En la novela Mi Antonia, de Willa Cather, hay dos cordiales agricultores rusos llamados Peter y Pavel que se han establecido en la pradera de Nebraska. En su lecho de muerte, Pavel cuenta la historia de cómo emigraron hasta allí. Muchos años antes, estando en Rusia, los dos jóvenes habían sido padrinos en la boda de un amigo. La fiesta continuó hasta pasada la medianoche y finalmente una caravana de siete trineos llevó a las familias a través de la nieve hasta donde estaban hospedándose. En su trayecto, podían ver unas sombras tenues en la oscuridad corriendo a través de los árboles a lo largo del camino, cientos de ellas. De pronto, estalló el aullido de los lobos procedente de todas direcciones. Los caballos apresuraron el paso y los lobos atacaron. El trineo de atrás golpeó contra una mata y se volcó. Los chillidos eran espantosos cuando los lobos se abalanzaron sobre sus presas humanas. Luego se volcó otro trineo, y otro más, y las bandadas de lobos se arrojaron sobre las familias.
Pavel y Peter estaban en el trineo de adelante, transportando a los novios. Iban a toda velocidad, pero uno de sus caballos ya estaba a punto de morir de cansancio. Pavel se dirigió al novio. Tenían que aligerar la carga. Señaló a la novia. El novio se rehusó a que la arrojaran. Pavel forcejeó con él para quitársela. En el forcejeo, tiró a ambos del trineo, dejándlos a merced de los lobos. Peter y Pavel sobrevivieron, pero vivían en deshonra. Eran los monstruos que habían lanzado a la novia a los lobos. Fueron obligados a huir al Nuevo Mundo.
Esta historia nos recuerda lo delgada que es en realidad la corteza de la civilización. Nos recuerda lo que es capaz de hacer la gente buena en momentos de tensiones y crisis severas, cuando hay mucho miedo y cuando los conflictos, con uñas y dientes, toman las riendas.
Es una historia especialmente buena para estos inicios de 2019, ya que este parece ser el año de los lobos, el año en que pueden suceder cosas atroces que antes eran inimaginables. En Estados Unidos será un año de un gobierno dividido y de un conflicto partidista sin precedentes. Será el año en el que Donald Trump esté aislado y más desenfrenado que nunca. Y será en este ambiente en el que caerán las imputaciones en su contra, provocando no solo una crisis política, sino también una crisis constitucional.
Hay más de una decena de investigaciones sobre los diversos escándalos de Trump. Si viviéramos en una sociedad sana, las imputaciones resultantes serían manejadas de manera seria: con audiencias del Congreso serias y procedimientos judiciales imparciales. Todos lo verían con otra perspectiva y lo tomarían muy en serio por el hecho de que está en juego nuestro sistema legal mismo.
Sin embargo, no vivimos en una sociedad sana y no tenemos un presidente sano. Trump no reconoce, no entiende y no respeta la autoridad institucional. Solo entiende el poder personal. Ve todos los conflictos como un conflicto personal en el que él destruye o lo destruyen. Cuando lleguen las imputaciones, Trump no se apegará a las reglas. Buscará restar legitimidad a nuestras instituciones legales. Personalizará todas las imputaciones y denigrará a todos los fiscales. Intentará destruir la edificación de la ley con el fin de salvarse.
Sabemos qué discurso empleará. Será el discurso antisistema y antiinstitucional que ha estado invadiendo la izquierda y la derecha durante las últimas décadas: el sistema es corrupto, el juego está amañado, las élites quieren engañarte. En ese punto, los dirigentes del Congreso enfrentarán la decisión que definirá su trayectoria: ¿con quién está su lealtad al final de cuentas, con la Constitución o con su partido?
Si su lealtad está con la Constitución, se distanciarán y determinarán, de una manera bipartidista, cómo celebrar el tipo de audiencias que celebraba el Congreso durante el escándalo de Watergate, audiencias que inspiraban confianza en el sistema. Se distanciarán y encontrarán hombres y mujeres íntegros (versiones modernas de Archibald Cox, de Elliot Richardson y del juez John Sirica) quienes trabajarían para restablecer las buenas costumbres en medio de la descomposición moral. Por otro lado, si ponen al partido por encima del país, verán esta crisis como un episodio más de nuestro eterno circo político. Se retirarán en líneas partidistas. Lanzarán insultos. Su principal inquietud será ¿cómo puede ayudarme esto en 2020?
Si eso sucede, entonces cerca del 40% de los estadounidenses que apoyan a Trump verá claras evidencias de que cometió delitos graves, ¡pero no les importará! Concluirán que no se trata de la ley o la integridad. No es más que un juicio político de exhibición. Verán que no hay una mayor autoridad ante la que todos los estadounidenses sean responsables. Solo está el poder y la popularidad de principio a fin.
Si eso sucede, tendremos que enfrentar el hecho de que la Constitución y el sistema legal no fueron lo suficientemente fuertes como para soportar el furor partidista que ahora define nuestra política. Tendremos que enfrentar el hecho de que Estados Unidos se ha convertido en otro Estado frágil, una kakistocracia (el gobierno de los peores), donde se aprueban y se violan las leyes sin ninguna consecuencia, donde la gente buena pasa desapercibida, y donde se deja que los lobos ataquen a los indefensos.






