Un bolivarista me enseñó a ser stronguista. En mis épocas de adolescencia y juventud, el fútbol era mi pasión, al punto de ir al estadio a ver todos los partidos de mi equipo y alentarlo desde la Curva Sur, aquella donde todavía no se entonaba a voz en cuello cánticos para alentar a los jugadores. Al estar cautivo por unos colores y un “sentimiento”, no me di cuenta de que me había convertido en fanático.
La Real Academia Española (RAE) define al fanatismo como el “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. A su vez, el sociólogo y psicólogo judío-alemán Erich Fromm define a este sentimiento como un intento por escapar de la soledad, el deseo de establecer vínculos afectivos con otras personas que creen lo mismo, con el objetivo de disminuir el miedo a la libertad y, también, a la soledad. Por ello, la persona fanática se cree dueña de “la verdad” y no se preocupa por cuestionar esa “verdad” como lo haría un relativista.
Como hincha del fútbol llevaba puesta la camiseta de mi club todas las veces que podía, en procura de hacer notar a los demás ¡que era stronguista! A esa característica añadí mi aversión por el club Bolívar. En esas circunstancias, Mario, un amigo cinco años mayor que yo y fundador de una de las barras bravas del equipo celeste, me preguntó qué significaba para mí ser hincha. La única respuesta que se me venía a la mente era apoyar por sobre todas las cosas a mi club, “en las buenas y en las malas”, como decimos los atigrados.
Entonces Mario me preguntó por qué si mi equipo era The Strongest insultaba “al equipo del frente”. Tenía razón. La ceguera de mi fanatismo no me permitía percatarme que estaba más pendiente del rival que de mi propio club. En resumidas cuentas, era un antibolivarista.
Me costó comprender y asimilar esta realidad, pero con el tiempo, y gracias a mi amigo bolivarista, aprendí a ser un buen stronguista, que no necesita insultar al rival ni ponerse una polera o tatuarse el cuerpo para demostrar su cariño por el club. Eso me ayudó a sobrellevar mejor mi vida, a evitar expresiones que pueden dañar a los demás o a entablar discusiones ociosas acerca de cuál es el mejor club del país.
Lamento mucho que algunos periodistas y presentadores de televisión hagan público su fanatismo, y no solo respecto al fútbol, sino también en política y respecto a sus creencias religiosas; que se fijen en los defectos del rival y no en los propios; y que menosprecien a otros por ser del equipo contrario. En esos momentos me convenzo de que necesitamos un “rival” para ser mejores personas.
Es periodista de La Razón.






