los perjuicios que ésta podría tener en la salud de las democracias. Así, en la pasada década la mayoría de los estudios en torno a la sociedad de la información y del conocimiento eran sobre todo mediófilos cuando hacían referencia a la relación entre redes sociodigitales y democracia. Empero, lo ocurrido con Cambrigde Analytica ha traído a colación la mirada mediófoba.
Hay alguna claridad respecto a que el rol de la ciudadanía en la democracia ha sido ya irreversiblemente atravesado por la tecnología, con énfasis en las redes sociodigitales. Y también en el hecho de que los procesos que sostienen y vigorizan a las democracias radican inmutablemente en las prácticas de los otros dos actores: sistema político (instituciones y políticos) y ciudadanía; cuyos actos dependen de múltiples variables, siendo la comunicacional una de las más relevantes, pero no la única.
Lo que sí resulta innegable es el hecho de que como sociedad, este escándalo nos ha forzado a dar un importante paso más en lo que es la alfabetización mediática/tecnológica colectiva. Su tratamiento público va a permitir que entendamos de manera más amplia la actualizada arena de la (comunicación) política. Y con ello, reinventar la forma en que la ciudadanía interviene en ella, ya sea para cualificarla o denigrarla. Pero se trata de eso: un importante paso más en este aprendizaje colectivo, pues aún no ha llegado el momento en que desaparezca Facebook de nuestras vidas, ni mucho menos nuestras democracias.






