Los últimos acontecimientos en Venezuela terminan por encerrar a ese país en esa serie de estudios que tienen que ver con regímenes catalogados como menos democráticos y con enormes dosis de autoritarismo. Ahora bien, es importante analizar cómo opera el autoritarismo en un contexto en el que la democracia es solamente un barniz.
La reflexión que sigue proviene de la línea teórica antes dicha y se halla en Andreas Schedler: La política de la incertidumbre en los regímenes electorales autoritarios.
Cualquier régimen político se encarga de construir normas formales e informales que regulan la ocupación del poder estatal: el acceso, la posesión y el ejercicio del poder. Entonces, para afianzar estas reglas, cuando estamos frente a un autoritarismo electoral como el del caso venezolano, éste sufre cuatro tipo de desventajas:
Primero, la amenaza de los rivales: las democracias prefieren la vía procedimental pacífica de asegurar la alternancia en el poder, es decir, conciben que el ejercicio del poder es por un tiempo nada más. Por contra, los regímenes autoritarios no admiten alternancia en el poder o son incapaces de regular esto; como efecto, se genera un campo de lucha donde se dan verdaderas crisis de sucesión y asaltos entre facciones rivales internas. Recuerden ustedes la asonada constante que existe entre maduristas, chavistas, diosdadistas, etc.
Segundo, la amenaza de los rebeldes: cuando existen diferencias entre adversarios políticos en democracia, éstas suelen ser resueltas por la vía de la justicia o de la opinión pública. Sin embargo, en los autoritarismos electorales la convivencia de controversias es entre enemigos, por tanto, lo que hacen es silenciar las protestas y hacer inmortal la justicia. Creo que no hace falta explicar muchos casos aquí, de hecho dos nombres salen por sí mismos: Leopoldo López y Óscar Pérez.
Tercero, la amenaza de las represalias: en democracia, cuando un grupo de poder pierde su posición de privilegio, los miembros del mismo pierden sus trabajos, pero continúan disfrutando de sus libertades civiles y derechos políticos. En cambio, los autoritarismos electorales se sienten tan inseguros y vulnerables que perder el poder los dejaría en absoluta indefensión, porque se ven reflejados en lo mal que lo pasan sus oponentes en ese momento. Podría volver a nombrar a las personas del párrafo anterior, pero prefiero sumar a uno más, al exalcalde de Caracas Antonio Ledezma.
Cuarto, la ignorancia: en democracia encontramos aunque sea relativa transparencia; en autoritarismos electorales, no, porque una de sus señas es justamente la opacidad informativa, lo que ocasiona que exista mayores niveles de incertidumbre institucional, lo que también es contraproducente para el régimen porque genera pugnas internas. Por ejemplo la exfiscal general Luisa Ortega, o el intento de llenar una lista de detenciones de llamados “traidores de la patria” por decreto con todos los que sabotean y alientan la llamada “guerra económica” en Venezuela y que, según palabras de Maduro, “hieren la economía nacional en plena fase de recuperación”.
También urge hacer una autocrítica a las democracias, reconociendo que éstas han entrado en déficits políticos que ya sea populismos o autoritarismos electorales han sabido aprovechar, bajo la idea de que las promesas que hicieron, a través de la democracia, no llegaron; por tanto, tenían que ser canalizadas por algún lado.
Llegamos a un punto tal que el pueblo sintió que la democracia, o al menos quienes gobernaban, era utilizado en favor de intereses de los gobernantes. Entonces, es perfecto el clima en el que vivimos para quienes se encargan de abanderar y practicar la idea de que vienen a decirnos en voz alta lo que muchos pensamos en la intimidad.
Volvamos entonces al caso venezolano. Aparte del debate autoritarismo electoral y autocrítica democrática, me gustaría plantear la siguiente lectura alternativa: ¿y si miramos los últimos acontecimientos ocurridos en ese país como reacciones de un gobierno débil y preocupado por su sobrevivencia, además de una oposición política sin brújula?
Es decir, aquello de que hoy Maduro apenas tenga el apoyo concreto de un cuarto del electorado, su accionar en un marco de facultades especiales conferidas por la Asamblea Constituyente, y la presión constante desde la calle, todo sumado podría traducirse en la respuesta a la pregunta formulada.
Una última cuestión, dedicada a los nuestros: hay quienes salieron a defender los resultados del pasado proceso electoral por el cual Maduro se reeligió, acusando que los niveles de ausentismo y la proporción de votos recibidos no son algo reseñable porque en la región el caso chileno es similar en proporciones. Pero se olvidan de que hay una cuestión de fondo que es muy importante: gobiernos del tipo venezolano se han dedicado con entusiasmo desmedido a usar la coartada del “tremendo” apoyo popular que reciben. Ahí no hay quién los salve.
- Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo






