Wilstermann tiene que hacer una revisión para adentro, a ver qué está fallando. No es cuestión de ser el campeón y ya. Suceden cosas, la última fue una vergonzosa discusión que terminó en empujones y puñetes en pleno partido entre un jugador, el argentino Cristian Chávez —al que no le gustó un cambio— y un asistente técnico, el brasileño Thiago Leitao —que solo cumplió una orden del entrenador principal—. Lo máximo que se podía esperar de ellos era tener consideración de uno hacia el otro por el trabajo que desempeñan y que sobre todo comparten.
Resultado de lo ocurrido es la decisión del directorio de desafectar a Leitao. No capaces de poner orden al interior del plantel, los dirigentes buscaron el mal menor y echaron al asistente, el que no juega, el que cobra menos, de paso, el único que se arrepintió y pidió disculpas; mientras se dejaron llevar por lo que el futbolista —lejos de hacer un mea culpa— les lanzó tipo advertencia: “Él o yo”. El lío lo protagonizaron los dos, se comportaron horrible y, en consecuencia, si había que tomar una determinación así de extrema, debió ser contra ambos, sin miramientos.
Con seguridad eso no va a acabar ahí. El vestuario ya quedó quebrado. Las heridas están abiertas.
Meses antes otro futbolista, Serginho, se mandó pachotadas contra un entrenador adversario, Erwin Sánchez. De milagro no fue sancionado y gracias porque sigue jugando. Le ayudaron sus amigos a hacer las paces y que el proceso no siguiera. Pasado el tiempo, dice ser víctima de racismo y acusa a un futbolista de otro club. Serginho es muy buen jugador, pero no es santo. Se nota cada que está envuelto en un lío y ya van dos.
Wilster tiene que ver qué está pasando. Si un equipo es campeón lo debe ser dentro y también fuera de la cancha. Lo más importante es lo segundo, así que amerita revisar comportamientos.






