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Constelación de Alondra: un viaje en espiral

Maracaracol Teatro presenta una obra que evoca los recuerdos.

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Por Camilo Gil Ostria - crítico
/ enero 30, 2019
en Tendencias

La circularidad (de la vida, de la historia, del ser…) guía con maestría a Alondra, interpretada por Mariela Salaverry en Constelación de Alondra, este monólogo acompañado de ausencias presentes (sombras y sonidos) que es la ópera prima de Maracaracol Teatro, un elenco argentino-boliviano que nos recuerda que el teatro, en tanto ritual, debe (y parafraseo a uno de los actores) “tocar algún punto”, tocar al público, tocar a los propios hacedores, tocar la realidad; pero apenas un roce, un vislumbrar que no permita que Eurídice se vuelva piedra. En este caso, el concepto ha sido pensado, el porqué de la obra ha sido trabajado de forma rigurosa: pero eso no opaca el trabajo del elenco (todo lo contrario, le da brillo de vida), que logra entretener guiando al espectador por subidas y bajadas, risas y silencios llenos de melancolía, con una obra de esas que, aunque lo son, no se pueden llamar solamente “infantiles”, porque, como El principito, parecen seguir hablando a la adultez.

Empecemos con el concepto: circularidad. Como diría Mercedes Sosa, “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, esos lugares, quizás diría Alondra, donde el azúcar endulzaba y uno podía tomar el té por toda la eternidad. El círculo está de forma obsesiva, por ejemplo, en el vestuario (la falda de Alondra, el pañuelo de una de las máscaras…). Girar es una acción que igual se repite (del personaje que le gusta que su falda gire con ella, de la mesa con el té, del gato, del sombrero volador, seguramente de los planetas, de las estrellas, de las constelaciones que dan título a esta puesta, etc.). Las constelaciones, se indica en la propia obra, eran usadas en la antigüedad para guiarse cuando uno se sentía perdido: para volver a casa, para hallar tu ruta. Ésta no puede ser de otra forma que circular: un volver a Amanda, la hermana de Alondra, símbolo (cual Godot de Becket) inagotable: de la familia, del pasado, de aquello inalcanzable que siempre parece a la vuelta de la esquina, como si estuviese a punto de tocarlo, pero siempre (¿siempre?, ¿no acaso la obra insinúa la muerte como un posible reencuentro?

Sí, pero esa salida, quizá influencia de la famosa novela de Saint-Exupéry, prefiero ponerla entre paréntesis) se escapa. Esta ausencia presente está, además, personificada en escena por el versátil Gonzalo Villarreal, quien interpreta tres personajes: dos máscaras y una sombra. Pero en este caso el círculo no vuelve exactamente al mismo punto, quizás, más adecuado sería hablar de una espiral: el recordar, el doler no te permiten ser el mismo de antes, no se puede tomar el té para siempre, se vuelve muy cerca, pero no es exactamente el mismo punto.

Pasamos a la parte técnica: el elenco usa técnicas de clown, como también del teatro de máscaras. Una combinación que, uno pensaría, no cuaja con una obra más bien melancólica; sin embargo es acertada: el dolor, como diría Bachelard, se matiza sin perder fuerza, se vuelve dolor poético. Su marcación, aunque no perfecta, es armónica y los personajes se mueven con fluidez por el espacio. Así logran generar una tensión en que no sueltan a los espectadores y, a pesar de una cierta monotonía narrativa (típica de la dramaturgia infantil y que, además, alimenta una noción de circularidad), no pierden en ningún momento la conexión con el público.

Esto también es por el trabajo musical de Juan Manuel Gacio quien, siempre presente a un lado del escenario, se encarga de dotar (con instrumentos de viento, de percusión y de cuerdas) al espacio una sonoridad armónica que acompaña a las actuaciones: a sus movimientos, a sus sentimientos, en fin, a su estar. Debo hacer, además, un énfasis en Salaverry, actriz sobre la cual (a pesar de sus dos grandes apoyos) pesa la escena: su mirada está tan bien trabajada que de solo echar un vistazo a sus ojos uno ya sabe el sentimiento de su personaje, como grácil bailarina parece no esforzarse al dar su 100% en escena y bailar con las edades de su personaje, con su propio cuerpo y el de los espectadores.

Quizás fue por cuestiones personales (pequeños recuerdos míos que no pude sacarme de la mente mientras veía la obra: mi abuela a la que yo le decía Chichi que regalaba chocolates a la gente para que se endulzara la vida y que todos los años preparaba mermelada de durazno del árbol de su jardín) que la obra me conmovió: pero tratando de tomar una distancia objetiva y comparando este trabajo escénico con, digamos, En busca del Guardián de las Begonias, puedo decir que esta obra, “quema más”; contento me queda esperar a que la repongan en marzo para confirmar este primer acercamiento.

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