Gobernaba su país con estilo e impronta inhumana y, aun así, incomprensiblemente, muchos lo bendecían. Lo suyo era la mano dura y evitar las concesiones a esas desequilibradas invocaciones democráticas. Decía ser un demócrata. Buscó todo el tiempo alejar de sí esa imagen de dictador que le perseguiría como una sombra adherida a su esencia más profunda. En alguna ocasión le pidieron su opinión ante la atrocidad encontrada, varios cadáveres en una tumba; sin alma en el cuerpo respondió: “mire usted que economía más grande”. Pinochet no consideraba que un plebiscito le negaría su gusto por la perpetuidad en el poder. Con inteligencia dictatorial dijo unos años antes que él no “tenía plazos, sino objetivos”. En 1990 tuvo que marcharse, pero mantuvo consigo una enorme cuota de poder, y ante el asombro de todos permaneció como comandante en jefe del Ejército para juramentar, ocho años después, como senador vitalicio de su país. Gente que luchó y expuso su vida ahora compartía un asiento en el Parlamento de Chile. Una ofensa necesaria por la democracia y la paz chilena.
Muchos años después, en 2017, las FARC colombianas realizaron su primer congreso, decidieron mantener su sigla con un significado ya de partido político, preparatorio para las elecciones congresales: Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. La votación obtenida fue menor, sin embargo, los acuerdos de paz les garantizaron cinco escaños fijos por los próximos ocho años. Quienes enfrentaron la guerrilla y su temeraria acción política de secuestro y muerte, ahora compartían un asiento, esta vez en el Parlamento de Colombia. Una ofensa necesaria por la democracia y la paz colombiana.
Pacificación es un concepto que difiere sustancialmente de tranquilidad social. La ausencia de acciones manifiestas de movilización por demandas insatisfechas o no atendidas, individuales o encadenadas unas a otras no expresan necesariamente una ruptura que exija un constructo de encuentro y reconciliación. Un país de evidente tranquilidad, carente de manifestaciones, bloqueos y enfrentamiento, puede ser también un país sin pacificarse. La tranquilidad tiene varias formas de presentarse: miedo, persecución, autoritarismo y abuso de poder son los pobres y a veces eficientes métodos que dan la apariencia de tranquilidad pero que, soterradamente, preservan bajo el subsuelo de la organización societal, la polaridad contenida de la ruptura social, de aquello que puede ser un país agrietado y dividido.
Pacificar es construir, y construir es un proceso dialogado por unir y ensamblar. Social, política, cultural y étnicamente exige una articulación inclusiva entre distintos —distintos ideológicos, distintos en origen— sentenciados a coexistir en espacios de tensión en un primer momento hasta evolucionar a periodos de aceptación habitual y complementación positiva.
La pacificación es también un acuerdo que inclusivamente no discrimina, que asegura igualdad de derechos individuales, políticos y sociales fundamentalmente. Es un proceso que en sociedad asegura el pluralismo, retira las hegemonías y aparta las sedimentaciones elitarias. La pacificación es una acción por un todo indisoluble.
Un Estado puede tener leyes y ello no asegura que se cumplan las fundamentales. El encono político degenera incontroladamente en saña, tirria y capacidad de destruir a un semejante. Albert Camus, entrañable humanista, relataba con angustia la crueldad de las torturas nazis —Himmler en particular, ese insuperable maestro del dolor y el sufrimiento— observando que las personas creen que hay hechos que no suceden, pero que en realidad forman parte de nuestra historia, hombres que desprecian a hombres, que los persiguen, los torturan y les arrebatan inmisericordemente la vida. Sin paz, la hostilidad y el odio se instalan para no marcharse.
Las últimas horas de los bolivianos son de una endeble y delgada tranquilidad. Se confunde pacificación con tranquilidad. Se habla de ella indistintamente sin percibir que se referencia significantes que en el momento de hoy son incomparables. La pacificación no concurre en la vida de un país cuando los desa-cuerdos se muestran en el dolor de los velatorios de bolivianos muertos de manera incomprensible, o cuando la libertad se pone en entredicho porque los salvoconductos —el infame documento que generaban las opresivas dictaduras— son el pasaporte válido hacia la libertad y ésta, paralelamente, es la noticia evidente de nuestra penosa agenda informativa. En formas impensadas, políticas y sociales, quienes ayer perseguían ahora son perseguidos y los perseguidores de hoy fueron los perseguidos de ayer. Molesto espectáculo de la inexistencia de tolerancia política, social y étnica. Aun así, con un Estado violento alguien piensa que el país se ha pacificado.
Ricardo Balbín, aquel político argentino que tuvo que sobrellevar la condena de ser contemporáneo a la figura colosal de Perón —con lo cual sus proyecciones políticas quedaron siempre aplazadas—, consciente de la importancia del proceso electoral tras la muerte del General ese primero de julio del año 74, afirmaba, “llegaremos a las elecciones, aunque sea en muletas”. No hubo elecciones, pues el golpe cegó la democracia argentina para abrir paso a la muerte y a la violencia. Fue el inicio del desencuentro argentino.
Para nosotros los bolivianos, enero 2020 insinúa ser un mes imprevisible y tenso, y en medio de ese escenario incierto, unos buscan la proscripción de otros, intentan conseguir paz bajo la irracional modalidad de un exterminio absoluto del enemigo. Los otros ansían el regreso para ajustar cuentas todavía incompletas. Intentan llevar sus consignas hasta el fin, y allá en el fin, no hay nada. Ante estos casos de demencia incontrolada, René Zavaleta acostumbraba reflexionar: “En la política, el sueño de las victorias totales es tan absurdo como en las guerras”.
El discurso por la libertad y la democracia está bajo observación ciudadana y popular. En el doble discurso hay mucho relato, pero pronto se estrella con la vida. El peor enemigo del doble discurso es el tiempo. El tiempo te desnuda, te muestra y te expone. No hay paz sin diálogo, y el diálogo siempre tendrá que ser inclusivo, éste y no otro, es el principio capital de la pacificación.
Jorge Richter es politólogo






