El mundo del deporte está paralizado a consecuencia del coronavirus. Numerosas ligas de fútbol se han suspendido, lo mismo ocurre con otras disciplinas. En medio de todo ello, costaba entender la insistencia de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) en que el torneo Apertura debía continuar a puertas cerradas.
Era, cuando menos, una postura egoísta. El argumento principal de César Salinas, presidente de la FBF y compañía —los otros miembros del Comité Ejecutivo— era adelantar todo para que, llegado el momento, la selección nacional tuviera más tiempo de preparación, ya sea para participar en la Copa América o en las eliminatorias.
Así, el interés propio se anteponía al ajeno. El perjuicio que una medida de ese tipo iba a acarrear a los demás no parecía importarle.
Se hubieran beneficiado unos cuantos: la selección por lo anotado, la televisión que no dejaba de transmitir el espectáculo sin poner un peso adicional, los árbitros a los que sí o sí se les debía pagar y alguno que otro más.
No se pusieron a pensar en el daño enorme que significaba para los clubes, éstos se exponían a perder los pocos ingresos por recaudaciones además de tener que cubrir los gastos. De hecho, ya lo experimentaron durante el fin de semana Bolívar, Nacional, Guabirá y Oriente, cuyos equipos fueron dueños de casa y su economía jugó a pérdida.
La FBF actuó mal. Creer, asimismo, que los estadios les iban a ser cedidos “por solidaridad” fue otro error. Está bien una vez como ya ocurrió, pero los Servicios Departamentales de Deportes no lo iban a hacer todo el tiempo, no si los recursos apenas les alcanzan para sobrevivir.
Hasta último momento la FBF intentó mantenerse al margen de una situación difícil sin darse cuenta de que el fútbol también es parte de la sociedad. Las nuevas medidas del Gobierno evitaron lo peor.






