El miércoles murió Sebastiana Quispe (77), una mujer uru chipaya que a los 10 años protagonizó e inspiró una de las películas más entrañables del cine boliviano: Vuelve Sebastiana (1953), de Jorge Ruiz. Gracias a esta cinta, el mundo pudo conocer mejor las particularidades, la belleza, las carencias y la resiliencia de los uru chipayas, quienes desde hace siglos luchan por su supervivencia y por salir de la pobreza.
De hecho, las condiciones en las que Sebastiana falleció, sumida en la pobreza y en la enfermedad, evidencian que esta cruzada, lejos de alivianarse, hoy se ha intensificado. Esto por causa del cambio climático, por la contaminación minera y por el avasallamiento de las tierras de los urus por parte de comunidades vecinas. Por todo ello, la vida y ahora la muerte de Quispe se han convertido en símbolos de esta cruzada.
Y es que, no sobra recordar, esta nación indígena ha estado íntimamente ligada a la cuenca del río Desaguadero, que va desde el Titicaca hasta el Poopó. De allí que ellos mismos se autodenominan gente de las aguas y los lagos (qhas qut suñi). Sin embargo, el calentamiento global ha modificado sustancialmente su entorno en los últimos años, con sequías cada vez más severas. Ante estas perturbaciones, los uru chipayas han encontrado en la siembra de quinua una alternativa de supervivencia. Pero esta opción no ha sido del agrado de sus vecinos aymaras, quienes suelen instalar cercos alrededor de las comunidades asentadas a orillas del Poopó para apropiarse de esos territorios. Por ello, urgen políticas de Estado que garanticen la preservación del pueblo uru chipaya






