Se gana y se pierde, se juega bien y mal, también regular; el FC Barcelona patentó el sábado anterior ante el Valencia una nueva formar de actuar: ridícula. Tuvo el 65% de posesión de balón, hizo cerca de mil pases, casi todos hacia atrás o a los costados, un modo no ya desabrido y timorato, sino absurdo de jugar, de este a oeste en lugar de sur a norte, tal corresponde. Como si dos boxeadores estuviesen complotados en un tongo, sólo que el Valencia no se sumó a la zoncera, toda vez que pudo atacó a fondo, ganó 2-0, le anularon un gol legítimo y tuvo varias más para aumentar. El único que verticaliza en el cuadro catalán, como siempre, es Messi, quien remató once veces al arco, aunque sin su habitual eficacia.
Fue, quizás, la peor actuación del Barsa en doce años. Incluso más que en la derrota ante el Liverpool 4-0 pues allí la catástrofe fue básicamente defensiva, Piqué y compañía parecían zombis. También en Valencia lo semejaron, con el agravante de un mediocampo y una delantera burocráticos en el que Arthur, Rakitic, Griezmann, De Jong, Ansu Fati, Jordi Alba resultaron exasperantes con sus cientos de pases en línea descendente. Deben existir pocos tópicos más enervantes en el fútbol que una sucesión interminable de toques para atrás. Estamos hablando de jugadores contratados en decenas de millones y que cobran obscenidades. Griezmann costó 135 millones de euros (más gruesas comisiones para su padre, su hermana, su agente y etcéteras). La masa salarial del Barcelona es la más alta del fútbol.
Ya venía el equipo azulgrana de una noche inquietante por Copa del Rey ante la UD Ibiza, peregrino de la Segunda B. Imprescindible aclarar que la Segunda B es la tercera categoría, que además cuenta con 80 equipos. O sea, una Primera C tirando a D. Ante ese Ibiza, sin Messi, perdía 1-0 y su primer disparo a puerta fue al minuto 67. Luego ganó 2-1, pero quedó un mal sabor de boca. Y tres días antes, en el debut de su nuevo DT Quique Setién, había vencido lastimosamente al Granada 1-0 con un gol inventado y definido por Messi. Esa tarde había realizado 1005 pases, y de ellos apenas 203 hacia adelante; tampoco muy profundos.
La derrota ante el Atlético de Madrid por la Supercopa (injusta, sea dicho también, mereció golear), supuso el despido del técnico Ernesto Valverde, una decisión que dio pie a la contratación de Setién, un fundamentalista de la posesión. Como si tener el balón todo el tiempo, inútilmente, fuese jugar bien. Setién ha dirigido un poco de clubes chicos (su cumbre ha sido el Betis) y se encontró inesperadamente con que le nombraron capitán de un transatlántico. Debió reconocerlo al final del juego: “Hemos dado muchos pases sin sentido”.
Barcelona perdió la punta de la liga. Quién sabe si la recupere. Se está volviendo costumbre que cada vez juegue más feo, más inofensivamente, y sea a la vez más vulnerable. Lejos de sus festivales -no tan lejanos-, que enamoraron al público universal, goleando, aplastando con delicadeza a docenas de rivales. No queda ningún rastro de aquel Barcelona que fue la máxima expresión de belleza y eficacia de este deporte, el de Guardiola, Messi, Xavi, Iniesta, Puyol, Dani Alves, Piqué joven, Busquets joven, Eto’o, Henry, Abidal, Yaya Touré, luego Villa… Más que eso: el actual es la antítesis: ataca y defiende mal.
