Por Danilo Paz Ballivián
En varias entregas a este medio de prensa, hice hincapié en la naturaleza de nuestra “clase media”, me refiero al estamento profesional que vive de sus conocimientos y destrezas, muy distinto al que vive de su economía, denominado este último por Bourdieu “pequeña burguesía”, es decir, a la fracción conformada por profesionales empleados del aparato estatal nacional, departamental y municipal de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, a los políticos, académicos del primer, segundo y tercer nivel de enseñanza, empleados de la banca y ramas anexas, personal especialista de salud, técnicos y profesionales de las ONG, comunicadores y, las jerarquías y mandos de la iglesia, el ejército y la policía.
Esta “clase media”, que en apariencia decide el quehacer económico, político y social del país, primero, constituye con suerte un 10% de la población nacional, en efecto, si suponemos que la población total boliviana actualmente es de 12.000.000 de habitantes, equivalente a 3.000.000 de familias, la suma de maestros y docentes del sistema educativo, profesionales de salud, oficiales del ejército y la policía, la burocracia en todos los niveles del Estado, los políticos y comunicadores, los técnicos de las ONG, en su conjunto suman un máximo de 300.000 empleados. Es probable que el restante 90% este distribuido de la siguiente forma: 700.000 campesinos, 100.000 cooperativistas mineros, 100.000 trabajadores mineros, petroleros y de otras empresas del Estado, 100.000 trabajadores de la pequeña industria y artesanía, 100.000 empleados de la banca y ramas afines y, nada menos que 1.600.000 de trabajadores por cuenta propia, mayoritariamente de las ramas del comercio, transporte y servicios, por ello, no es exagerado decir que Bolivia es el país de la economía informal terciaria por excelencia.
La “clase media”, decíamos que parece decidir la economía y la política del país, ya que está presente en todos los poderes del Estado, gestiona proyectos y crea opinión pública, sin embargo, es solo un mediador; un facilitador del poder real de las clases dominantes y de las subalternas, según la correlación de fuerzas determinadas en cada momento. En Bolivia hemos vivido y vivimos aún, ciclos de procesos nacionales y coloniales, según el paradigma establecido por Carlos Montenegro, más especialmente procesos de un capitalismo del Estado nacionales populares o liberales oligárquicos. También llegamos a establecer que un sector tradicional de este estrato “de izquierda, ultraizquierdista o simplemente con consignas de democracia liberal, y en el presente con reivindicaciones fundamentalistas sobre el medio ambiente y los derechos de los pueblos indígenas, sistemáticamente se transformaron en instrumentos de golpes de Estado restauradores. Esto ocurrió en momentos de ruptura de ciclos nacionalistas y el inicio de ciclos liberales: En el colgamiento de Gualberto Villarroel (1946) en el golpe de Estado a Víctor Paz (1964) en el golpe de Estado a Juan José Torres (1971), en el acortamiento de mandato se Hernán Siles (1984) y, en la obligada renuncia de Evo Morales (2019)”.
Naturalmente, existe otro sector de la “clase media” del lado de los sectores subalternos, comprometidos con los procesos nacionales populares, y son precisamente los intelectuales orgánicos patriotas prominentes como Carlos Montenegro, Sergio Almaraz, Marcelo Quiroga y René Zavaleta, que desde el interior de la revolución antimperialista proponen su profundización al socialismo. Esta y no otra es la posición de la Izquierda Nacional, diametralmente opuesta a la Izquierda Liberal o de los liberales simplemente, cuyo discurso de la mano invisible como reguladora del mercado, el achicamiento del Estado, la imprescindible inversión extranjera y la democracia formal, ya está elaborada por los organismos internacionales, de este modo no es casual que este sector de la “clase media” no tenga intelectuales orgánicos, sino sólo divulgadores y operadores.
Luego de una caída de los precios del petróleo y minerales desde el año 2014, una sistemática campaña de descrédito de las empresas del Estado y de los programas de desarrollo de cobertura nacional, efectuada precisamente por esa clase media tradicional, auto-marginada del Proceso de cambio, por incomprensión de la oportunidad histórica que se dio para un cambio estructural después de más de 50 años (1952) y, en su remate después del golpe de Estado del 10 de noviembre de 2019, contra toda predicción, la última encuesta de opinión (mediados de marzo del 2020), sobre votos válidos, el MAS aventajaba con 15 y 18% a JUNTOS y CREEMOS respectivamente. De esta manera, la postergación de las elecciones, posterga también la posibilidad de retorno al poder del MAS.
Ahora bien, la pandemia del coronavirus, obliga al gobierno de transición a decretar un Estado de Excepción y seguir los protocolos de la OMS, pero sobre todo a disponer de recursos del Presupuesto General de la Nación, de 1.000 millones de dólares de las reservas del Banco Central y de más de 500 millones comprometidos por la cooperación internacional. Disposición de recursos que posterga indeterminadamente el gobierno de Jeanine Añez.
De cualquier forma, esto no cambia la situación crítica que vivimos. “Un informe de Oxford Economies revela que Bolivia es el país más vulnerable, por un frágil sistema de salud y en el plano económico se encuentra afectado por la dependencia de materias primas y el déficit fiscal” (El Deber 2-4-20) “Alejandro Weines (Director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI) tiene claro: la región (América Latina), se enfrentará este año a la peor recesión en medio siglo y se expone a una nueva década perdida, incluso si la recuperación es rápida”(El País 3-4-20).
Sin embargo, si la epidemia la comparamos con la guerra, y esta última con una Crisis Social General, al estilo de René Zavaleta, en la que se ven al desnudo la contradicciones y deficiencias estructurales de la sociedad, podemos estar seguros que la pandemia lo primero que liquida es el discurso neoliberal; anti-estatal, de mercado libre, de libre empresa, de inversión extranjera, de exportar o morir, de democracia formal y de pensamiento libre, que defiende esa “clase media” tradicional a la que nos referimos anteriormente.
Hoy por hoy, tanto para enfrentar la pandemia como para trazar una política de reactivación económica futura es imprescindible una Planificación económica social nacional (concepto proscrito por el modelo neoliberal), un fortalecimiento del Estado, en el sentido de representar a la nación en su conjunto (contrario a la política liberal de achicar el Estado y reducir el gasto público), una redistribución del ingreso a la base ancha de la población (opuesta a la mano invisible liberal), un fortalecimiento de las empresas estatales en sectores estratégicos (otra vez opuesta a privatización e inversión extranjera).
Finalmente, se puede concluir que durante y posteriormente a la epidemia, paradójicamente están dadas las condiciones para una economía proteccionista, de desarrollo agropecuario con base campesina, para una seguridad alimentaria, desarrollo de la pequeña y mediana industria, para una sustitución de importaciones. Políticas que van paralelas al fortalecimiento de las empresas estatales en los sectores estratégicos del país y, naturalmente, establecer el Seguro Universal de Salud.






