Los residuos minerales en superficie siempre llamaron la atención por la posibilidad de ser utilizados como nuevos recursos minerales. Su posición privilegiada y la posibilidad de ser explotados a costos mínimos siempre fueron un aliciente para las empresas mineras, que buscan sobre todo en tiempos de “vacas flacas” la posibilidad de integrarlos al circuito productivo.
En los años 80 y 90, la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) encaró la evaluación del patrimonio de estos residuos, heredad de las minas de los “Barones del estaño” que por la baja recuperación de sus ingenios metalúrgicos y las altas leyes de los minerales en las vetas en los tiempos primeros de la minería nacional produjeron residuos, que para la tecnología del siglo XX eran una posibilidad de explotación rentable por los metales contenidos.
Posteriormente, en el periodo de apertura al capital privado que caracterizó al llamado “periodo neoliberal” de la economía nacional, se dieron las condiciones para intentar lo que se llamaron joint ventures (JV) o proyectos de riesgo compartido con el capital privado. Hubo una primavera de buenos deseos y de intentos en los primeros años de la década del 90. Llegaron al país empresas interesadas en el portafolio que Comibol ofertaba y se iniciaron estudios de factibilidad económica preliminar (PEA, por sus siglas en inglés): los relaves del ingenio de Colquiri fueron estudiados por la canadiense Minproc; los de Telamayu-Santa Ana, por la angloirlandesa Pan Andean; los relaves del ingenio de Itos en Oruro, por la canadiense Hughes Lang (HLX), entre los principales.
Paralelamente Comibol, aunque no los ofertaba todavía, había evaluado dos acumulaciones naturales de escombros que tenían gran perspectiva por sus dimensiones: los depósitos coluviales (de ladera) o “pallacos” del Cerro Rico de Potosí, y la Morrena Cotani (depósitos de origen glaciar) en las faldas del yacimiento estannífero de Chorolque en el suroeste potosino. Los “pallacos” evolucionaron a un proyecto integral de la zona periférica del Cerro Rico y dieron origen a uno de nuestros proyectos estrella: San Bartolomé de Inti Raymi SA, subsidiaria de la estadounidense Coeur D’Alene. Cotani está bajo control de Comibol con un potencial de 349.514 toneladas finas de estaño que podrían recuperarse con la tecnología actual.
Cada una de estas aventuras tuvo una historia diferente, fueron más los éxitos que los fracasos, que sí los hubo por efecto de la inestabilidad política de nuestro país en aquellos años y por el desfavorable nivel de precios de los metales en la coyuntura (estaño: $us 3,2 la libra fina (lf), plata: $us 5,5 la onza troy (ozt), zinc: $us 0,7/lb, oro: $us 375/ozt), que presionaron desfavorablemente los resultados de los PEA de algunos emprendimientos.
San Bartolomé es sin duda una muestra de alta tecnología y rendimiento, al tener una capacidad de producción de plata metálica promedio de 6 millones de onzas/año. El proyecto de Itos en los años posteriores y con operadores privados —Barex Empresa Minera SA (Baremsa) y la Empresa Minera Unificada SA (Emusa)— logró ser una operación rentable por varios años.
La aplicación de las nuevas tecnologías de lixiviación de minerales oxidados también permitió implementar plantas de tratamiento, tanto estatales (Plahipo) como privadas (Comco), las cuales trataban cargas oxidadas de desmontes de las zonas altas del Cerro Rico, Porco y minas aledañas. Esto cambió el nivel tecnológico de la metalurgia en el país y permitió la explotación de residuos minerales que de otra manera seguirían siendo parte del paisaje de los distritos mineros respectivos (continuará).