El Barsa pasó a ser una caricatura de sí mismo. La posesión, que fue un emblema y orgullo del barcelonismo, es ahora motivo de burla por su esterilidad, al punto de ser cuestionada como sistema. El fútbol es el síntoma, el mal viene de arriba. La desfiguración del estilo, de la imagen deportiva impecable del club, es obra de los fallos frecuentes de su directiva. Todo comenzó tras la partida de Joan Laporta, recordado presidente con el que volvieron los grandes triunfos y se designó a Guardiola, piedra basal de la época más gloriosa del club. Tras Laporta fue electo Sandro Rosell, quien renunció sorpresivamente, acusado en casos de corrupción (luego absuelto). En enero de 2014 asumió el vicepresidente Josep María Bartomeu, quien lleva seis años marcados por los desaciertos. Hubo éxitos, sí, más espaciados, gracias al envión impreso por aquel equipo sensacional, irrepetible. Con Bartomeu comenzó a perder nivel la dirección técnica y, sobre todo, el plantel fue decayendo en calidad pese a la catarata de fichajes, muchos de ellos hipermillonarios, fallidos, algunos inexplicables: Douglas, Vermaelen, Aleix Vidal, Malcom, André Gomes, Alcácer, Arda Turan, Digne, Paulinho, Yerry Mina, Boateng, Jeison Murillo, Marlon, Coutinho, Dembelé, Todibo, Wagué, Junior Firpo (un futbolista casi insólito)… No incluimos aún a Griezmann porque es su primera temporada y lleva 12 goles; no obstante, su aportación aún es mínima, no acorde a un futbolista contratado a precio de superastro. De un jugador de su cotización se espera al menos que encare y genere desequilibrio. Se suponía que él debía solucionar el problema del delantero centro ante una posible ausencia de Suárez. Ahora falta Suárez y el club buscó uno a la desesperada porque teme que sea este un año en blanco. No consiguió.
Da la sensación de que, si le ofrecen a Pelé por diez millones, el Barsa no está interesado. Busca Coutinhos a 160.
Lo más grave es el debilitamiento del plantel a causa de los horrendos fichajes. En este mercado invernal gastó 40 millones en un juvenil portugués -Trincao- y en un volante de Palmeiras – Matheus Fernandes- que se incorporarán a partir de julio. Pero redujo peligrosamente su nómina a 18 efectivos (menos Suárez, lesionado) pues cedió a cuatro elementos de Primera: Todibo, Aleñá, Wagué y Carles Pérez. Con esos 17 podría tener que afrontar cerca de treinta partidos en poco más de tres meses y medio.
Pep Guardiola se fue casi huyendo; le birlaron a Neymar; dejaron ir a Dani Alves sin tener sustituto en la banda derecha; el equipo se fue envejeciendo; Carles Puyol rechazó la oferta de ser director deportivo, cargo por el que han desfilado varios nombres y todos se fueron mal, el último, Pep Segura, autor intelectual de la compra de Coutinho. Xavi acaba de decirle “ahora no” al Barcelona, el amor de su vida, por lo cual debieron contentarse con Quique Setién. La Masía, que había ganado fama mundial con los productos servidos a la Primera -Puyol, Xavi, Iniesta, Messi, Busquets, Piqué, Jordi Alba- no volvió a surtir ningún crack, apenas el correcto Sergi Roberto y dos chicos que asoman, pero que aún deben confirmar: Ansu Fati y Riqui Puig. En cambio se dejó libre al japonés Kubo, hoy en Mallorca aunque perteneciente a los registros del Real Madrid, de muy promisorio futuro; se fue Adama Traoré, una de las revelaciones de la Premier League, en el Wolverhampton.
Y lo peor, se fueron comiendo los mejores años de Messi sin rodearlo adecuadamente. Cada día más sólo. Miles de hinchas en las redes sociales le piden la renuncia a Bartomeu. Barcelona no parece tener un proyecto deportivo claro como sí se advierte en Liverpool, Juventus, Bayern Munich, Manchester City, Borussia Dortmund, PSG. Desde luego, todo ciclo tiene un final. Pero tratándose del club deportivo con mayores ingresos del mundo, con la herencia dejada por el equipo de oro, y con un Messi colosal en sus filas, es hereje.






