Yo conozco a mis locomotoras”, dice contundentemente Pedro Maidana, un exferroviario oriundo de Guaqui. “No son un pedazo de papel que pueda perderse en un escritorio, de 37 que se entregaron en la época de la privatización, ahora solo funcionan seis, el resto, ¿dónde están?”, exclama casi con ira, lo que revela que para él, los trenes no eran solo una fuente de trabajo, sino más bien, algo parecido a un hogar o a un ser querido.
Pedro, Jacinto Quispe y Roberto Torres son algunos de los extrabajadores de trenes que fueron a la inauguración del Parque Ferroviario el domingo 13 de octubre. Esta es la nueva atracción de la ex Estación Central (Av. Manco Kápac), espacio que además alberga la parada de la línea roja de Mi Teleférico, dos centros culturales y varias opciones gastronómicas.
Jacinto tiene ya 84 años y ha cuidado con esmero su gorra de conductor de tren, en la que puede leerse ENFE (Empresa Nacional de Ferrocarriles) con claridad. Pasó 40 años de su vida entre rieles, humo y silbidos, ya que comenzó a trabajar como cargador cuando solo tenía 15 años, en su Tupiza natal.
Luego pasó a hacer maniobras en las rieles y en los trenes, trabajo en el que el riesgo siempre estuvo presente. “Tuve varios accidentes, con suerte, porque todos fueron leves. En algún momento pude haber perdido el pie o la cabeza, pero no me pasó nada”. Con el tiempo llegó a ser conductor, es decir, aquel que se encargaba de controlar que todos tuvieran pagado su pasaje en cada estación. El puesto le dio la oportunidad de viajar: “Salir, ver el campo es lo que más me gustaba; ver a los animales y conocer lugares era hermoso”.
A Roberto Torres —quien dio uno de los discursos en la apertura del parque— el ferrocarril le ha permitido cumplir grandes sueños. La privatización de los trenes nacionales, en cambio, le mostró cómo muchos de sus compañeros no pudieron sobreponerse y se perdieron en el alcohol.
Comenzó como ayudante de mecánico en la línea que unía La Paz y Guaqui, a sus 19 años, tras completar su servicio militar. “Todos comenzamos haciendo la limpieza y trabajando duro. Si uno se esforzaba y tenía buen rendimiento, los jefes lo notaban y comenzábamos a ascender”, detalla. Reparó locomotoras vaporinas y eléctricas. “Las vaporinas, como las llamábamos, llegaban con la carga hasta El Alto. Solo hasta ahí porque la pendiente para llegar a La Paz era muy pronunciada. Entonces cambiábamos la carga a los vagones de las eléctricas”.
El esfuerzo rindió frutos y después de que lo ascendieran a mecánico ganó una beca para especializarse en San Luis de Potosí (México). Allí le enseñaron todo sobre el sistema de frenos neumáticos o de aire. En 1996 lo despidieron, como a miles de trabajadores, luego de la privatización de las líneas nacionales. Allí fue testigo de cómo muchos de sus camaradas, al no poder conseguir trabajo debido a su experiencia, caían en el olvido.
“Los que no tenían edad para jubilarse trabajaron de lo que pudieron. Algunos encontraron puestos, la mayoría, en el comercio informal, porque no había más. Sin embargo muchos no lo lograron y murieron por causa del alcohol”.
Pedro Maidana, paisano de Roberto, tuvo suerte de que su formación en técnico de laboratorio lo salvara de un destino similar. El experto en trenes recita la historia de la línea Guaqui-La Paz de memoria, tal vez porque estos datos están ligados a su propia vida, ya que los hombres de su familia fueron ferroviarios por varias generaciones. “La historia de este ferrocarril comienza en 1880. Sin embargo, en 1900 es el presidente José Manuel Pando quien se empeña en construirlo.
Tiempo después, por falta de recursos del Estado, la Peruvian Corporation (empresa inglesa de trenes en Perú), toma el control de la obra y de la administración. Recién en 1964 se nacionaliza, en el gobierno de Barrientos Ortuño”, explica.
Aquellos que le enseñaron el oficio — a quienes llama “maestros”— debían cortar la leña con la que alimentaban el motor de la locomotora, que se hacía arder constantemente en un pequeño cuarto, sin ventanas; siempre con el riesgo de quemarse. Conoce a detalle las locomotoras a carbón que llegaron después.
Inglesas todas, fueron arribando, desde las más pequeñas a las grandes, desde principios de siglo hasta 1942. “Utilizaban mucha agua, por eso teníamos tanques a lo largo de la vía, cada 45 kilómetros, se cargaba con las grúas que han remodelado para el parque”.
Después de hacer su servicio militar, en 1972, Pedro se unió al trabajo que era una tradición en su familia, ya que su abuelo materno, su padre y sus tíos habían hecho vida como ferroviarios. Hizo mantenimiento de las vías y del tren. “Salía en un carrito de empuje, que funcionaba manualmente. Cocinaba haciendo arder tola y debía llevar toda mi comida conmigo, porque por ahí no había nada. Era un desierto. La brisa me cortaba la cara y las vicuñas corrían junto a mí”. Luego llegaron los carros con motor.
En 1978 dio un examen para aprender a manipular locomotoras a diésel eléctricas, en medio de un proceso de modernización impulsado por el Estado, tras aprobarlo, lo ascendieron. Entonces llegaron 20 locomotoras verdes, que recuerda con mucho detalle, en las que pasó largas jornadas y que recuerda con el cariño de quien habla de su pueblo natal.
“Quienes alguna vez trabajamos en la red occidental, todavía nos reunimos. Nos deben un bono y seguimos luchando por ese beneficio, que es irrenunciable”, explica Pedro, quien es además presidente de una asociación de extrabajadores.
Los pocos que quedan son amigos y tratan de verse seguido; en cada reunión son menos. Cuando Pedro, Roberto y Jacinto se encontraron con otros compañeros en el Parque Ferroviario comenzaron a identificar estaciones, amigos y paisajes, en la exposición fotográfica de la inauguración.
“Este es el puente que solía estar en la Vita. ¡Estamos organizados y pedimos que se reconstruya porque es patrimonio!” exclama Pedro, ante la aprobación de sus amigos. “Son nuestros trenes, de todos los bolivianos, por eso tenemos que cuidarlos y defenderlos”, comenta Roberto, asumiendo para sí la responsabilidad que la memoria les otorga, de enseñar cuál fue el lugar del ferrocarril en la historia del pueblo boliviano.
Parque Ferroviario
El nuevo atractivo turístico, que se encuentra en la ex Estación Central (Av. Manco Kápac), se inauguró el domingo 13 de octubre. Está conformado por locomotoras reales y réplicas, así como piezas restauradas de vagones, grúas y otros. Es un espacio didáctico, con material audiovisual que narra la historia de la industria de los ferrocarriles en Bolivia.






