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El reto del candidato

Aún sentado y encorvado se calzó los lentes y se encajó las pantuflas refunfuñando. Son apenas las seis, y el tedio ya lo había consumido. La pregunta recurrente había colmado todo recoveco de su mente: “¿Cómo fue que aceptó la propuesta?”. Sus cuentas tenían varios ceros, sus sábanas de seda y sus zapatos italianos relucían. […]

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Por Carlos Tony Sánchez Vaca
/ enero 6, 2020
en Voces

Aún sentado y encorvado se calzó los lentes y se encajó las pantuflas refunfuñando. Son apenas las seis, y el tedio ya lo había consumido. La pregunta recurrente había colmado todo recoveco de su mente: “¿Cómo fue que aceptó la propuesta?”. Sus cuentas tenían varios ceros, sus sábanas de seda y sus zapatos italianos relucían. Su mujer batía entusiasta sus joyas mientras degustaba los huevos de pescado y los hongos Matsutake en las finas cenas de gente obesa y escuálida de alma; y, aún mejor, su amante (deleitada en las dádivas y su holgura) no pretendía ser más que una sombra.

¿Cómo fue que aceptó la propuesta?, si habiéndose resignado al implacable ciclo de la vida, ya tomaba el exclusivo tecito Whittard en sus tacitas inglesas a las 16.00 horas en punto y con la familia, en medio de gratificantes sorbos elegantes y risas impostadas. Ya se había resignado a que, concluida la ceremonia de estilo, los niños fuesen enviados a trepar —solo por un momento— las rodillas del abuelo. Y alguna vez, al caer la tarde, alguien, condescendiente y aparentemente interesado, le brindaba oídos al relato de su saga que pretendía heroica… Y, finalmente, apacible y serenamente, retirarse a las penumbras de su existencia cotidiana, descambiarse y enfundarse la pijama de vivos colores antes de cerrar los ojos sin saber si habrá un mañana.

Pero ya era tarde para atender el martilleo incisivo en su conciencia. No podría, no de nuevo, renunciar al reto asumido sin despertar las carcajadas de los sapientes, echadas al viento. O, peor, ese doloroso ostracismo (de quien famoso fue) que viene como la niebla envolvente, por la indolente mirada de los indiferentes. Eso, sabía, era cruel y aterradoramente difícil de soportar. No renunciaré, se decía a sí mismo una y otra vez, buscando un alivio tan fugaz como lejano.

Se mira entonces en el espejo, de frente y de lado, de cerca y de lejos. Son apenas las seis y ya van como 300 amaneceres que hace lo mismo. Se estruja y amolda, se tranquiliza y observa, pasmado, las arrugas que no estaban antes de aceptar el reto; y piensa que quizás los surcos hoy amanecieron más profundos. Cuenta, entonces, siete descolgándose de sus cejas y 14 que emergen de sus orejas. Son 21 solitarios pelos, masculla.

Y prosigue estrujándose los pálidos y enjutos cachetes. Acomoda la barbilla, la punta de la nariz, y termina alisando con sus dedos abiertos y arrugados los cabellos raleados, sin indagar cuántos le quedan. Luego suspira y exhala un hálito cansino, empañando su rostro reflejado. Ha observado su rostro en el espejo, y aunque suyo, es de otro. El que quieren arreglado, juvenil, sonriente, aplomado y votado. Ya no falta mucho, ese día se aproxima. Ha observado su rostro en el espejo y lo ha dejado en él, pegado.

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