El despojo de la nieve debe ser espiritual”. Enrique Arnal Velasco (1932-2016) nunca se separó de la montaña que acunó su infancia en Catavi. En ella aprendió a eludir el sendero sencillo para explorar el lado salvaje. Y así se convirtió en figura central de la pintura boliviana, gestor cultural y… el primer jugador boliviano “profesional” de rugby. “Con la nieve de nuestra cordillera, perdemos parte de nuestra identidad, de nuestra alma”, sentencia el artista y así arranca el documental que ha presentado su hijo, Matías, en la Cinemateca bajo el título El mundo de su memoria.
Su padre, Luis Arnal Larraidy, lo grababa todo con una pequeña cámara cinematográfica de los años 30 (única en Bolivia en ese tiempo): partidos de golf, los match de football entre The Strongest y los combinados mineros, paseos a lomos de caballo, clases de equitación… Y el centro de todo era Catavi. La riqueza del centro minero atraía diversidad (libaneses, palestinos, gringos, franceses, aymaras, quechuas, yugoslavos). Era un mundo de otro mundo por explorar. De esos años, Arnal atesora a Cirilo, su mejor amigo que era hijo de minero y recuerda a Martín, un cóndor que los mineros lograron domesticar. Un día, Enrique le acarició la cabeza y no le pasó nada o sí, le pasó todo, y el ave se introdujo para siempre en su ajayu y se posó en su obra.
Se fue de Catavi con ocho años rumbo a Oruro, siguiendo las vías del ferrocarril. Fue la mejor época de su vida, tal vez el único tiempo que disfrutó la libertad absoluta del desolado paisaje. En la casa de su abuela, Josefa Blacutt Leytón, Arnal escuchó el quechua por primera vez, olió el mágico perfume de la hoja de coca, tocó con los dedos el susurro y el fuego del mundo indígena. Luego, llevaría esos “aparapitas” a la pintura boliviana, para que aparezcan y desaparezcan de espaldas a la luz. Y con ellos, los tambos, los charangos, las zampoñas. “Bolivia siempre se movió de lo cómodo a lo injusto”. Así se movía Arnal, del mundo feudal al moderno, de la clase poderosa a la injustamente tratada.
Otro viaje de su padre, empleado de la Patiño Mines, trajo a la familia a La Paz. El pequeño criado en Catavi fue expulsado de varios colegios: del Alemán, La Salle, del Instituto Americano. Necesitaba “disciplina”. Y don Luis lo mandó a Buenos Aires, a un colegio inglés de Quilmes, llamado St. George’s College. Ya corrían los primeros años 50, y el joven Arnal comenzó a jugar rugby y hockey hierba. Los castigos físicos le daban terror, pero nunca dejó de ser un rebelde. Descargó su ira y su fantasía jugando rugby, de medio apertura, con la 10, y lo hicieron capitán.
Cuando marchó a Santiago de Chile en 1952, tras hacer el servicio militar en Cochabamba, fichó por un equipo de rugby mientras hacía la carrera de Arquitectura y se juntaba con Marcelo Quiroga, Fernando Montes y artistas chilenos como Nemesio Antúnez y Ricardo Irarrázabal. Ahí lo tienen, al capitán Arnal, abriendo el juego a la mano, a grandes zancadas como su caminar, comandando a su pequeño y disciplinado ejército de forwards. Había encontrado un lugar, por vez primera vez, lejos de la mina.
Curioso, en la capital chilena visitaba los bisontes del zoológico. Luego, esos bisontes iban a despertarlo en sueños expresionistas de rojo intenso. Entonces en un viaje a Machu Picchu nació otra vez. Cuando decidió instalarse en La Paz (no en Lima, no en Santiago, no en Buenos Aires) montó su estudio debajo de las graderías del mítico Olimpic de San Pedro. Y se maravilló con los toros, ésos que iban a marcar su obra, a la par que los fieros gallos de pelea. Sus ventanas al ruedo eran como los barcos piratas de los bucaneros, un lugar en el universo. Así, hasta completar más de 1.150 obras. Entonces llegó Banzer y su nombre apareció junto a subversivos peligrosos. Lo metieron preso, pero resistió a fuerza de arte y convicción.
En propia voz, su vida se pinta como un lienzo. Arnal fue artista, fue libre, fue rebelde, fue capitán. Fue también el artista seducido por la montaña, por la mina, por la naturaleza que temprano supo que “el despojo de la nieve debe ser espiritual”.






