Bolivia es un país de múltiples identidades: identidades étnicas, culturales, históricas, territoriales, unas más arraigadas que otras entre la población. De manera permanente surgen nuevas identidades mientras que otras pierden fuerzas. Cambas, collas, chaqueños, amazónicos son identidades territoriales, aunque también hay identidades departamentales, orureños, potosinos; identidades culturales como la chiquitana o la guaraní, esta última incluye varias identidades étnicas: guarayos, yukis, sirionós, tapietes, avas, mbia, entre otros y por supuesto las identidades de todos los pueblos indígenas. Nuevas identidades surgen con el tiempo, recientemente leí un grafiti en Cochabamba que decía: “ni camba, ni colla, cochala”, me quedó claro que los cochabambinos buscan su propia identidad. Al fin de cuentas todos somos bolivianas y bolivianos.
La identidad es un hecho consciente, las personas se identifican con elementos que consideran propios y que los diferencian de otros, mientras que la cultura es absolutamente inconsciente. Teniendo en cuenta estos aspectos, y las diferentes identidades que subsisten en nuestro país, si fuéramos una sociedad democrática, tolerante y crítica respetaríamos esas diferencias identitarias como parte de nuestro ser boliviano.
Bolivia fue fundada en 1825, el territorio en el que se creó era y es diverso, como también son las identidades que han surgido en él, a lo largo de su historia. Esas identidades tienen su origen en los distintos pueblos indígenas que lo habitaban y con la llegada de los conquistadores europeos y de la población negra esclava, nuevas identidades surgieron durante los tres siglos coloniales. La primera Constitución boliviana definía a los bolivianos y su objetivo era crear republicanos para la nueva república.
Sin embargo, la Revolución de 1952 buscó homogeneizar a la población boliviana, creando un pasado común y no reconociendo las diferencias ni étnicas ni regionales que sí existían entre los bolivianos. El caso de los pueblos indígenas es el ejemplo más claro de esa política homogeneizadora. Los indígenas, sobre todo los de la zona andina, fueron denominados campesinos, haciendo referencia a su clase social, no reflejando su identidad. A los de las tierras bajas —cuando eran reconocidos— se les llamaba bárbaros o salvajes. De esa manera se buscaba eliminar las diferencias identitarias, lo que llevó, cuatro décadas después, a que los pueblos de tierras bajas marchen exigiendo el reconocimiento de su condición de indígenas del oriente boliviano. Como consecuencia de esta exigencia los de tierras altas se llamaron originarios.
Las reformas a la Constitución de 1994 reconocen a Bolivia como multiétnica y pluricultural, lo que de hecho fue un avance importante. La escuela incluyó algunas lenguas nativas en su currícula y se buscó una educación más inclusiva, pero dejaron de lado las demandas regionales, la escuela seguía reproduciendo un país y un pasado muy lejano a las realidades que vivían los niños en sus propias regiones.
La crisis del Estado boliviano de principios del siglo XXI hizo evidente las diferencias étnicas y regionales, unos pedían el reconocimiento como pueblos indígenas y los otros exigían las autonomías departamentales como reconocimiento de sus identidades históricas. La Asamblea Constituyente debía resolver, entre otros, esos problemas. Sin embargo, la nueva Carta Magna parte de la desigualdad de los ciudadanos y establece diferencias entre unos bolivianos y otros, también bolivianos.
En el discurso oficial boliviano se considera que unos cuantos son la reserva moral del país, y los otros ¿qué son entonces? La Constitución no reconoce otras identidades que no sean las étnicas, que están nombradas en función de sus lenguas en el artículo 5°, referente a los idiomas del Estado. La misma Constitución habla de territorios indígena-originario-campesinos, parece ser que nuevamente se vuelve a la clase social que a la larga negará lo étnico. En la ideología oficial, se considera que los pueblos indígenas con menos población deben someterse a las etnias mayoritarias; acaban de presentar la Constitución en quechua, aymara y guaraní, esto es un ejemplo de la negación de las otras treinta y tres lenguas indígenas.
El reconocimiento de las múltiples identidades supone que los ciudadanos nos reconozcamos en nuestras diferencias. Lo que no significa que se haga de la desigualdad un ideal ni se promueva a los supremacistas de un grupo étnico sobre los otros. Todavía queda mucho trabajo por hacer para que la sociedad boliviana sea tolerante con las diferentes identidades que compartimos la misma patria y el país.






