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Forzadas lecturas

Cinco obras ofrece Manual de la mala conducta. Las funciones se presentan en Casa Mágica, hasta hoy

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Por Camilo Gil Ostria - crítico
/ febrero 27, 2019
en Tendencias

La Casa Mágica (Jenaro Sanjinés 799) abre sus puertas para algo que hace falta en nuestra ciudad: un multiteatro. Es cierto que por ahora sus instalaciones son improvisadas, pero quién sabe si el tiempo y la convicción cambian esto. La propuesta promete, el público asiste, la organización es impecable: hay un encargado por sala, gente que mantiene el orden en las filas, todo va por buen camino. Pero algo ya me suena raro… ¿las obras duran 15 minutos?, ¿están escritas y dirigidas por una sola persona (Iván Cornejo, del elenco teatral Manual de la mala conducta)?, ¿acaso no se hace un multiteatro justamente por la variedad, por la posibilidad de escoger?, ¿si están trabajadas bajo un mismo código, por qué no se las presenta juntas, en una sola sala?, ¿qué aporta el multiteatro al arte teatral que no sea más entradas vendidas?

Veo tres de cinco obras. La estructura es casi idéntica: una pelea de pareja llena de palabras floridas, de gritos, que pone al hombre en el rol del débil, del sumiso, del sin dinero, y a la mujer en el rol de la fuerte, de la que golpea (cuando se habla de rol, siempre se habla, de todos modos, de cliché: plato común de todas las mesas). Es decir, los roles habituales del patriarcado se dan la vuelta y eso es lo que genera risa: que se sabe la situación absurda, imposible para nuestras mentes de espectadores colonizados. Nótese un detalle: la mujer es siempre la mala (por pedir dinero para mantener al hij@: solo piensa en la plata); el hombre, en cambio, (a pesar de ser infiel) es siempre el santo, se lo redime en todas las ocasiones, una de las obras (Jala la cadena, donde actúa el propio Cornejo) acaba con la mujer confesándole al hombre que ella ya estaba embarazada de otro antes de conocerlo. Lo que llama la atención, quizás, no es eso, sino que los espectadores acuden, se divierten, ríen sin poder controlarlo. Intento entonces una lectura a contrapelo (para no hacer llorar tanto a Judith Butler).

Los actores saben que están poniendo el machismo en escena, que están elogiando un heteropatriarcado que saben caduco: lo ponen en escena con ironía, se aprovechan de él. Como Shakespeare, diría René Girard, que pone en Hamlet aparentemente una oda a la venganza, pero para la persona atenta o ya advertida se nota su rechazo hacia la misma. Es por eso que se elige en la obra el código de la sobreactuación: los actores gritan deshaciendo sus gargantas (no con diafragma); se tiran puertas; se camina de un lado al otro pisando fuerte el piso de madera. Es por eso que, a pesar de usar ambientaciones naturalistas, las situaciones rayan en lo inverosímil (en Una cita de mierda, la actriz sale por primera vez con alguien que conoció por redes sociales y que le dijo que medía 1,80, era rubio, bello, hermoso; al llegar ve a un típico paceño de no más de metro sesenta, ella se preocupa por su dinero, al enterarse de que es administrador de todos los baños públicos de la ciudad se va con él, ahí acaba la obra, se suponen las relaciones sexuales: ella es cuerpo, él es billete).

Entonces se puede decir que ellos se vuelven espejos conscientes, críticos, de una sociedad que no ha salido de la estructura que los oprime. Así como un experimento social que evidencia pero no corrige, acto que sí hacen, por ejemplo, las Kory Warmis en su hermoso Déjà vu.

Demasiado forzado. Intento otra lectura a contrapelo. Los actores no saben nada, ponen de forma inconsciente su propio machismo en el escenario. Los espectadores, en cambio, sí notan la estructura ideológica, retrógrada, de las obras. Se ríen porque los teatreros hacen el ridículo al pensar que alguien podría reírse de un chiste así. No se ríen del chiste en sí. Como en Maldito condón, cuando la mujer golpea al hombre porque éste se niega a darle 300 bolivianos para que se vaya con su nuevo novio. ¿Quién se reiría de la violencia, de los golpes, de una situación tan real? “Nadie”, se responde el público; “todos”, se responden los teatreros. Esa respuesta hace que el público la pase bomba, ver la estupidez del otro puesta en escena.

Ambas lecturas son, como habrá podido notar el atento lector, forzadas. Lo cierto es que seguimos viviendo en un heteropatriarcado que se pone en evidencia cuando uno entra en estas salas. Y no juzgo a los teatreros o a los espectadores, no es (solamente) culpa de ellos y todos tenemos derecho a equivocarnos. Culpo a un sistema educativo que no ha implementado educación emocional (y por lo tanto, también, sexual) en sus aulas. Culpo a un presidente que se regocija en hacerse un museo a sí mismo. Culpo a una colonia que todavía no se nos ha salido de la cabeza. Y afirmo, en contradicción de muchas de mis otras reseñas, que si el arte ha de tener una moral, la única que yo le permitiría sería una moral feminista. Porque la moral feminista, es la moral de la ética.

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