Desde medianoche esperamos expectantes, junto a mi madre, al transporte de imprevisible tráfico. Por la restricción de motorizados, solo llegamos hasta detrás de una colina. De ahí caminamos con nuestros bolsos y la caja de fruta en la espalda. Eran las 3.10 de la madrugada, los pasajeros caminábamos en fila en la oscuridad, evitando causar ruidos por los bordes de las acequias y por un callejón que conduce a la avenida central de Cotagaita, Potosí.
Cuando llegamos al área de expendio de “abastecimiento”, dos cuadras de extensión, los puestos distribuidos estaban ocupados. Los funcionarios municipales habían delimitado el piso. Una “x” separaba a un vendedor del resto. Los abastecedores reubicaban sus cajas de uva, duraznos y sacos de verduras conversando en voz baja, como si alguien los vigilara. Algunos discutían por ocupar un lugar próximo al semáforo: ese punto es de mayor afluencia. “¿Tanto mosquito?”, decían con fastidio, y algunos optaron por quemar cartones para ahuyentar a los insectos con el humo.
“Miren, son las 4.00, mi esposa es la número 90. En la acera duermen en colchones haciendo fila en el Banco Unión”, dijo alguien. Ningún comprador transitaba, pero todos expusimos las frutas, las verduras y los otros productos. Al marcar el alba, funcionarios municipales comenzaron a controlar el uso de barbijos y la temperatura de las personas. Simultáneamente, los conscriptos llegaron a los toldos de control instalados en los dos ingresos. Luego, otros dos funcionarios con mochilas de desinfección se aprestaron a realizar su trabajo.
¿Cómo es esa enfermedad, el coronavirus? ¿Es un bicho? ¿De qué tamaño será? Murmuran las personas, preguntándose entre ellos con curiosidad. La gente del campo desconoce las causas, los síntomas y las consecuencias del COVID-19, solo escuchan alarma y temor.
Hasta las 11.30 horas, una veintena de consumidores aproximadamente habían visitaron el lugar, mientras los productores éramos más de 50. Fue infructuoso ofrecer una cuartilla de uva por Bs 10; una caja de durazno por Bs 15 (la cual habitualmente se vende en Bs 80); o un montón de haba, ajo, zanahorias y cebollas, entre otros productos, por tan solo un Bs. El peso del producto no definía el precio, sino la cantidad, al azar. En coro los vendedores ofertaban con insistencia sus productos.
Desde las 10.00 aumentó nuestra desesperanza. Nos habían instado a canjear uva por otros productos. Nos resistimos a inexcusables ofrecimientos: teníamos fe de vender. Al final, nuestra renta fue Bs 15. Entonces, congeniamos con impotentes y preocupadas mujeres que intentaban librarse canjeando sus productos para irse a casa por lo menos con otros comestibles también necesarios. Las herbáceas eran las menos requeridas, y por tanto, las más ofrecidas para el trueque. Aquel espacio de dos cuadras se convirtió en un hervidero de productores intercambiando sus productos entre ellos: frutas por tubérculos, verduras por otras, frutas por otras, herbáceas por verduras… antepusimos nuestras generosidades.
Así, mientras, los conscriptos, policías y funcionarios municipales presionaban a retirarse del lugar minutos previos al mediodía, los abastecedores cargaban sus voluminosos bultos para retornar a sus comunidades. Debían caminar varios kilómetros o abordar un transporte hasta llegar a sus destinos. Nos ardían los ojos por el trasnoche, tuvimos que dormir por la tarde. Los que no lograron vender o canjear todos sus productos, debían madrugar nuevamente al día siguiente.
En mi comunidad, compuesta por 220 familias, producimos 30 quintales de uva en promedio. ¿Cuál es el destino de los 6.600 quintales que producimos? A la fecha, se echó a perder. Lo que restó de la helada quedó para los roedores y las aves. Algunos transformaron sus uvas en vinos caseros y pasas. ¡Visítennos! Cuando comenzó la cuarentena, el río aún estaba lleno de agua turbia, rebalsaba a los terrenos: era imposible vender a las bodegas de Tarija. Pero, ¿será que el Gobierno central está tomando en cuenta las enormes pérdidas del campesinado por causa de la cuarentena? ¿La Gobernación habrá elaboró algún programa de salvataje? ¿Y el municipio, ha hecho algo? En absoluto, nadie. Este es el precio de la cuarentena para nosotros.
Wilbert Villca López, sociólogo.






