En la parte I del anterior escrito pudimos dar una mirada global de la vida y obra de este gran músico boliviano, Alfredo Domínguez (Tupiza, 1938-1980). Hoy quiero detenerme en la guitarra de Alfredo. Es una guitarra de sonido potente, de las cultivadas sin micrófono ni accesorios eléctricos. En la mano derecha se nota una posición más bien clásica, la diferencia del tirando con el apoyando —fundamental en el sonido guitarrístico acústico— es aplicada. Tiene un trémolo perfecto. Los ritmos propios hacen de ésa, una mano única, la de los rasguidos polirrítmicos del famoso tema Zapateo. Esa mano inventa timbres novedosos, el anular y el índice realizan melodías en armónicos. La mano izquierda se desplaza con seguridad, sobre todo en los glissandos que evocan paisajes andinos, a veces toca sola, ella misma emite los sonidos percutiendo las cuerdas, mientras la otra mano juega con la caja. La coordinación de ambas impresiona hoy al escuchar Agonía del ave, una composición de Alfredo de gran sensibilidad; el aleteo herido del ave se logra con ambas manos, de pronto la derecha va hacia el clavijero tocando las cuerdas inusuales de las clavijas, simultáneamente la izquierda tamborea los últimos suspiros de esta ave cazada por el niño Alfredo, aquel de Viva Juancito y su guardapolvo polvoriento aprendiendo a escribir con la honda bajo el brazo. En la pieza Por la quebrada, Alfredo despliega toda su artillería técnica novedosa, genera una síntesis sonora del paisaje valluno que se va volviendo andino, allí están los recursos tímbricos y de articulación concebidos por el maestro, como aquel dedo de la mano izquierda “pisando” entre las cuerdas 5 y 6 que produce la caja. Resaltar la gran influencia de Atahualpa Yupanqui en la guitarra de Alfredo, a tal grado que Ernesto Cavour le solicitaba dejar de tocar tanto al argentino y más bien ocuparse de su propia música. También la guitarra de Alfredo expresa el influjo en varios pasajes de aquellas terceras sentidas de la guitarra quechua ayacuchense, con sus sextas en vibrato.
Como cantautor, Alfredo ha creado clásicos muy particulares, por ejemplo en Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa (1969), joya de la música popular boliviana, las canciones nos llevan de la alegría del Villancico y la Navidad rural a la profunda tristeza de Cutipa convertido en minero y muerto por la copajira. Pero nos alegra en súbito con el juglar hualaycho en El perro, bailecito pícaro dedicado a los chapis hippies. Un descubrimiento personal: la relación de Alfredo con el tinku, esos charangos metaleros de Potosí se escuchan en el fondo de El niño indio y también en Indio borracho, solos de su década paceña.
En cuanto al Alfredo de cámara, me refiero ahora al encontronazo. Debió ser por 1965 cuando Alfredo Domínguez y Ernesto Cavour se encuentran por la calle Sagárnaga, los dos virtuosos veinteañeros empiezan a tocar como si se conocieran desde siempre, traían lenguajes milagrosamente similares; Alfredo subía desde el sur de Bolivia, Cavour bajaba con su charanguito desde el barrio de Ch’ijini, de la calle Gallardo, epicentro de la Fiesta Mayor de los Andes, la fiesta del Jesús del Gran Poder, iniciada en 1905. Ese charango de quirquincho y esa guitarra criolla hacen el amor con toda sinceridad, los ensayos formaban directo el repertorio, dos genios naturales y virtuosos se dieron el encontronazo, son nuestros Lennon y McCartney, nace el sonido del denominado neofolklore, es solo escuchar Tusana, composición de Cavour, track 10 del LP Grito de Bolivia; este disco instrumental podría haber sido dúo nomás sin ningún problema, pero deciden formar taypi con un tercero en la quena, el antropólogo belga Gilbert Favre, quien había estado un año por Chile investigando su cultura popular. En 1966, con la apertura de la Galería y Peña Naira, el trío Domínguez, Cavour y Favre se asienta y genera unos tres LP de gran valía. Volviendo al dúo, es increíble el parecido en la manera de cantar, en el timbre de voz y la intencionalidad vocal de Alfredo y Cavour, es increíble cómo estos dos hombres nacidos y separados por cientos de kilómetros cantan y muchas veces no se sabe quién es cuál, como en El jilguero, grabada por el dúo en 1966.
Coda final. ¿Dónde están los investigadores musicales bolivianos?, ¿Por qué no escriben sobre estos genios de una manera sistemática y profunda?, ¿Dónde andan los musicólogos y “ociólogos” del país que nos obligan a escribir con puro riesgo de intuiciones? Incluso parece que ya me equivoqué, me llamó un cuate de Tupiza diciendo que Rosendo Villegas Velarde no es composición de Alfredo, como afirmaba en el anterior escrito. Queda la duda. En fin, se hace lo que se puede en un espacio y conocimiento tan limitados. Menos mal que existe el internet que muestra algo de estos genios musicales que no solamente engendraron identidad sino bolivianidad, su trabajo artístico fue tan potente que dio luz a identificaciones ajenas: en Perú, Chile, Argentina pueden verse a cientos de imitadores de Alfredo y Cavour (y del consecuente grupo Los Jairas) que ejecutan plagios escudados en el concepto de música andina. Un milagro: usted puede escuchar al maestro Cavour los sábados en el Museo de Instrumentos Musicales de la calle Jaén, junto a la guitarra muyu muyu (invento del maestro), interpretada por el notable Franz Valverde, y la quena bendita de Rolando Encinas, en una reencarnación superada de aquel trío histórico.






